La nostalgia es un sentimiento que se deriva de la pérdida, una suerte de añoranza que, llevada al límite, se traduce en la voluntad de retroceder en el tiempo bajo la convicción de que el pasado es el único lugar capaz de albergar la felicidad. Por eso Jorge Riechmann se refiere a ella como “la hermana tullida del deseo”. Del mismo modo en que una huella en la arena atestigua una presencia, la nostalgia es la marca de algo que hubo y luego desapareció, de algo que se tuvo y ya no se tiene. Pero hay otra modalidad de este sentimiento en la que se añora algo que nunca se llegó a tener; es la nostalgia de lo no vivido. He experimentado muchas veces una variante sana de este tipo nostalgia, y cuando digo sana quiero decir que sirve para encender y no para apagar el alma. Pertenezco a una generación que no vivió en primera persona la lucha contra la dictadura, pero creció con los ecos de esta lucha de tal modo que forma parte de su identidad. Lo confesaba el pasado once de marzo Consuelo Navarro, secretaria general de Comisiones Obreras en Alicante, durante la presentación del documental “Abajo la dictadura”. La cinta, dirigida por Alberto Gómez Roda y Dolores Sánchez Durá a partir de diversas fuentes orales, ha sido concebida, lejos de cualquier ánimo revanchista, como documento pedagógico puesto a disposición de la comunidad educativa por parte de la Fundación de Estudios e Iniciativas Sociolaborales.
Consuelo, como tantos otros treintañeros, llegó tarde a la tempestad que acabó con el franquismo, pero es heredera de los valores de un movimiento que pedía libertad, justicia social y laicismo cuando esas eran palabras mayores. Porque, como bien matizó Antonio Martín Lillo durante la presentación, los verdaderos protagonistas de la transición fueron los estudiantes, los intelectuales y la clase obrera española. Las libertades democráticas no fueron un regalo de la realeza, sino un triunfo de la calle. En Alicante, por ejemplo, el Club de Amigos de la UNESCO jugó un papel muy importante en la creación de conciencia social y abrió nuevos espacios de debate crítico al margen de los partidos. El testimonio de Martín Lillo, que fue detenido y encarcelado en abril de 1974 por su oposición al régimen, coincidía con el de otros entrevistados que también fueron víctimas de la represión franquista en su última etapa: la energía de todos aquellos jóvenes que, conscientes de la debilidad de un régimen obsoleto y aislado a nivel internacional, ya no se dejaban atenazar por el miedo, asestó el golpe definitivo al dinosaurio. Ellos gozaron intensamente de la fiesta que supuso participar en semejante desmoronamiento. Ellos son, teóricamente, los únicos capaces de sentir nostalgia de un tiempo en el que la ilusión pudo con los temores y la transformación social era un logro del nosotros. Un logro tan grande que también ha dejado huella en quienes, sin haber conocido su gestación, hemos disfrutado sus consecuencias.
Los que nacimos con la muerte de Franco no tuvimos que pelear por nuestros derechos y poco a poco nos fuimos sumergiendo en un narcisismo que diluyó por completo el concepto de conciencia de clase. Hoy tenemos por delante enormes retos colectivos, pero sólo disponemos de herramientas individuales para enfrentarlos. Ese reinado del egocentrismo que Gilles Lipovetsky identificó como una “nueva tecnología de control flexible y autogestionado” alimentó el desinterés por las generaciones futuras, lo cual explica, por una parte, el miedo contemporáneo al envejecimiento y, por otra, la pasividad ante un problema medioambiental que, pese a ser gravísimo, no es inminente. Sin embargo, las fisuras del sistema son cada vez más difíciles de esconder también en el sentido que apuntaba el sociólogo francés: “Narciso, demasiado bien programado en absorción en sí mismo para que pueda afectarle el Otro, para salir de sí mismo, y sin embargo insuficientemente programado ya que todavía desea una relación afectiva”. Todavía desea unir su fuerza a otras fuerzas, sumar capacidades de intervención en la realidad para no vivirla como un destino, para crecer y prolongarse en el tiempo a través de los demás. De ahí que la nostalgia del nosotros en la era del yo pueda convertirse en un detonante perfecto.
MARTA CASTILLO |