El Bacarot es una pedanía exenta de encanto que se halla en la carretera que une Elche con Alicante. Su tierra, seca y arcillosa, no es precisamente la imagen de la fertilidad, y sin embargo es en ella donde se está desarrollando una de las iniciativas más interesantes para afrontar la crisis en la que nos hallamos inmersos y sus futuras réplicas, previsiblemente más intensas y multiformes. No en vano le dieron el nombre de “Terratrèmol” a esta organización que apuesta por la autogestión en consonancia con el concepto de soberanía alimentaria defendido por José Bové en su reciente visita a Alicante. “Terratrèmol” lleva más de dos años cultivando variedades tradicionales de diferentes verduras, frutas y hortalizas. Los miembros de esta cooperativa tienen derecho a todo lo que produce la huerta ecológica que mantienen gracias a una pequeña cuota mensual y al tiempo de trabajo que invierten en ella. Por supuesto, queda terminantemente prohibido el uso de herbicidas, plaguicidas y semillas genéticamente modificadas. Por eso, iniciativas de esta índole son la pesadilla de multinacionales como Monsanto, empresa líder en destrucción medioambiental y en explotación laboral que, además de intoxicar distintos espacios vitales con los productos que salen de sus laboratorios (hormonas de crecimiento animal, dioxinas y toda clase de organismos alterados genéticamente), se dedica a patentar variedades vegetales que han sido cultivadas de modo artesanal durante siglos por campesinos que ahora encuentran trabas legales para continuar con su habitual modo de subsistencia.
En la India, por ejemplo, llevan lustros utilizando un trigo específico para elaborar el pan típico de la zona, pero hace seis años la Oficina Europea de Patentes otorgó a Monsanto una que incluye un trigo con las mismas características, de modo que ahora la multinacional norteamericana tiene el monopolio para cultivarlo y elaborar sus derivados. En 2007 Monsanto facturó más de 11.600 millones de dólares, un 17% más que el año anterior. Ese mismo año la directora del Programa Mundial de Alimentos (PAM) de Naciones Unidas, Josette Sheeran, advirtió que necesitaba al menos 500 millones de dólares más de lo estimado para evitar hambrunas en países en vías de desarrollo. La vía lógica para luchar contra el hambre en el mundo pasa por permitir a los campesinos cultivar sus propios alimentos como siempre lo han hecho, es decir, prescindiendo de simientes transgénicas y pesticidas, lo cual reduciría el número de millones de dólares que Monsanto se embolsa cada año y limitaría el negocio de los alimentos procesados que tan rentable resulta para Europa y Estados Unidos (después de diez años del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, México importa productos agrícolas de ambos países por un valor de 13.000 millones de dólares, situando en un 40% su nivel de dependencia alimentaria). Es por ello que la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) yerra al ver en la agricultura comercial un medio para erradicar el hambre, en lugar de identificarla como uno de los agentes que la causan.
Sin embargo, medidas como la adoptada recientemente por el presidente de Bolivia son razones para la esperanza. Evo Morales ha entregado los primeros 34 títulos de propiedad de tierras a indios guaraníes en la región oriental de Santa Cruz con el objetivo de poner los recursos naturales del país andino al servicio del pueblo y poner fin a las políticas latifundistas. El pasado 17 de marzo la Asociación de Cooperación para el Desarrollo Entrepueblos trajo a Alicante a una representante del Movimento de Mulheres Camponesas de Brasil (MMC Brasil) que se lamentaba precisamente de la falta de coherencia que las políticas agrarias del presidente Lula tienen con respecto a su discurso marcadamente izquierdista. También su compañera de la Asociación de Mujeres Rurales e Indígenas de Chile (ANAMURI) se mostró decepcionada con el escaso apoyo recibido por parte de la presidenta Bachelet, que no ha podido impedir que el grueso de las subvenciones estatales vayan a parar de nuevo a la agroindustria y los monocultivos en detrimento de la agricultura a pequeña escala o para el autoconsumo y la biodiversidad de la región. Los pueblos indígenas de América siempre han mantenido una relación respetuosa con la tierra, de la que se consideran hijos y no dueños. Cada día estoy más convencida de que el lugar desde el que se mira lo es todo, bien lo debe saber la tierra por el distinto trato que recibe de aquellos que la miran como madre y aquellos cuyos ojos son simples cajas registradoras.
MARTA CASTILLO |