Amanecer en la isla de Tabarca (Foto: Marta Castillo).
AMANECERES
 

Concluyó en Poznan (Polonia) la decimocuarta Conferencia del Cambio Climático de la ONU con un acuerdo que se ha denominado plan 20/20/20 o triple 20 porque pretende alcanzar un 20% de reducción en la emisión de gases de efecto invernadero, un 20% de energía de origen renovable y un 20% de eficiencia energética en el año 2020. La Unión Europea también mantiene su compromiso de que el 10% de los carburantes utilizados en el transporte sean renovables para 2020, una meta poco ambiciosa teniendo en cuenta que las reservas mundiales de petróleo no superarán los cincuenta años, según los cálculos más fiables. El siguiente paso es que el Parlamento Europeo apruebe las medidas para que el llamado plan 20/20/20 se convierta en ley, así como el acuerdo que se habrá de tomar en Copenhague a finales del año próximo y que sustituirá al Protocolo de Kioto a partir de 2012. Luego viene lo más difícil, que las leyes se apliquen, lo que significa a su vez especificar las fórmulas de financiación de los proyectos que garantizan su aplicación. Estamos hablando, a todas luces, de procesos lentos que van a encontrar importantes obstáculos. El problema es que no disponemos de demasiado tiempo. Son muchos los expertos que, como el catedrático de Ciencias Terrestres y Medioambientales Peter de Menocal, consideran que estamos muy cerca de un punto de no retorno que, una vez traspasado, haría inservible cualquier rectificación. Como muy bien señalaba el protagonista de una reciente viñeta de Andrés Rábago, «cada vez queda menos margen para mantenerse al margen».
Barack Obama lo sabe, o al menos eso parece a juzgar por la selección de su futuro equipo de Medio Ambiente. Steven Chu, director del Laboratorio Nacional Lawrence Berkeley y Premio Nobel de Física de 1997, será el primer secretario de Estado de Energía norteamericano abiertamente partidario de combatir los actuales niveles de dióxido de carbono mediante el desarrollo de fuentes alternativas de energía. Durante la rueda de prensa en la que anunció su nombramiento, el presidente electo de Estados Unidos aseguró que los elegidos para dirigir la política energética de la principal economía del mundo durante los próximos cuatro años están «dispuestos a reformar el Gobierno y ayudar a transformar nuestra economía de modo que nuestra gente sea más próspera, nuestro país esté más seguro y nuestro planeta esté protegido». Son tres deseos. No digo que sea imposible, pero depende de qué entendamos por prosperidad, y desde luego deberá quedar desvinculada del actual ritmo de producción y consumo de bienes materiales. Pero después, cuando añade que «no existe contradicción entre el crecimiento económico y prácticas sensatas en favor del medio ambiente», me temo que todavía no ha comprendido bien la gravedad del asunto. Un fallo que podría costarle algún zapatazo en el futuro, porque si los errores de Bush (¿hay algo en Bush que no sea un error?) han costado muchas vidas, el saldo mortal de una equivocación de ese calibre en un momento tan delicado puede ser similar o superior.
Hubo un verano, no muy lejano, en que me dediqué con gran deleite a coleccionar atardeceres. Cada encuentro con esa fiesta del color púrpura que es el ocaso me pareció sublime. Vengo de una tradición familiar poco amiga de los madrugones, lo cual me ha impedido repetir la experiencia con los amaneceres. Aparentemente no hay mucha diferencia entre el espectáculo que proporciona el nacimiento del sol y el que nos ofrece el horizonte cuando esconde tras de sí al astro rey. Pero hace poco, contemplando un amanecer espeluznante en la isla de Tabarca, otrora refugio de corsarios y piratas de la costa alicantina, me decanté definitivamente por las albas. Y no es que el regalo de las primeras luces del día ofrezca tonalidades más bellas que las del ocaso. Sería estéril, por otro lado, entrar en comparaciones. La cuestión de fondo es que las bienvenidas son siempre más alegres que las despedidas. Quiero creer que en Poznan ha nacido una apuesta común por los amaneceres que puede poner en jaque ciertos crepúsculos. Aunque sólo sea porque el secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, empleara la figura de Copérnico para reclamar a los 189 países allí reunidos una auténtica revolución verde a escala planetaria. Aunque sólo sea porque el primer presidente negro de Estados Unidos dice que considera urgente la lucha contra el cambio climático y todavía está a tiempo de demostrar que cree en lo que dice.

MARTA CASTILLO