José Bové durante una manifestación en València en favor de la huerta (Foto: García Poveda).
LOS IMPRESCINDIBLES
 

Cuando Ignacio Ramonet presentó a José Bové el pasado jueves 26 de febrero en el Aula de Cultura de la CAM de Alicante, tuvo que remontarse a los años setenta para iniciar un breve recorrido por la larga trayectoria de lucha del conferenciante. Fue en esa década cuando Bové, tras su activismo contra la guerra de Vietnam, se unió al movimiento antimilitarista de Larzac y posteriormente fue condenado a cuatro meses de prisión por oponerse a la militarización de la región francesa. En 1981, con François Mitterrand como presidente de Francia, las protestas acabaron con el proyecto de extensión del campo de tiro del Larzac. En los años noventa Bové participó en las acciones que Greenpeace llevó a cabo en contra de las pruebas nucleares realizadas en Mururoa y se convirtió en uno de los miembros fundadores de ATTAC, una organización internacional que planteó, cuando hablar de regulación de los mercados era blasfemar, la creación de un impuesto denominado “tasa Tobin” para mejor controlar los flujos financieros y reducir la desigualdad social. En el año 2000, Bové volvió a visitar la cárcel por encabezar un ataque contra una franquicia de McDonalds. Su defensa de una agricultura sostenible que no atente contra la diversidad ni contamine la tierra le llevó también a sumarse a un grupo de activistas hindúes que asaltaron un cultivo de arroz transgénico para mostrar su rechazo hacia los organismos manipulados genéticamente, no autorizados por la Unión Europea entre 1998 y 2004 a pesar de que la OMC, complaciendo a Estados Unidos, haya denunciado la moratoria europea a los transgénicos. Este acto le costó diez meses de prisión, lo cual tampoco fue óbice para que Bové haya seguido trabajando por un mundo más habitable, por una agricultura y un comercio que garanticen la salud pública y los Derechos Humanos frente a la lógica perversa de la OMC, que al fijar los precios de los cereales por debajo de los costes reales imposibilita a los campesinos de los países pobres competir con las subvencionadas agriculturas europeas. En 2004 José Bové defendió el concepto de soberanía alimentaria como medio para garantizar el derecho de los pueblos a la subsistencia en la IX Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo que presidió Kofi Annan. A estas alturas es evidente que José Bové es uno de esos hombres imprescindibles que Bertolt Brecht reivindicaba en su célebre cita: «Hay hombres que luchan un día y son buenos, otros luchan un año y son mejores, hay quienes luchan muchos años y son muy buenos, pero están los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles».
De camino a casa, pensaba en sus palabras, con las que Bové señalaba dos vías posibles para hacer frente al problema. Por un lado, desde un consumo responsable que favorezca la producción local, pues ésta, además de ofrecer productos más frescos y de mayor calidad, reduce el número de intermediarios, así como las emisiones de dióxido de carbono que conlleva el transporte. Por otro lado, presionando a los gobiernos para que firmen leyes más restrictivas con los productos que puedan suponer, directa o indirectamente, un riesgo para la salud del planeta y sus habitantes. Y si Bové no ha abandonado el combate después de tantas derrotas, cómo podríamos nosotros tirar la toalla. Se trata de empezar a preguntarse qué comemos, qué hay detrás de cada producto que adquirimos, qué complicidades encierra cada acto de consumo. La opción de desentenderse del problema no tiene cabida porque es nuestro futuro lo que está en juego. Se trata de informarse y elegir con conocimiento de causa. Nosotros alimentamos el mundo, el documental que se proyectó antes de la conferencia, me pareció esclarecedor en este sentido, especialmente gracias a las explicaciones de Jean Ziegler, relator especial de ONU para el Derecho a la Alimentación. Jean Ziegler, ese nombre me resultaba familiar, probablemente a raíz de alguna lectura reciente, y cuando llegué a casa me puse a hojear algunos libros para salir de dudas. Y entonces lo hallé. En la última página de un ensayo sobre suficiencia y sostenibilidad, se citaba una entrevista a Jean Ziegler publicada en “El País” en abril de 2001. Al leer aquel fragmento comprendí de inmediato que Jean Ziegler, el anciano que acababa de ver en la gran pantalla denunciando la responsabilidad de las multinacionales de la alimentación en el problema del hambre, es otro de esos hombres imprescindibles: «En 1964, Che Guevara vino a Ginebra como jefe de la delegación cubana en la Conferencia del Azúcar y yo, que era muy joven, fui su chófer durante casi dos semanas. El último día, antes de que se fuera, me armé de valor y me atreví a decirle: “Comandante, quiero ir con usted a Cuba”. Eran las cuatro de la mañana, se veían todas las luces de Ginebra y los anuncios de las joyerías y de los bancos y él me dijo: “Has nacido en el cerebro del monstruo; es aquí donde tienes que trabajar y combatir”».

MARTA CASTILLO