Mis palabras se parecen cada vez más a las púas de las especies vegetales de este reseco lugar (Foto: M. C.).
PAISAJE CON PÚAS
 

Por fin ha quedado atrás la Semana Santa con sus rancias procesiones, sus nazarenos, sus costaleros, sus coronas de espinas y sus devotos de pose. Pero es de otro paisaje espinoso del que quería hablar, mucho más literal y prosaico, de su flora autóctona y de su fauna importada. Hay ciudades que son atravesadas diariamente por un ingente flujo de personas y que, pese a sus colosales dimensiones y su mezcolanza cosmopolita, tienen personalidad propia. Hay otras que, sin ser en absoluto grandes urbes, carecen de rasgos de identidad característicos. Alicante es una de ellas. La mayor parte de los jóvenes que viven en esta ciudad no han nacido aquí. Si es la cuarta provincia más poblada de España se debe al espectacular crecimiento demográfico que experimentó a partir de los años sesenta, y no sólo por la explosión de natalidad propia de esas décadas, sino también, precisamente, por los intensos movimientos migratorios que despejaron algunas regiones del interior de España y llevaron a instalarse a muchas familias en la zona de la costa mediterránea. El resultado es que el carácter alicantino, si existe, no es fácilmente identificable. Alicante es una ciudad cuyos habitantes son difíciles de etiquetar. Con los años, sin embargo, creo haber hallado el ingrediente básico que condimenta un panorama humano particularmente variopinto. Me refiero a cierto resquemor, cierta resignación siempre presente en el humor socarrón y avinagrado que por aquí se gasta. No sé en qué momento me percaté de la conexión que existe entre el yermo paisaje levantino, condenado por un clima desértico, y el agrio sentido del humor de sus gentes. El caso es que ahora veo ese vínculo con tal nitidez que me parece imposible que pueda pasar desapercibido.
Hace apenas dos semanas que Juan José Millás vino a Alicante para hablar de su conflictiva relación con el lenguaje, que definió atinadamente como “un territorio minado”. Las palabras, eternas fuentes de confusión, no siempre tienen el mismo sentido dentro y fuera de nosotros. A partir de cierta edad, son teclas que activan nuestros recuerdos, y Millás ofreció una pequeña muestra de su diccionario personal. El vocablo “abotargamiento” fue una de las primeras palabras que lo componían. En su niñez este término le producía pánico por la aversión con que sus padres se referían a un familiar que siempre estaba abotargado. Como consecuencia se convirtió en un niño hiperactivo. Tuvieron que llevarlo al médico, quien le recetó unos ansiolíticos que le producían un desagradable abotargamiento. Finalmente, el hoy afamado periodista llegó a la conclusión de que cuanto más huimos de algo antes lo alcanzamos. Exactamente la misma conclusión a la que llego si me pongo a escribir, por ejemplo, sobre el tranvía de Alicante. Un proyecto que, siendo atractivo de entrada, se está ejecutando con tal ineptitud que está arrasando las escasas zonas verdes y peatonales que nos quedan. Si el objetivo es que el transporte público sustituya al transporte privado, disminuyendo el impacto ambiental que conlleva y descongestionando el tráfico, lo lógico es que sea el coche el que ceda espacio para el tranvía y no el peatón. Pero si los responsables de diseñar la estructura formal de esta ciudad supieran lo que es un silogismo disyuntivo Alicante sería el jardín de las delicias donde pecaron Adán y Eva. Es mucho pedir, ya lo sé, me conformaría con que se limitaran a tener en cuenta los consejos de la Plataforma Comarcal por la Movilidad Sostenible y del Colegio de Geógrafos de la Comunidad Valenciana a la hora de concebir la futura estación intermodal.
Y así, cuanto más reniego de los dislates que van deformando esta ciudad, cuanto más me asquean los trampantojos con que la alcaldesa engatusa a los alicantinos, más se acaban pareciendo mis palabras a las púas de las especies vegetales que visten la piel reseca de este lugar. Especies preparadas para resistir a un sol inclemente y a una crónica escasez de agua. Como los cactus, que protegen con su estructura espinosa el precioso líquido almacenado, o como el palmito, capaz de crecer en terrenos arenosos o en la mismísima roca. Y lo peor es que, cuando encuentro ese humor punzante en otras latitudes, modulado por otros acentos, pulido por otras asperezas, me siento como en casa, y es grato, y ya no intento huir de ese amargo poso alicantino que hay en mí.

MARTA CASTILLO