Cartel de la exposición «Las mujeres y los niños... primero», con fotografías de Gabino Diego (Foto: Turia).
COLECCIONISTAS DE IMÁGENES
 

El lunes negro de Wall Street, que desató la crisis del 29, tuvo lugar en el otoñal mes de octubre. El lunes negro de la Comunidad Valenciana, que abrió la veda a una forma de hacer política en la que el amiguismo es aceptable, ha tenido lugar en este tórrido mes de agosto. La alcaldesa de Alicante se apresuró a manifestar su alegría ante la decisión del Tribunal Superior de Justicia de Valencia de archivar el caso contra Camps. “Es de las personas más honestas que he conocido en mi vida y así ha quedado demostrado”, añadió. Pero se equivoca. Lo que queda demostrado, en todo caso, es que tener como amigo al presidente del tribunal que te juzga es una ventaja indiscutible y que la honestidad no es un rasgo que abunde en el entorno de Sonia Castedo. Hay que tener cuidado con los lunes negros, son fechas idóneas para iniciarse en el alcoholismo. Hacía semanas que quería acercarme a ver la colección privada de fotografías del actor Gabino Diego que se expone en Alicante en estos meses estivales y estaba claro que ese lunes era el día más apropiado.
La muestra cuenta con más de ochenta imágenes de grandes fotógrafos contemporáneos. El protagonista de “El rey pasmado” explica en el texto de presentación de la exposición, titulada “Las mujeres y los niños... primero”, el modo en que su afición por coleccionar fotografías se acabó convirtiendo en una obsesión. Hasta tal punto que en una ocasión su doctora le ofreció dinero para adquirir una imagen porque pensaba que si no llegaba a incorporarla a su colección su salud se podría resentir. Gabino Diego se refiere a los autores de las instantáneas expuestas como “fotógrafos que exploran, que buscan la poesía de la vida y la encuentran a veces donde no la hay”. Y es cierto que la fotografía es capaz de embellecer hasta lo más sórdido, pero también es verdad que la sordidez habla muchas veces a través de un lenguaje poético. Joel-Peter Witkin, por ejemplo, se especializó en retratar pesadillas después de haber trabajado como fotógrafo de guerra en Vietnam. Su obra, plagada de cuerpos deformes y mutilados, es un descenso al infierno. Una de sus fotografías, una auténtica oda a la obscenidad titulada “Le baiser”, me impactó de tal manera la primera vez que la tuve ante mis ojos que quedó grabada automáticamente en mi archivo fotográfico mental en contra de mi voluntad.
Ya hace varios días que fui a ver la exposición de Gabino Diego, pero hay una imagen que también se ha atrincherado en mi cabeza. Nada tiene que ver con las monstruosidades de Joel-Peter Witkin. Se trata de una hermosísima foto de Alexis T. Edwards titulada “Podría ser el final de un cuento”. En ella un niño y una niña corren de espaldas a la cámara adentrándose en un bosque. No sé por qué, pero el caso es que esa foto se ha mezclado con las miles de imágenes que colecciona mi memoria. En la mayoría de los casos aparecen lugares y personas amadas, pero hay algunas estampas que parecen haber sido archivadas por error. No contienen, aparentemente, ninguna información sustancial. Son escenas cotidianas que aparecen súbitamente impregnadas de magia. La ventana de una habitación de hotel, la parada habitual de autobús en una época pasada, un aula universitaria, una calle estrecha de mi ciudad, un compañero de clase de primaria casi olvidado, una falda desaparecida de mi armario hace años, una siesta remota, un rutinario viaje en tren. Todas se mezclan sin orden cronológico que valga. A veces permanecen durante mucho tiempo escondidas en cualquier rincón de la memoria, pero cuando emergen no han perdido ni una pizca de nitidez. Estos flashbacks, a veces inoportunos, a veces tan pertinentes, nunca dejarán de fascinarme. Ese fabuloso poder de evocación que tienen los escenarios de nuestra vida contiene algo que se nos escapa. Porque es imposible saber cuándo y dónde se abrirá ese álbum de fotos que arrastramos con nosotros, porque nunca deja de sorprendernos con su actitud caprichosa para recordarnos que no somos más que coleccionistas de imágenes no autorizados a controlar el modo en que serán expuestas.

MARTA CASTILLO