Aprender y divertirse no son verbos incompatibles (Foto: M.C.)
AQUÍ SE JUEGA
 

Hace casi treinta años un grupo de padres y profesores se unieron para formar una cooperativa de enseñanza que inaugurara en Alicante la posibilidad de optar por un modelo pedagógico progresista inexistente hasta la fecha. Aire Libre nació de la necesidad de unos padres que habían sufrido en primera persona un sistema educativo represivo y lóbrego de crear una nueva escuela para sus hijos. Aire Libre, el único centro concertado de la provincia de Alicante que se manifestó en contra de que la asignatura de Educación para la Ciudadanía se impartiera en inglés, sigue siendo un oasis maravilloso. Un oasis habitado por niños y construido por niños, con una vocación inclusiva que se respira en cada rincón. Las paredes de las aulas hablan de una escuela abierta, de un lugar de encuentro y creación, de niños cuyas ideas y propuestas son escuchadas y valoradas, de maestros que integran con imaginación las aportaciones de los niños en el proceso de aprendizaje. De entre todos los dibujos que cubren la piel del vestíbulo principal hay uno que llama especialmente la atención por las letras irregulares que se distinguen sobre una figura llena de colores. En ellas se lee claramente una frase que lo resume todo: “aquí se juega”. Porque todos los que hemos amanecido al mundo en Aire Libre sabemos perfectamente que aprender y divertirse no son verbos incompatibles.
Me explicaba hace poco Mari Carmen Díez Navarro, coordinadora pedagógica de la escuela infantil Aire Libre, el lugar esencial que ocupa lo afectivo en la escuela. Me contó que sus alumnos pasarán a Primaria el curso próximo y que para ellos junio es el mes de las despedidas. Cada día le dicen adiós a uno de los distintos espacios que componen la escuela, enumeran y comparten buenos recuerdos que Mari Carmen recoge para que no se pierdan, los escribe y los coloca en una zona visible de la clase para que ellos sepan que sus palabras y sus memorias tienen importancia y merecen un lugar destacado. También hablan de los miedos que suscita un nuevo mundo desconocido, de la pena inherente a la despedida, de qué hacer con ella o contra ella, y entre todos tratan de buscar caminos para volver a verse y para apaciguar temores. Después me enseñó algunos cuentos que mostraban vías para tolerar la frustración o para asumir límites, libros que estimulaban la risa o que enseñaban a confrontar una pérdida. Salí de aquel territorio abigarrado de tiza y lápices, de gozos y maduraciones, convencida de que una de las partes más bonitas de la labor del maestro es enseñar a comunicar sentimientos.
Después de comer, en la clase de los más pequeños, llega el momento del relato que precede a la siesta. Todos se sientan frente a Ariana, ella pasa las páginas del cuento y las va leyendo sin dejar de gesticular, mirando sus caras embelesadas, que son la prueba irrefutable de que ya han quedado atrapados por la magia de la fábula. Porque, en palabras de la propia Mari Carmen Díez, “el sabio cobijo que traen puestos los cuentos es, sin duda alguna, una de las formas más bellas que tenemos las personas de ingresar en la cultura”. De camino a casa las imágenes se agolpaban en mi cabeza y mi corazón latía con fuerza. Los dibujos llenando las paredes de historias, las ilustraciones de los cuentos de Mari Carmen rompiendo la frontera entre el universo infantil y el adulto, los ojos diminutos embriagados por los gestos de Ariana, el tacto con la arena devolviéndome a un placer olvidado y los tubos del patio, esos tubos blancos y amarillos que también fueron un día mi escondite, encogiendo para recordarme que he crecido. He crecido y, sin embargo, sigo recurriendo a los libros para buscar caminos y apaciguar temores, para asumir límites o invocar a la risa. Y comprendo que el placer de la lectura y la escritura fue bien regado por mis profesores en Aire Libre y hoy siento una enorme gratitud hacia ellos. Y quiero expresarla porque, del mismo modo en que lo afectivo impregna el trabajo pedagógico y no se puede enseñar con asepsia, es absurdo pretender escribir sin implicarse emocionalmente en lo que se cuenta. Porque escribir también es jugar y, que quede claro, aquí se juega.

MARTA CASTILLO