Y se fue marzo entre lluvias y vientos, como si deseara parecerse a otro marzo nublado de hace setenta años, como si quisiera recrear con exactitud el ambiente que oscureció el escenario del final de la Guerra Civil española, como si pretendiera unirse así a la conmemoración de su setenta aniversario. El pasado domingo 29 de marzo el sol no podía vislumbrarse desde el puerto de Alicante. Más de un centenar de personas estaban allí reunidas, cobijadas bajo sus paraguas, para homenajear a los republicanos que lograron salvar sus vidas a bordo del “Stanbrook”, y a los que no lo lograron y fueron a parar a lugares tan siniestros como el campo de concentración de Albatera. Al acto, organizado por la Comisión Cívica por la Recuperación de la Memoria Histórica de Alicante, acudieron periodistas de ámbito nacional, prestigiosos historiadores, familiares de los represaliados por el franquismo y también los hijos del capitán Dickson, quien excedió con creces la capacidad del histórico buque mercante con tal de ayudar al mayor número posible de refugiados. Allí, en el mismo muelle del que partieron, bajo el mismo cielo gris, con sabor a exilio para los que se iban y lleno de malos augurios para los que se quedaban, para los que no llegaron a tiempo al último barco. Pensando en ellos, en los que llegaron tarde al “Stanbrook”, el escritor Ian Gibson aprovechó la ocasión para leer un párrafo de la célebre novela de Max Aub: “Éste es el lugar de la tragedia: frente al mar, bajo el cielo, en la tierra. Éste es el puerto de Alicante, el 30 de marzo de 1939. Las tragedias siempre suceden en un lugar determinado, en una fecha precisa, a una hora que no admite retraso. El cielo está cubierto porque tiene vergüenza de lo que va a suceder”. Y daba vergüenza estar en el puerto de Alicante, setenta años después, sin una miserable placa que recordara la tragedia, sin rastro alguno de los mandatarios de la ciudad.
Un par de días antes del homenaje, el 27 de marzo, el poeta Marcos Ana presentó en Alicante su libro autobiográfico “Decidme cómo es un árbol”. Con 89 años Marcos Ana sigue siendo una fuente de vitalidad en la que el rencor, incomprensiblemente, no tiene cabida. Incomprensiblemente porque, tras veintitrés años de cárcel y dos sentencias de muerte (una por su actividad de dirigente de la Juventud Socialista Unificada durante la guerra y otra, en 1943, por hacerse responsable de un periódico clandestino para evitar delatar a otros compañeros a pesar de las torturas), se considera un hombre privilegiado. Él fue uno de los que no pudieron subir al último barco solidario y se quedaron frente al mar aferrados a la esperanza de ver llegar otros barcos. Y llegaron, pero eran barcos enemigos, dirigidos por el general Gambara para ocupar Alicante en nombre de Franco. Fue entonces cuando Marcos Ana comprendió el sentido de la dignidad: los fascistas italianos lanzaron a la multitud vencida unos sacos con panecillos, mientras uno de ellos grababa la escena. Muchos llevaban días sin probar bocado y se abalanzaron sobre el alimento, pero un compañero advirtió a voces a los demás que no cogieran los panecillos para no aparecer ante la cámara como perros hambrientos, arrebatándose la comida los unos a los otros. Contaba Marcos Ana durante la presentación de su libro que el joven compañero que estaba a su lado en aquel momento ya tenía un pedazo de pan en la mano cuando escucharon las advertencias. Lo miró con lástima y lo devolvió al saco.
También da vergüenza, setenta años después, que en Alicante sigamos teniendo una calle Italia y una calle Alemania en honor a la ayuda que la Italia de Mussolini y la Alemania de Hitler prestaron a Franco para acabar con la Segunda República Española. Y una calle 30 de marzo para celebrar la victoria de los dictadores sobre uno de los estados democráticos más avanzados de Europa. Por eso la llegada de abril, setenta años después del último parte de guerra sellado por el Estado Mayor del Cuartel General del Generalísimo, treinta y tres años después de la muerte de Franco, tiene un sabor agridulce al caminar por las calles de esta ciudad.
MARTA CASTILLO |