Hace ya demasiado tiempo que Dios se olvidó de accionar cualquier palanca (Foto: M.C.)
SIN NOTICIAS DE DIOS
 

El pasado mes de julio un excursionista británico sobrevivió durante doce días perdido en las Montañas Azules, en Australia. Jamie Neale dejó sus pertenencias, incluyendo su teléfono móvil, en el albergue juvenil en el que se alojaba y partió en solitario hacia la zona rocosa de Ruined Castle. Allí permaneció extraviado durante doce días alimentándose a base de semillas y hierbas y evitando la deshidratación gracias a las acumulaciones de agua de lluvias recientes. El padre del joven Neale, que voló a Sydney para unirse a las labores de búsqueda de su hijo, perdió la esperanza de encontrarlo con vida a los pocos días. Incluso realizó una improvisada ceremonia de despedida. Cuando el padre fue a visitar a su hijo al hospital, éste le confesó que cada vez que un helicóptero pasaba sobre su cabeza y no obtenía respuesta tras agitar sus brazos y gritar con todas sus fuerzas, perdía la fe en la existencia de un Dios.
La noticia me hizo recordar una obra que Gabriel García Márquez escribió cuando era un joven reportero desconocido que trabajaba en un diario bogotano durante la dictadura militar del general Gustavo Rojas Pinilla. Se trata del relato de un tripulante de un destructor de la Marina de Guerra de Colombia desaparecido en una tormenta caribeña y hallado diez días después del accidente en una playa del norte del país. El joven Gabo reconstruyó las interminables horas vividas por el náufrago en una balsa a la deriva. El relato descubre los nexos profundos que vinculan la lucha por la supervivencia con cualquier modalidad de esperanza. Porque, tal y como advierte el náufrago en su novena noche en el mar, existir deja de tener sentido cuando uno deja de existir para los demás: “Nunca hasta esa noche había perdido una remota esperanza de que alguien se acordara de mí y tratara de rescatarme. Pero cuando recordé que aquella debía ser para mi familia la novena noche de mi muerte, la última de mis velaciones, me sentí completamente olvidado en el mar. Y pensé que nada mejor podía ocurrirme que morir.”
Martín Seligman realizó hace varias décadas una serie de experimentos de laboratorio con perros. Dos animales eran expuestos, dentro de sus respectivas jaulas, a descargas eléctricas ocasionales. Uno de los canes tenía la posibilidad de evitar la descarga accionando una palanca, mientras el otro no contaba con esta herramienta. La duración de las agresiones era igual para ambos, ya que estaban sincronizadas. El resultado era que el perro que había perdido cualquier posibilidad de influir en su destino se volvía asustadizo y apático. Es el fenómeno de la indefensión aprendida, directamente relacionado con los mecanismos que desencadenan la depresión.
Pienso en el excursionista y en el náufrago, en las últimas horas de sus respectivos calvarios, convencidos que no había nada que pudieran hacer para cambiar su suerte, que cualquier esfuerzo sería inútil y que no había camino alguno para ejercer un mínimo control de la situación. Entonces, cuando ya no hay palanca alguna que accionar, llega la hora de entregarse a la apatía. Y sin embargo, cuando recuerden la aventura desde el confortable sillón de la distancia, se alegrarán de no haberse entregado antes a la dejadez, de haber luchado por la vida incluso cuando la batalla parecía no tener sentido. Incluso cuando se llega a la conclusión de que Dios, esa entelequia que lleva siglos sin pronunciarse sobre las injusticias más flagrantes, hace ya demasiado que se olvidó de accionar cualquier palanca, y no es de esperar que después de tanto tiempo anclado en la pereza se decida a intervenir en los avatares humanos.
Solamente nosotros podemos deshacernos de la tenia de la impotencia, acaso un virus mucho más peligroso que el de la gripe porcina. Porque conduce al nihilismo, porque inhibe cualquier intento de intervención en la realidad que nos rodea, porque cierra el paso y desfigura cualquier camino posible.

MARTA CASTILLO