Hace más de una década que la Unesco declaró el 23 de abril el Día Internacional del Libro, una jornada dedicada a fomentar la lectura. En España la elección de esta fecha se remonta a los albores de la Segunda República, cuando un periodista valenciano lo propuso, haciéndolo coincidir con el día del patrón de Cataluña, Sant Jordi, que hizo brotar un rosal del dragón que mató con su lanza. Por eso la rosa, como símbolo de amor y amistad, siempre acompaña al libro el 23 de abril en Barcelona. Después, en 1974, ese mismo día fue elegido para la entrega del Premio Cervantes, el más importante de la lengua castellana. Contaba Juan Marsé en su discurso de recogida del Premio Cervantes 2009 que sólo tenía trece años cuando entró como aprendiz en un taller de joyería de su barrio, algo que agradeció, pues se vio liberado de un colegio en el que no aprendió nada excepto, según sus propias palabras, “cantar el Cara al Sol y rezar el rosario todos los días”. En la casa de sus padres hubo un buen número de libros en lengua catalana de los que sólo quedaron dos en la posguerra. Su padre, que estuvo en la cárcel por pertenecer al bando republicano, se encargó personalmente de quemarlos. “Era poco después de acabada la guerra, yo debía de tener siete años, pero recuerdo muy bien la fogata en medio del pequeño y sombrío jardín, los libros abriéndose al calor como flores rojas, las páginas desprendidas arrugándose y bailando sobre la cresta de las llamas”, recordaba Juan Marsé el pasado 23 de abril. El mismo día en que el presidente de la Generalitat Valenciana, Francisco Camps, aparecía en las portadas de las ediciones digitales de los principales medios junto a la alcaldesa de Alicante, Sonia Castedo, durante la peregrinación a la Santa Faz, una tradición cristiana que en Alicante eclipsa totalmente la celebración del Día Internacional del Libro.
Pero la noticia no tenía nada que ver con la romería de la Santa Faz, sino con las grabaciones telefónicas efectuadas por la policía en el curso de la investigación sobre la trama corrupta vinculada al PP. Las grabaciones demuestran que Camps mantenía una relación muy estrecha con Álvaro Pérez, imputado junto con Francisco Correa por diversos delitos. Álvaro Pérez creó Orange Market meses después de que Francisco Camps ganase sus primeras elecciones autonómicas. Desde entonces dicha empresa ha recibido contratos por más de cinco millones de euros de la Administración valenciana. “Bueno, yo quiero que nos veamos con tranquilidad para hablar de lo nuestro... que es muy bonito”, le dijo Camps a Pérez el 24 de diciembre del año pasado. Me pregunto si a estas alturas le sigue pareciendo bonita una relación que muy probablemente le cueste el cargo, pues el Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana acaba de desestimar la nulidad del proceso solicitada por la defensa de Camps y continuará con la investigación contra el jefe del Consell por un presunto delito de cohecho junto a Ricardo Costa, el ex vicepresidente Víctor Camps y el ex jefe de gabinete de la conselleria de Turismo, Rafael Betoret. El juez José Flors deberá determinar ahora si Camps y sus tres colaboradores recibieron ropa pagada por Orange Market.
La voz de la calle ya se ha hecho oír al respecto: “Más empleo y menos trajes” fue una de las reclamaciones dirigidas al presidente de la Generalitat Valenciana en una manifestación del Primero de Mayo que reunió en Alicante a más de 15.000 personas, según UGT y CCOO. Y mientras los trabajadores salían a la calle para oponerse a la eufemística demanda de la patronal de flexibilizar el mercado laboral (es decir, abaratar el despido, recortar derechos sociales y rebajar salarios y pensiones), Camps se escudaba en el secreto de sumario para evitar dar explicaciones en las Cortes Valencianas sobre su implicación en el “caso Gürtel”. La imagen que ilustraba la noticia era de un patetismo extremo. Camps en primer plano con actitud amenazante y Ricardo Costa, portavoz del PP en las Cortes, detrás, con una sonrisa de oreja a oreja. Casi prefiero la imagen de Camps en la romería de la Santa Faz, con el blusón negro y el pañuelo blanquiazul, flanqueado por las típicas cañas con una rama de romero, con gesto pensativo, diríase que apesadumbrado. Esta estampa, al menos, da lugar a la duda: ¿demasiada mistela o problemas de conciencia?.
MARTA CASTILLO |