No hay que dejarse vencer por el cansino ritmo invernal (Foto: García Poveda).
FUEGOS FATUOS
 

Me gusta el mes de febrero. No sé si por esa excentricidad suya que le hace tener 28 días en los años normales y 29 en los bisiestos. Quizás hay también alguna partícula de vanidad en esta predilección, pues nací en febrero, pero el principal atractivo del segundo mes del año radica más en lo que no es que en lo que es. Es decir, lo mejor que contiene febrero es la ausencia de enero. Enero siempre me ha parecido un mes decepcionante. Al ser el primer mes de un año recién estrenado presume siempre de un presunto aroma a nuevo. Pero enero es como un fuego fatuo. Es el mes en el que nos damos cuenta de que el año nuevo resulta ser demasiado viejo. Para empezar, todavía quedan algunos santa claus colgantes en los balcones de los más despistados, unos muñecos que se colocan, presumiblemente, con la intención de alentar el espíritu navideño pero que, en algunos casos, representan su decadencia, incluso de manera macabra cuando aparecen cual reos recién ejecutados, con una cuerda enroscada al cuello, la cabeza ladeada y el cuerpo inerme.
Cierto es que enero de 2009 venía henchido, casi desbordado por grandes expectativas en torno al nuevo presidente de Estados Unidos. Cierto es también que algunas de ellas se han visto satisfechas durante los primeros días de Barack Obama en la Casa Blanca, como el cierre del centro de detención de Guantánamo, firmado junto con otra anhelada orden ejecutiva que prohíbe los métodos de interrogatorio equiparables a la tortura. Sin embargo, tres días después de asumir el poder, dos aviones estadounidenses no tripulados arrojaron misiles en una zona paquistaní fronteriza con Afganistán matando a 22 civiles. Es la triste muestra de cierto continuismo que Obama dejó entrever sin disimulo en su discurso de investidura, olvidando por momentos que con una política de daños colaterales todo habrá cambiado para que nada cambie. Pero es muy pronto para decepcionarse todavía, podremos objetar algunos, resistiendo la tentación de dejarse envolver por el ritmo cansino que emana la ciudad en enero. Para no dejarse vencer por este síndrome pesimista invernal es fundamental eludir algunos espacios urbanos, aunque ello implique incómodos rodeos. La alicantina plaza de Gabriel Miró, por ejemplo, es un claro caso de fuego fatuo que haría flaquear nuestras fuerzas. Apenas tres meses después de que se inaugurara su restauración en un acto que contó con la presencia de la alcaldesa Sonia Castedo y del conseller José Ramón García Antón, el monumento que preside la fuente central se encuentra cubierto de suciedad, en el mismo calamitoso estado con que permanecía guardado en nuestra memoria colectiva. La escultura de la Aguadora, esculpida por Vicente Bañuls en 1918, resplandeció en octubre del pasado año tras la más importante restauración desde su creación para recobrar en poco tiempo su habitual aspecto destartalado y marchito. La ciudad está llena de emboscadas como esta, pero si se nos ocurre huir de la urbe y buscar la frescura en la costa levantina, la proliferación de grúas que nos roban el paisaje nos devuelve otra vez la sensación de eterno retorno. Por suerte, todavía no han ideado la manera de edificar bloques de veinte pisos sobre plataformas flotantes y el horizonte azul del mar sigue intacto. El mar difícilmente puede decepcionarnos.
Cuenta Clarice Lispector en una crónica publicada en el «Jornal do Brasil» el 6 de junio de 1970 que su descubrimiento del chicle consistió en una tremenda decepción. Aquel caramelo que no se acababa nunca del que tanto había oído hablar y que, por lo mismo, contenía la grandeza de la eternidad, se convirtió un día en realidad entre sus manos. Lo introdujo en su boca y, en breve, ese pequeño contenedor del placer sin fin se transformó en una goma insípida que resultaba aburrido masticar. Al fin y al cabo el chicle era ajeno al proceso de idealización que aquella niña había urdido en torno a él. Tampoco enero tiene la culpa de que yo sea una optimista sin remedio.

MARTA CASTILLO