Alemania ha mantenido vivo el recuerdo de multitud de víctimas del Holocausto, como estas placas en el centro de Hamburgo (Foto: M. C.).
CIUDADES QUE APRENDEN
 

En ocasiones hay noticias que le hacen a uno recuperar la maltrecha confianza en las instituciones, aunque el lapso de tiempo en que permanece viva esta fe suele ser breve, apenas el instante hasta que encontramos otra noticia que nos devuelve al recelo habitual. Junio nos ha regalado dos buenas nuevas destacables que afectan directamente al porvenir de estas tierras levantinas. Por un lado, la decisión del juez instructor del caso Gürtel en el Tribunal Superior de Justicia de Madrid de remitir al Tribunal Supremo la parte del caso relacionada con el tesorero del Partido Popular, Luis Bárcenas, con el diputado Jesús Merino y con el ex eurodiputado Gerardo Galeote, lo cual posibilita todavía más una necesaria precipitación de dimisiones en el seno del PP. Por otro, la declaración de quince nuevas Zonas de Especial Protección para Aves en la provincia de Alicante, lo que supone multiplicar por seis la superficie total protegida, que pasa de 25.502 hectáreas a 162.043. No está mal, y sin embargo seguimos estando a años luz de países como Alemania. Nada tiene de extraño que ciudades como Hamburgo o Berlín ofrezcan auténticos paraísos incrustados en la ciudad, parques urbanos cuyas dimensiones y espesura permiten olvidar la vorágine que les rodea, oasis verdes que son el mejor bálsamo contra el estrés. Lo asombroso es que una ciudad como Bremen, con medio millón de habitantes, tenga 202 hectáreas de bosque en pleno corazón urbano. O quizás lo asombroso sea que el parque más grande de una ciudad como Alicante, con más de trescientos mil habitantes, tan sólo tenga 12 hectáreas. Tal vez por eso, porque las comparaciones son odiosas, la penosa campaña promocional que acaba de lanzar el Patronato Provincial de Turismo ha omitido imágenes de la ciudad para mejor atraer a los turistas hacia la Costa Blanca.
El pasado mes de febrero el comisario europeo de medio ambiente Stavros Dimas anunciaba que Estocolmo y Hamburgo eran las ciudades ganadoras del premio europeo a la capital verde para 2010 y 2011. En Hamburgo hace años que se están implementando políticas que fomentan el uso de medios de transporte sostenibles y el reciclaje de residuos urbanos, no en vano es una de las capitales europeas con mejor calidad del aire. Hablaba hace poco con un amigo hamburgués sobre los orígenes de este apego germano por el cuidado del entorno y él apuntaba varias razones relacionadas con una tradición cultural alemana que mitifica la naturaleza. Una sacralización que, totalmente pervertida, fue utilizada por el nacionalsocialismo para justificar su enajenada defensa del darwinismo social y la eugenesia. De ahí, me explicaba, sus reticencias hacia la primera coalición de gobierno entre los verdes y los conservadores formada en Hamburgo en abril de 2008, un pacto que siempre había parecido impensable por las diferencias ideológicas entre ambos partidos. No obstante, es bien sabido que el pionero movimiento ecologista alemán siempre estuvo ligado al pacifismo y al antifascismo. De hecho, y esta es la parte más interesante de la hipótesis que surgió en la conversación, la gestación de un movimiento preocupado por la conservación de la vida se nutrió probablemente de un colectivo sentimiento de culpa que necesitaba concretar de algún modo su rechazo a la destrucción y la ignominia del nazismo. El mismo sentimiento que ha conseguido mantener vivo el recuerdo de multitud de víctimas del Holocausto en ciudades como Berlín, Hamburgo, Colonia o Frankfurt gracias a las placas conmemorativas colocadas al pie de los edificios donde vivieron personas deportadas a campos de exterminio. Placas con nombres y apellidos, diseñadas por el escultor Gunter Demnig, con las que tropecé por primera vez en el distinguido barrio hamburgués de Eppendorf. Es decir, que si a veces es posible recuperar la maltrecha confianza en las instituciones es porque el ser humano es capaz de aprender de los errores y de los horrores.

MARTA CASTILLO