Uno de mis primeros empleos fue en un periódico local de cuyo nombre no quiero acordarme, al frente de la sección de economía y empresas. A los pocos días de firmar el contrato comprendí que cualquier coincidencia entre las condiciones pactadas y la realidad que me esperaba sería pura casualidad. Al principio, mi jornada laboral excedía con creces las ocho horas diarias y luego se convirtió en norma que alcanzara las doce horas. Los turnos de libranzas se organizaban de tal modo que era frecuente trabajar durante trece días consecutivos sin descanso. La mayor parte de mis compañeros se encontraban en la misma situación, a excepción de los colaboradores, que cobraban por cada artículo sin que ello constituyese su principal fuente de ingresos. Uno de ellos, profesor de enseñanza secundaria, se sumó a la huelga que hubo por aquel entonces contra la congelación salarial de los funcionarios. La anécdota abrió un debate airado en la redacción. Algunos compañeros le reprocharon que sus condiciones laborales eran infinitamente mejores que las nuestras y que no podía quejarse. Otros defendimos su decisión de secundar la huelga, porque no era él el responsable de que nos estuvieran explotando o de que nosotros no supiéramos defender nuestros derechos. No, los responsables eran nuestros superiores y, en último término, el grupo empresarial al que pertenecía el periódico. También lo eran unos sindicatos acomodados que se mantenían y se mantienen al margen de los abusos que se practican en el ámbito de los medios de comunicación. Y, por supuesto, nosotros mismos, incapaces de organizarnos para exigir, simplemente, que se cumpliera nuestro contrato.
Supongo que la cuestión de fondo es que resulta más fácil culpar a alguien cuya fuerza y capacidad de respuesta es igual o inferior a la nuestra que hacer autocrítica o enfrentarse a alguien más fuerte y poderoso. Creo que algo similar se esconde tras la agresión del menor alicantino a un indigente que dormía en un cajero automático de una sucursal bancaria. El joven expresó que “estaba harto de verle allí todos los días” y no se le ocurrió nada mejor que darle una paliza y prenderle fuego después. La víctima, de 43 años, había trabajado, según la agencia Efe, como guardia de seguridad en el complejo Marina D’Or de Castellón. En tal caso, la escena se me antoja una alegoría perfecta de la actual crisis. El paro y la indigencia como resaca de la borrachera de la construcción. La banca, cuya avaricia ha hecho saltar los plomos de un sistema agotado, es el siniestro decorado. Y el joven agresor como representante de una generación sin futuro que descarga su ira contra el más débil, contra el indefenso. La comparación puede parecer hiperbólica, pero no debemos menospreciar los peligros que anuncia, sobre todo el riesgo de que los brotes de violencia propios de tiempos de recesión acaben estigmatizando a los sectores más frágiles de la sociedad.
El Fondo Monetario Internacional (FMI) le acaba de dar la razón al economista Paul Volcker, que bautizó la crisis actual como “la Gran Recesión”. Según la lúgubre institución financiera, el desplome del Producto Interior Bruto (PIB) en España será del 3% este año (casi el doble de la previsión del Gobierno) y del 0,7% el año próximo. El paro, que ya ha registrado la mayor cifra de desempleados de su historia, llegará, según el FMI, al 17,7% este año, y seguirá subiendo hasta alcanzar el 19,3% en 2010. Aparentemente es difícil hacer una lectura positiva de estos datos, pero sólo aparentemente. Un descenso del PIB, una fórmula que hoy está en entredicho, puede ser una buena noticia. Cada vez son más los expertos que creen que PIB es un instrumento defectuoso para medir el bienestar y la riqueza de un país, pues deja al margen variables fundamentales y se limita a contabilizar la producción de bienes y servicios. El Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz señaló hace algún tiempo el principal talón de Aquiles del PIB: “no toma en cuenta la degradación del medio ambiente ni la desaparición de los recursos naturales a la hora de cuantificar el crecimiento”. Hay una relación directa entre el PIB y la huella ecológica, según la cual cuanto más próspera es una economía mayor es su huella ecológica, lo que equivale a decir que cuanto más rica es una sociedad según los actuales parámetros, más oscuro es su futuro. Por tanto, si “la Gran Recesión” sirve para abrir el debate sobre el reparto del trabajo y para invalidar el PIB como medidor de bienestar, algo bueno habrá traído.
MARTA CASTILLO |