Los Reyes Magos dejaron en la Sala Stereo de Alicante un regalo agridulce para los amantes del vinilo: el último concierto de Las Membranas, el veterano grupo de garage punk alicantino en el que desembocaron miembros de formaciones como Los Molonguis, Piss Makers, Década Pordiosera, Rock-a-Hulas o Corazones Eléctricos. Durante los últimos cuatro años han tocado en diferentes puntos de la geografía española compartiendo horas, acordes, risas y mucho más. El pasado lunes cinco de enero pusieron fin a una etapa regalando diversión a sus seguidores. Me gustaría poder escribir un artículo aséptico sobre este concierto de despedida, pero tengo demasiados recuerdos ligados a los orígenes de este grupo y su música, como muchas otras músicas, conecta con mis entrañas sin que la razón pueda ejercer su labor de intermediaria. Así pues, tras haberme desembarazado de la máscara de la imparcialidad, me remontaré al principio de los tiempos.
Hace muchos años que vengo experimentando una envidia malsana cuando me acerco a un escenario. Una de las últimas veces fue en un concierto en el que Marc Ford mantuvo un bellísimo diálogo musical con su hijo en la Sala Wah Wah de València. El ex guitarrista de The Black Crowes me hizo desear estar en su piel por el intenso placer que le proporcionaba aquel instrumento, un placer del que también yo gozaba como público, pero que nunca he podido saborear como artífice. El placer de crear una melodía, de expresarme a través de la música, me ha sido vedado, y es una de esas cuentas pendientes que nunca encuentro tiempo para saldar. Este año, leyendo por casualidad un texto sobre las tumbas de los Reyes Magos, me reencontré con ese viejo anhelo nunca satisfecho. El artículo explicaba que los tres personajes bíblicos han sido identificados por numerosos textos antiguos como sacerdotes del zoroastrismo, religión monoteísta elaborada a partir del mazdeísmo, credo de los antiguos persas basado en dos principios divinos, uno destructor, Ahrimán, y otro bueno, Ormuz, creador del mundo. Ormuz, me dije, debe ser el responsable de la magia que brota de los instrumentos y a Ahrimán, no sé por qué, me lo imaginé con los rizos de David Bisbal.
El caso es que le pedí a Ormuz, vía Melchor, Gaspar y Baltasar, poder dominar algún día el lenguaje de la música. Entonces recordé una escena en la que mi pequeña vecina me mostraba la carta que había escrito a los Magos de Oriente solicitando una lista interminable de regalos. Le dije que me parecía excesivo y que si todos los niños elaboraban una carta tan ambiciosa los Reyes Magos no dispondrían de espacio suficiente para albergar tantos juguetes ni tiempo para depositarlos en cada hogar durante la noche. Ana volvió a redactar la misiva y, aunque pedía exactamente las mismas cosas, había añadido un breve inciso a modo de introducción en el que les decía que eso era lo que ella quería, siempre y cuando tuvieran lugar para almacenarlo y no fueran con mucha prisa. Dejé también a criterio de Ormuz la valoración sobre el grado de dificultad que entrañaba el cumplimiento de mi deseo.
Cuando entré en la Sala Stereo el concierto ya había comenzado. A base de empujones pude colocarme en primera fila y desde allí volví a disfrutar de todas las complicidades que ofrece la música en vivo: la complicidad del músico con su instrumento, la complicidad entre los diferentes instrumentos y las voces, la complicidad entre el público y los músicos. Y todo se mezcló con momentos vividos en los callejones de Benimaclet, donde el guitarra y el teclista compartían piso en sus años universitarios, con estampas en sepia de la calle Cienfuegos y la calle San Nicolás, que da cobijo al garito más insobornable de Alicante. Pero era una nostalgia alegre y era imposible no bailar esos ritmos con alma de los sesenta. Y es que no es el tiempo sino el rock el que todo lo cura, me susurró Ormuz al oído con aliento etílico. Era su manera de decirme que la próxima vez debo tener en cuenta dos cosas antes de redactar mi carta: lo generoso que siempre ha sido conmigo y lo duro que es trabajar en la noche con los tiempos que corren.
MARTA CASTILLO |