El carnaval de Alicante se convirtió parcialmente en un acto de adhesión a José Joaquín Ripoll, enfrentado a Francisco Camps (Foto: M.C.).
EL CUERPO GROTESCO
 

Todavía están calientes las extintas brasas del Carnaval y observo en un escaparate unos cuantos disfraces que se muestran al transeúnte rodeados de serpentina y confeti. Todos elaborados con el mismo tipo de tela brillante. Ninguno destaca precisamente por su originalidad. Desprenden el tufo de lo prefabricado y todos, especialmente los femeninos, parecen diseñados para resultar favorecedores, olvidando que el Carnaval es la fiesta del cuerpo grotesco. El gran filósofo del lenguaje Mijaíl Bajtín reivindicaba en una de sus obras más célebres el Carnaval como forma de la cultura medieval popular que supone una transgresión del orden establecido. Una fiesta dominada por la risa, el intercambio de roles y clichés sociales, la inversión de jerarquías y la eclosión del cuerpo grotesco. Un cuerpo totalmente antagónico al cuerpo que hoy invade el universo publicitario. Un cuerpo que se define por la flexibilidad de sus límites, por su ambivalencia, y que, frente al cuerpo impoluto y cerrado de la modernidad, se abre a lo ajeno, subrayando los lugares que permiten la conexión de un cuerpo con otro.
Es obvio que los fabricantes de disfraces del siglo XXI no son asiduos lectores de Bajtín, pues si así fuera habrían comprendido que la magia del Carnaval radica precisamente en la improvisación del disfraz, en una elaboración colectiva, espontánea y abierta del mismo. Los Carnavales más divertidos suelen ser aquellos que comienzan con una gran reunión de amigos en la que cada uno aporta prendas y objetos extravagantes. El trueque siempre trae como resultado disfraces indefinibles, absurdos, delirantes, que desatan una amplia gama de imprevisibles reacciones. Infinitamente más jocosos que los productos comercializados que nos ofrecen las grandes superficies. Otro de los rasgos característicos del cuerpo grotesco es el incesante movimiento que encarna, su perpetuo estado de construcción, lo cual me trae a la memoria algunas veladas carnavalescas en las que los disfraces iban mutando a medida que avanzaba la noche. En una ocasión pude ver a un presunto pirata devenir en Tino Casal para terminar encarnando a Juan Pardo.
No es de esperar que nuestra Concejalía de Fiestas opte por una concepción bajtiniana del Carnaval, pero lo de este año ha sido lamentable. El viernes 20, bien pasada la medianoche, llegaban a la plaza del Ayuntamiento de Alicante unas charangas carnavaleras que inspiraban lástima. Lo único salvable del desfile fueron los gigantes y cabezudos, así como la percusión que los precedió. El resto fue un triste goteo de disfraces sin personalidad y precarias carrozas deshabitadas que alcanzó el colmo del patetismo con una charanga propagandística en la que sus integrantes, cobijados bajo las gaviotas del Partido Popular, portaban pequeños cartelitos en los que se podía leer: «Gracias Ripoll». El diario Levante publicaba recientemente una fotografía de Francisco Camps arropado por la junta regional del Partido Popular tras la noticia de su presunta imputación en la trama de corrupción investigada por el juez Baltasar Garzón. El único que no aplaude en la imagen es José Joaquín Ripoll, presidente de la Diputación de Alicante. Ripoll fue reelegido en diciembre del pasado año al obtener cinco votos más que el candidato campista, Manuel Pérez Fenoll, lo que supuso una derrota política para el presidente de la Generalitat en su intento por hacerse con el control del Partido Popular en Alicante y eliminar los últimos residuos del zaplanismo. La derecha autóctona, ofuscada por su propia podredumbre y entregada a desesperadas guerras internas, no ha calibrado la gravedad del delito: aprovechar un acto festivo como el mencionado para hacer campaña es asesinar el Carnaval con alevosía y premeditación, es pervertir su significado y violar su esencia. Si Bajtín hubiera levantado la cabeza el pasado viernes para unirse al escaso público que presenció el pregón alicantino del Carnaval, difícilmente habría podido contener el llanto.

MARTA CASTILLO