El verano llega a su punto álgido y Alicante se torna más inhabitable que de costumbre. El sol no perdona al viandante, que en las horas de máxima radiación solar se convierte en un empedernido perseguidor de sombras. La gente, narcotizada por el calor y el ruido de los atascos, deambula por la calle con la mirada perdida y busca refugio en los refrigerados locales comerciales. Una vez dentro, pasan a ser víctimas de otro circuito narcotizador que dispara ofertas desde los sistemas de megafonía y exhibe precios rebajados por doquier mientras suena una música machacona de fondo. Las playas, auténticos hormigueros, no son precisamente el lugar idóneo para hallar paz y silencio, dos cosas que milagrosamente sigue siendo posible encontrar en algunas calas menos concurridas de nuestra congestionada costa. Y es allí, entre rocas que se enfrentan a la saña de los rayos solares, donde el placer de la lectura se desnuda. Las páginas, empujadas por las olas, pasan livianas. El libro, cobijo y puerta abierta, nos conduce por sus senderos de palabras con una habilidad pasmosa. Los conflictos del mundo quedan lejos y, sin embargo, la lectura nos devuelve a ellos. Porque cualquier libro, explícita o tácitamente, habla de los inventos humanos, y pocas creaciones humanas pueden presumir de no haber ocasionado bretes. Ciertamente, somos especialistas en crear conflictos, pero autores como Sami Naïr, Fatema Mernissi, Jean Ziegler, Johan Galtung o Ignacio Ramonet, entre otros, ponen de manifiesto con cada uno de sus ensayos que también hay quienes se empeñan en aprender a resolverlos.
Precisamente el sociólogo noruego Johan Galtung, fundador del Instituto de Investigación para la Paz en Oslo, insistió durante la conferencia ofrecida el pasado 8 de julio en la sede de la Universidad de Alicante en la necesidad de crear una cultura de resolución de conflictos. Galtung aseguró que la mejor garantía para la supervivencia es la paz y que el camino para llegar a ella pasa por la mediación, por la empatía y por el diálogo. En la misma línea, la socióloga marroquí Fatema Mernissi reivindica en uno de sus libros un mayor protagonismo dentro del actual escenario globalizado para la figura de Simbad, un héroe cuya única arma era lo que los árabes llaman “jadal” o arte de dialogar para convencer sin dejar de exponerse a la posibilidad de ser convencido. En nuestro mundo cada día mueren 125.000 personas por falta de alimentos o por enfermedades curables. Son crímenes estructurales que tienen que ver con actos de omisión, con lo que no hacemos para solucionar problemas. Según Galtung, todos tenemos la obligación de valorar las consecuencias de los actos propios, por eso todos somos en cierta medida criminales por omisión. El desconocimiento no puede ser esgrimido como excusa y, si todos estamos implicados en la búsqueda de una resolución pacífica a las amenazas que se ciernen sobre el planeta, todos estamos obligados a conocerlas, a interesarnos por ellas. Y no únicamente a través de los oligopolios comunicacionales que moldean la información para mejor adaptarla a sus intereses. Porque es obvio que una entidad que saca provecho económico de ciertos conflictos nunca va a realizar esfuerzo alguno por solventarlos. En todo caso se encargará de agravarlos, como hacen las empresas multinacionales del sector agroalimentario que controlan la Bolsa de Materias Primas Agrícolas de Chicago cuando llega la hora de fijar el precio de los principales alimentos. El problema de la desnutrición infantil está directamente relacionado con los movimientos de esa bolsa, pero no es una prioridad para ninguno de sus protagonistas, por eso se empeñan en persuadirnos con la ayuda de sus aparatos mediáticos de que el problema del hambre, como tantos otros que permiten generar fortunas, es una fatalidad. Por eso hacen falta más lectores que opten por el ensayo como lectura estival, o simplemente que busquen rigor y deleite, que lean con rigor y deleite, con o sin el susurro del oleaje de fondo, pero conscientes de que leer es ejercitar la empatía y de que ejercitar la empatía es, en estos tiempos que corren, casi un deber ineludible.
MARTA CASTILLO |