Hace ya mucho tiempo que las fiestas navideñas no son sino una ceremonia para rendirle culto al exceso. Para celebrar el humilde nacimiento de Jesucristo en Belén, cristianos y ateos se reúnen en familia para dar cuenta de opíparas cenas y comidas que terminan en más de una ocasión con sal de frutas. No importa si a alguno de los miembros de la prole no le gusta el marisco o detesta las peladillas, estos dos alimentos estarán siempre presentes en la mesa. Supongo que si las sardinas tuvieran un precio desorbitado la tradición diría que hay que comer sardinas en navidad y este pescado no faltaría nunca en los banquetes navideños. Las preferencias culinarias de cada miembro de la familia son secundarias, lo importante es que las gambas destaquen sobre el mantel, porque son caras y hay que demostrar que en esa casa se pueden pagar, pero ¿a quién? Aquellos que profesan la fe católica debieran ser enemigos de la ostentación y el lujo, tal y como Cristo predicaba, pero el colmo de los absurdos viene de aquellos a quienes Jesús, como dice una canción de Javier Krahe, nos da cierto repelús, pues no encuentro explicación alguna al hecho de celebrar con una indigestión el nacimiento de una deidad en la que no creo. A este respecto se podrá objetar que muchos historiadores creen que la celebración de la navidad histórica debería situarse en primavera y que los orígenes de la festividad del 25 de diciembre se ubican en las costumbres de la cultura griega y romana que celebraban durante el solsticio del invierno la llegada de los dioses del sol, como Apolo. También se podrá argüir que cualquier excusa es buena para reunirse con la familia y los amigos, lo cual no deja de ser cierto, aunque siempre es preferible una excusa libremente elegida que una excusa impuesta.
El festín, bien es sabido, no lo es todo. También está el problema de los regalos. Tras una lucha quijotesca a lo largo de los años he logrado en mi entorno reducir a la mínima expresión esta costumbre que pone en marcha la furia consumista cada navidad. Es como si para despedir el año fuera necesario comprar todo lo innecesario en un sincronizado canto al más (más gente con más bolsas que contienen más paquetes más vistosos circula a más velocidad por calles más iluminadas). En muchos casos la mayor parte de los presentes pasa a mejor vida en los armarios sin haber sido usado ni una sola vez. Hace unas semanas, la tradición norteamericana del viernes negro, que inicia la temporada de compras navideñas con grandes rebajas el día después de Acción de Gracias, hizo que a las tres y media de la madrugada se hubiera formado una nutrida cola frente a unos almacenes Wal-Mart de la periferia de Nueva York. Cuando se abrieron las puertas, cerca de dos mil personas que esperaban la apertura de la tienda se abalanzaron hacia el interior del establecimiento causando la muerte a Jdimytai Damour, un guardia de seguridad de origen haitiano que trató de proteger de la avalancha humana a una mujer embarazada que había tropezado.
Cuando los ñus huyen en estampida los guía el instinto de supervivencia ante la proximidad de un presunto peligro que puede poner en riesgo la propia existencia. En el suceso del viernes negro la multitud perdió la calma y la piedad por un reproductor de DVD en oferta. Hay que admitir, no sin amargura, que es infinitamente menos reprobable el comportamiento de los ñus que el de algunos ejemplares de la especie humana, esa que no hace mucho conmemoraba el 60º aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Lo paradójico es que la crisis, en lugar de suavizar ese afán comprador desconocido para los ñus, es capaz de exacerbarlo hasta desencadenar espectáculos tan inmundos como el ocurrido en Wal-Mart. Desde la Confederación de Comerciantes y Autónomos de la Comunidad Valenciana se ha mostrado optimismo porque las ventas están mejorando las sobrias previsiones para estas fechas tan señaladas. Varios días antes de la nochebuena ya estaban agotados algunos juguetes y cada alicantino se había gastado una media de setenta euros en lotería. Las noticias deberían haberme alegrado porque son buenas para la economía local y todo lo que es bueno para la economía local debe llenar de júbilo a cualquier habitante de esta región. Sin embargo, paradojas de la crisis, no me alegró en absoluto, porque me recordó que ante una ganga la razón y la decencia se pueden ir al garete.
MARTA CASTILLO |