Aspecto de la exposición "Cuando crucemos el océano" (Foto: M.C.).
DESDE EL SUIR
 

Hace ya más de un lustro de aquel primer encuentro. Acababa de regresar de una larga estancia en Colombia y estaba experimentando un peculiar síndrome de abstinencia. El reencuentro con la dieta mediterránea después de un largo viaje es casi siempre una alegría, sin embargo yo había desarrollado durante mi ausencia una relación de dependencia con ciertos alimentos que había descubierto en el país latinoamericano. En Cali, cada mañana me despertaba el tintineo de la campanilla del vendedor ambulante que repartía mazamorra y «champús» por el barrio. Me vestía rápidamente y bajaba con un gran vaso para comprar medio litro de «champús», una exquisita bebida elaborada a base de panela, maíz, lulo, piña, canela, clavo y hojas de naranjo. Debía ser el desayuno de las divinidades indígenas, porque no he encontrado mejor manera de comenzar el día. El caso es que, tal vez como consecuencia de esa suerte de nostalgia gastronómica, algunos pantalones me habían quedado demasiado holgados y los tuve que llevar a un pequeño negocio de arreglos de ropa que había aparecido en las inmediaciones de mi casa. Me atendió una chica muy joven y cuando comenzó a hablar identifiqué de inmediato su lugar de origen. Era caleña. Nos pusimos a hablar de Cali como dos compatriotas que llevan mucho tiempo sin pisar su tierra. Me contó cuánto echaba de menos frutas como la guanábana, el zapote, la pitaya o el chontaduro. Yo le hablé de mis desolados desayunos sin «champús». Sus compañeras, todas colombianas, se sumaron a la conversación y salí de allí un par de horas después reconfortada por haber podido compartir con aquellas mujeres marcadas por el desarraigo algunas de sus inquietudes. Seguí frecuentando la modesta tienda, a veces creo que más por el lado humano de aquellos encuentros que por una necesidad real de sus servicios, y gracias a las indicaciones que allí me dieron logré localizar en Alicante productos típicos de Colombia como las arepas, aunque el «champús» nunca he podido volver a probarlo. Huelga decir que no sería lo mismo. Llegó un momento en que no había ninguna prenda de ropa en mi armario susceptible de ser arreglada, por lo que estuve una larga temporada sin aparecer por el establecimiento, cosa que lamenté cuando un día, al pasar por la puerta, comprobé que se habían esfumado y que el local estaba en alquiler.
El pasado 24 de enero finalizó la exposición «Cuando crucemos el océano», inaugurada a principios de diciembre en la sala Sempere del Museo de la Universidad de Alicante. Una pequeña muestra en la que han participado diez autores y cuatro colectivos artísticos y cuyo hilo conductor ha sido la mujer inmigrante de origen latinoamericano y caribeño. Cada obra trataba, con mayor o menor acierto, de sacar a la luz los problemas, tanto laborales como culturales o afectivos, con los que topan las mujeres que llegan a Europa desde el sur de América buscando una vida mejor. Hubo una que me llamó poderosamente la atención porque me hizo recordar a ese pequeño grupo de costureras que había conocido años atrás. Se trataba de una proyección que informaba sobre un proyecto desarrollado en Colombia, el Edificio Jardín Hospedero y Nectarífero para Mariposas de Cali, que sirve de sede a un pequeño taller de confección y decoración ubicado en el centro de la ciudad que, poco a poco, ha ido comercializando sus productos por todo el mundo a través de una red de amigas. El edificio está diseñado para preservar la biodiversidad de la región, utilizando especies vegetales autóctonas que atraen a la fauna local, en este caso, favoreciendo la presencia de mariposas gracias a cavidades y plantas que las cobijan y alimentan. El valle del Cauca concentra la mayor diversidad en mariposas del planeta. Esos bellos insectos son uno de los bioindicadores más efectivos de la calidad de un ecosistema. Mujeres luchadoras como las que encontré en Alicante hace más de un lustro son también uno de los mejores signos del nivel de salud de una sociedad.

MARTA CASTILLO