Acaba de fallecer la madre más vieja del mundo, un extravagante título del que la andaluza Carmen Bousada Lara parecía sentirse orgullosa a juzgar por las imágenes aparecidas en las revistas que se hicieron eco de la noticia sobre la madre de récord mundial en su día. La mujer, que mintió sobre su edad para poder ser sometida a un tratamiento de fertilidad, dio a luz con sesenta y siete años en una clínica barcelonesa a dos niños engendrados por fecundación in vitro con semen y óvulos donados. Los gemelos, que sobrevivieron tras pasar un mes en la incubadora, ahora han quedado huérfanos y es uno de los sobrinos de Carmen quien se ha convertido en tutor legal de los pequeños.
El suceso ha abierto el debate sobre si la legislación española debería precisar la edad máxima para ser madre en España utilizando técnicas de reproducción asistida para evitar casos similares al de Carmen Bousada Lara. El debate, desde mi punto de vista, está relacionado con las dificultades que tiene nuestra sociedad para asumir límites. Basta realizar un simple ejercicio de observación para darse cuenta de ello. Sólo hay que esperar la hora de salida de los colegios y sentarse en un banco de cualquier parque urbano. La escena suele ser intranquilizadora: niños hiperactivos que buscan gresca con sus semejantes y reclaman la atención de los adultos a base de chillidos, pequeños tiranos que quieren monopolizar los columpios ante la inacción de unos padres que les persiguen jadeantes con la merienda en la mano. Y cuando un niño crece pensando que los demás tienen la obligación de orbitar a su alrededor, de plegarse a sus deseos y de asumir la responsabilidad de cualquier percance en el que se vea envuelto, se convierte en un ser insoportable que está condenado a una convivencia problemática con los otros.
Hace años, en un país civilizado, me senté a contemplar el juego de un grupo de niños en un parque y me sorprendió gratamente ver cómo se turnaban sin disputas para lanzarse por el tobogán. Y cómo los padres y las madres, en igual número, los miraban desde sus asientos sin necesidad de levantarse constantemente. Los pequeños sabían compartir porque no habían sido educados como reyes todopoderosos. Sabían respetar los límites porque esos límites eran nítidos y eran iguales para todos. Y recordé las quejas de una amiga que trata de educar a su hija en este sentido pero se halla inmersa en un entorno hostil, en el que consentirlo todo es lo habitual y el esfuerzo por delimitar y mantener la frontera entre lo aceptable y lo inaceptable es mucho esfuerzo para unos padres que disponen de poco tiempo para estar con sus hijos. El problema es que las consecuencias de esa mala educación son, en muchos casos, irreversibles y las acabamos sufriendo todos. Porque esos niños insaciables acostumbrados a no renunciar a nada se pueden llegar a transformar en personajes excéntricos que vagan por las televisiones buscando celebridad, en ancianas adictas a las rinoplastias que quieren ser madres, en empresarios convencidos de que siempre se puede exprimir un poco más a los trabajadores para maximizar los beneficios o en constructores adinerados incapaces de ver la frontera entre lo decente y lo indecente a la hora de urbanizar la costa.
Ayer, sin ir más lejos, encontré en la prensa un anuncio de un hotel en Benidorm que me pareció el exponente perfecto del debate planteado. En la imagen aparece el hotel publicitado incrustado en la roca, un “alojamiento de ensueño, colgado sobre el mar, con baño panorámico e hidromasaje”. Pero lo mejor del anuncio es el eslogan: “Deja de soñar”. Como si soñar fuera algo nocivo, como si ese engendro arquitectónico no fuera un insulto a la sostenibilidad y al buen gusto. En fin, seguiremos soñando con un lugar en el que los niños y los adultos aprenden a respetar los límites necesarios para que la convivencia, con los demás y con uno mismo, sea posible y satisfactoria.
MARTA CASTILLO |