Tras la muerte de Mario Benedetti, caminamos como árboles sin hojas por la calle (Foto: M.C.)
ÁRBOL SIN HOJAS
 

Era un lunes triste, Mario Benedetti se acababa de marchar y muchos estrenábamos la mañana con una pesada orfandad a cuestas. Algunas aulas de la Universidad de Alicante amanecieron empapeladas con palabras del escritor uruguayo y a mi móvil llegaban mensajes de condolencias de todos los amigos que, como yo, habíamos entrado años atrás en el bosque de la poesía de la mano de Mario. La necesidad de compartir ese dolor común llenó la sala Altamira el pasado 26 de mayo en el acto celebrado en su recuerdo. José Carlos Rovira, catedrático de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Alicante y amigo de Mario Benedetti, fue miembro en dos ocasiones del jurado del Premio Cervantes. Un galardón que, según explicó en el emotivo homenaje, Mario nunca recibió porque muchos académicos jamás le perdonaron su compromiso político. Ya se sabe, no está de moda en estos tiempos tomar partido, decantarse es de mal gusto y no hay nada más esnob que esconderse detrás de la neutralidad, del cinismo o de la ambivalencia. Por eso la claridad de la poesía de Mario fue tachada de maniquea por aquellos que confundieron coherencia con simplismo, que creyeron que la inaccesibilidad es necesaria para ser un buen intelectual. Obviamente no es cierto y, como bien señaló José Carlos Rovira, pocos autores contemporáneos han hecho tanto por la difusión de la lengua de Cervantes y por la difusión de la poesía como Mario. Porque somos legiones los que hemos crecido con sus versos y los llevamos atrapados en la memoria. Los que hemos caminado con su complicidad discreta, con su ternura humilde, con su franqueza imprescindible. Y se nos va ahora que tanta falta nos hace una llamarada limpia en medio de tantas luces de neón, de tantas voces pretenciosas que se burlan del compromiso. Como si elegir un camino y recorrerlo hasta sus últimas consecuencias fuera algo vergonzante y, por el contrario, la pasividad del que quiere transitar sólo el lado fácil de cada sendero es deseable. No, los que permanecieron inmóviles al borde del camino y se salvaron no se quedaron con Mario. El problema es que algunos no se contentaron con mantenerse al margen y trataron por todos los medios de curar a Mario de su terca parcialidad: “de haber sido neutral / no habría necesitado / esas terapias intensivas / pero qué voy a hacerle / soy parcial / incurablemente parcial / y aunque pueda sonar un poco extraño / totalmente / parcial”.
Así, su parcialidad le llevó a incluir en su discurso de investidura como Doctor Honoris Causa por la Universidad de Alicante una nítida defensa de la autonomía universitaria en unos años en los que los poderes públicos locales libraban una encarnizada batalla contra la institución educativa. En mayo de 1999, José Carlos Rovira escribía en la prensa local un artículo para denunciar la censura de un acto previamente aprobado con Mario Benedetti en el aula cultural de una conocida entidad financiera, un acto que finalmente pudo realizarse en otro lugar, excediendo su aforo, gracias al tesón de Mario y de los organizadores del evento. Mario también incluyó en su discurso de investidura un poema inédito, titulado “Zapping de siglos”, en el que hablaba de los miedos que nos circundan cuando miramos hacia el futuro: “temo que vengan los gigantes / a concedernos pequeñeces”. Temores nuestros, temores de los que peregrinan y hacen planes pese a todo, “y sin aviso fundan sueños / están desnudos como amantes / y como amantes sienten frío”. Una desnudez y un frío que se vieron azuzados por la noticia de la ausencia de Mario, en esa mañana triste de lunes en la que muchos caminábamos como árboles sin hojas por la calle. Otro amigo de Mario, el poeta argentino Juan Gelman, definió una vez la poesía como “un árbol sin hojas que da sombra”. Y creo que Mario no querría nunca que a los peregrinos se les olvidara lo importante que es dar sombra a pesar de haber perdido las hojas.

MARTA CASTILLO