La clásica palmera fue el principio del fin de las hogueras de Alicante (Foto: M. C.).
QUEMAR EUFEMISMOS
 

Lunes gris. Eran las seis de la madrugada en España y el depuesto presidente de Honduras comparecía ante la prensa en El Salvador, acompañado por los presidentes de Ecuador, Argentina, Paraguay y El Salvador, para pedir a los soldados hondureños que no dispararan contra la población de su país. No pudo aterrizar en el aeropuerto de Tegucigalpa y la imagen del joven de diecinueve años asesinado por acudir a esperar a Manuel Zelaya, como tantos otros hondureños que anhelaban ver llegar a su presidente, me trajo a la memoria imágenes en blanco y negro de la represión golpista en Chile, Argentina o Uruguay. José Asensi Sabater, catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Alicante, se queja con razón en la prensa local alicantina del delirante tratamiento que se le ha venido dando a la noticia en los principales medios de comunicación. «La crisis de Honduras les manda a los militares del continente una fuerte señal: los golpes militares ya no son lo que eran», escribía Moisés Naím el pasado domingo en un nauseabundo artículo de opinión del diario «El País». Y la frase rezumaba nostalgia, en la misma línea que las opiniones vertidas en las tertulias radiofónicas sobre el tema, plagadas de eufemismos como «golpe preventivo», «traspaso de poder», «crisis hondureña» y similares. Todo con tal de evitar hablar de golpe de Estado. Al menos Pablo Ordaz, enviado especial a Tegucigalpa de «El País», no tuvo más remedio el lunes que reconocer lo evidente: «Si esto no fuera un golpe de Estado, Micheletti no estaría sentado ahora en la Casa Presidencial, el cuerpo de Isis no estaría tendido en la morgue del Hospital Escuela y esta crónica no se tendría que estar escribiendo en medio de un toque de queda. Un toque de queda que es cada noche más largo y más siniestro».
Sin embargo, estos tertulianos y periodistas amigos de los eufemismos se empeñan en llamar «golpe constitucional» a algo tan democrático como un referéndum consultivo, que en eso consistía a fin de cuentas la iniciativa impulsada por Manuel Zelaya. Y que los periodistas confundan urnas con armas es grave, muy grave. Afortunadamente, hay honrosas excepciones, como Carlos Enrique Bayo, quien apuntaba en un brillante artículo publicado el pasado domingo en «Público» los verdaderos pecados del presidente Zelaya frente a una oligarquía cuyas riquezas y privilegios se multiplicaron durante las dictaduras militares que asolaron el continente latinoamericano en décadas pasadas. No es tanto la consulta popular pretendida por Zelaya lo que le duele a esa elite golpista que jamás mostró interés alguno por las libertades democráticas como otras medidas tomadas por el presidente, véase la subida del salario mínimo. Cómo echo de menos en estos días aquellos cursos de ética periodística que Juanjo de la Iglesia presentaba en CQC.
Y aunque el panorama sigue siendo inquietante cuando escribo estas líneas, lo cierto es que los golpistas están aislados a nivel internacional y tanto la OEA como Naciones Unidas y el Departamento de Estado norteamericano han condenado el golpe y se han expresado a favor de la restitución del orden democrático en Honduras. Así, preñado de incertidumbres, empieza julio después de la catarsis de junio. Una catarsis en la que casi doscientos monumentos de cartón y madera ardieron en la alicantina fiesta del fuego. La clásica palmera lanzada desde el monte Benacantil fue el principio del fin de las Hogueras y en pocas horas las llamas engulleron tres millones de euros en esculturas disgregadas por toda la ciudad. En la noche de San Juan el fuego tiene un poder purificador que no tiene ninguna otra noche del año. Lástima que no podamos ofrecerle los eufemismos y demás perversiones del lenguaje con las que demasiados profesionales del periodismo juegan cada día.

MARTA CASTILLO