Lola tenía solamente nueve años cuando la aviación franquista bombardeó el Mercado central de Alicante (Foto: Turia).
CICATRICES
 

Se va 2008 con cierto regusto amargo, con una ausencia que duele y unas palabras que retumban en la memoria. Palabras escritas por Pablo Neruda y pronunciadas por Harold Pinter en su discurso de aceptación del Nobel de Literatura: «Venid a ver la sangre por las calles». Muchos consideraron poco decoroso hablar de sangre en la ceremonia de entrega del prestigioso premio concedido por la Academia de Suecia, pero Pinter, consciente de la repercusión mediática de su mensaje, habló largo y tendido aquel siete de diciembre de 2005 sobre la sangre inocente que corrió por el continente latinoamericano después de la Segunda Guerra Mundial. Habló sobre el apoyo que Estados Unidos prestó a las dictaduras militares de derechas en el mundo. Habló de Nicaragua, de Guatemala, de El Salvador, de Chile y de otras inefables heridas mal curadas. Habló de las torturas de Abu Ghraib, de la ignominia de Guantánamo y de las mentiras impunes que se emplearon para invadir Irak y se preguntó, nos preguntó, qué ha sido de nuestra sensibilidad moral.
Se va la voz valiente de un gran dramaturgo y, aunque muchos no consideren decoroso sacar a relucir horrores del pasado, no se me ocurre mejor manera de rendirle homenaje que hablar de las cicatrices de esta ciudad. El 25 de mayo de 1938 una escuadrilla de nueve aviones de las fuerzas franquistas entró por el puerto y descargó noventa bombas sobre el Mercado Central de Alicante, acabando con la vida de más de trescientos civiles. Aquella mañana Lola y su madre caminaban por la calle de la Villavieja en dirección al Mercado Central cuando se inició el bombardeo. Lola tenía sólo nueve años cuando estalló la Guerra Civil, pero recuerda perfectamente el sonido de la sirena del puerto y el recorrido desde su casa, en la calle de Luzán, hasta el refugio antiaéreo de los pozos de Garrigós, en la ladera del Benacantil. Recuerda también el camino desde su calle al Castillo de Santa Bárbara, lo anduvo muchas veces después de la Guerra Civil acompañando a una vecina cuyo novio estaba allí preso. En una ocasión encontraron a un vendedor ambulante y compraron dos manzanas caramelizadas. Cuando llegó la hora de la visita el novio se puso furioso porque su enamorada se había pintado los labios de rojo. Lo fusilaron al poco tiempo y la vecina de Lola quedó soltera para toda la vida, ya era una novia de segunda mano.
La represión y el férreo puritanismo de la posguerra se cebaron especialmente con las mujeres, a quienes el franquismo negó el derecho al placer y condenó a una relación llena de culpas con sus propios cuerpos. Por eso una de las cosas que más alegra hoy a Lola es saber que su nieta ha podido disfrutar de oportunidades y libertades que ella no tuvo. Su marido, me asegura con un gesto lleno de cariño, ha cambiado mucho en ese sentido. Mientras ella me cuenta cómo eran las visitas a la cárcel para ver a su padre antes de que lo enviaran a Madrid, donde se unió al grupo de prisioneros republicanos que construyeron el Valle de los Caídos, su marido corta queso y salazones en la cocina para ofrecerme un típico aperitivo alicantino. A pesar de su evolución, Lola no confía demasiado en sus destrezas hogareñas, pero le deja hacer. Llevan más de sesenta años juntos y él todavía la llama niña, porque cuando la conoció ella era una niña enclenque de la guerra, una niña sin infancia rodeada de hambre y de desgarros. Algunos de los más violentos llegaron, paradójicamente, después de 1939. En la primavera de aquel año, otra de las vecinas de Lola que había perdido a una de sus hijas milicianas durante la contienda recibió una visita inesperada. A las pocas semanas de terminar la guerra, una decena de falangistas irrumpieron una mañana en su hogar para llevarse a la hermana menor. Al día siguiente subieron por la plaza de Santa María y llegaron hasta la casa de la mujer para entregarle la ropa ensangrentada de su hija. Esto es lo que queda de ella, le dijeron. Alicante había dejado de ser para los republicanos la última esperanza de salvación y se había convertido en una ratonera. El dolor y el miedo salpicaban todos los barrios de la ciudad, las familias mermadas no tenían ánimos ni recursos para celebrar en aquellos áridos tiempos la llegada de un año nuevo. Que no se nos olvide al descorchar una botella de cava para brindar por 2009.

MARTA CASTILLO