Una señora observa cartelitos con diferentes porcentajes en el mostrador de una pescadería. Pregunta curiosa al vendedor por qué hay tanta diferencia entre unas y otras rebajas, ya que mientras la sepia marca un 7% el atún señala un 22%. El tendero responde que no se trata de rebajas, sino de porcentajes de mercurio. Es el humor de Quino, de puntería afinada, siempre atinando en la diana de la conciencia. Y es que el pescado, ese antídoto frente a las enfermedades cardiovasculares, no se ha librado del deterioro que la calidad de todos los alimentos ha sufrido a causa de la contaminación medioambiental originada por el hombre. El mar es sinónimo de cloaca para muchas industrias cuyos vertidos tóxicos van a parar impunemente a los océanos y el incremento de los niveles de mercurio detectados en el pescado y el marisco se ha disparado en los últimos años. La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria ha advertido a las madres del peligro que puede suponer la ingesta frecuente de las especies más propensas a la acumulación de este metal extremadamente volátil que, una vez depositado en un ambiente acuático, se transforma en una potente toxina que se deposita en los peces y en los humanos que los consumen, produciendo incluso severos retrasos motores o de comunicación del feto en desarrollo en cantidades relativamente despreciables. Especies como el emperador, el atún o la caballa, tan habituales en las lonjas de pescado de nuestra costa.
En El Campello, los marineros, los compradores y los curiosos que asisten a una de las subastas de pescado más pintorescas de España, siguen con su rutina ajenos a estos nuevos peligros. Algunos viejos hombres de mar, con rostros curtidos por el viento y el sol, reconocen sin embargo que echan de menos especies como el emperador, cada vezmás difícil de encontrar en las redes. Los dos barcos entran al pequeño puerto de El Campello a media tarde. El “Vicent i Carme”, el navío más antiguo de la flota pesquera de la localidad, es el último en llegar a tierra arrastrando consigo una nube de gaviotas que revolotean con histeria sobre la embarcación. Es el segundo “Vicent i Carme”, el primero fue hundido y hoy es refugio de todo tipo de criaturas marinas. Tras descargar el pescado ante la mirada atenta de algunos clientes duchos en la materia comienza la subasta en el interior de la lonja. El maestro de ceremonias, un subastador de lengua veloz y divertida agudeza, es el centro del espectáculo. Primero explica el procedimiento de una subasta en la que la lentitud de reflejos sale cara, luego comienza la cascada de números, nunca con los ejemplares más codiciados, que suelen quedar para el final. Al mismo tiempo va aderezando la descripción del contenido de cada bandeja subastada con sus usos gastronómicos, e intercalando comentarios ufanos imperceptibles para oídos desatentos. Si nadie frena al subastador en su verbosidad son los propios marineros los que le detienen para fijar el precio del producto en cuestión. Con los pulpos casi siempre se repite la misma escena, una señora levanta la mano y elige un par de bandejas, e inmediatamente después las manos de otros compradores se abalanzan sobre las bandejas restantes y los pulpos desaparecen de la vista. La persona que detiene al subastador siempre tiene derecho a elegir, pero después de esta elección el precio ya es inamovible y todo es cuestión de rapidez. Es una ceremonia bien conocida por los autóctonos, que encuentran en su repetición un placer primitivo, como el placer infantil de escuchar una y otra vez el mismo cuento antes de dormir. La repetición genera tranquilidad, por eso el sonido de las olas del mar nos relaja, porque no puede salirse del guión, no puede rompernos los esquemas. Nada hay más predecible que el movimiento constante del oleaje, quizás por ello al contemplar la superficie azul de esa gran masa de agua pareciera que las ideas se ordenan, que los sentimientos se suavizan. Mirando al mar todo es susceptible de tener solución y su perenne susurro promete un porvenir sin hecatombes. Sin embargo, ¿qué pensará un mar empachado de mercurio al contemplarnos?. Dudo que nuestra reiterativa actividad logre ordenar sus ideas y suavizar sus sentimientos..
MARTA CASTILLO |