No hay ninguna tesis con fundamentos científicos que lo demuestre, pero la tradición popular dice que la luna llena incide de forma notoria en el comportamiento de los seres humanos. La licantropía, esa metamorfosis mágica del hombre en lobo que ha alimentado infinidad de leyendas, está íntimamente relacionada con las fases lunares. Hécate, la diosa hechicera, es la figura que sirve de nexo de unión entre la luna y el hombre lobo. Ella pertenece, al igual que el depredador de los rebaños, al universo de las tinieblas. El lobo, principal enemigo de los pastores, siempre ha representado la amenaza por excelencia de las sociedades rurales. Su aullido en la noche es un anuncio de muerte. El aullido del licántropo, sin embargo, tiene otras connotaciones. Proviene también de la voracidad, informa también de una necesidad vital, pero no exactamente de la misma índole.
El llanto del hombre lobo es una lamentación de origen remoto, un gemido que nace del fondo de la tierra y que arrastra todos los dolores del género humano. La escritora francesa Marie Darrieussecq lo describió con candidez en su primera novela a través de su personaje principal, un personaje que abandona su forma animal para escribir en las noches de luna llena. A orillas del Sena, la protagonista de «Marranadas» presencia la transformación de su apuesto acompañante en una bestia de colmillos afilados: «Yvan aulló de nuevo. Se me heló la sangre en las venas, era incapaz de moverme. No tenía ya ni miedo, mis músculos y mi corazón parecían muertos. Oía que el mundo dejaba de vivir ante los aullidos de Yvan, era como si toda la historia del mundo, todo lo que nos ha ocurrido desde siempre, se plasmara en ese grito, no sé cómo decirlo».
El bandoneón, dentro de ese lamento con acento argentino que es el tango, siempre me ha parecido uno de los instrumentos que mejor reproduce el gemido del licántropo. La trompeta, sin embargo, siempre ha estado catalogada en mi cabeza como un instrumento incompatible con la melancolía. Pero la noche del pasado seis de agosto cambié de opinión durante el concierto que Sensi Simon Samowar Band ofreció al aire libre en un pequeño local del puerto de Alicante. Sensi Simon lleva desde los dieciséis años tocando la trompeta en distintas formaciones musicales. Con su primera banda, Court Jester´s Crew, grabó tres discos. Uno de ellos, titulado «Jamboree» y editado por Grover Records en el año 2000, contó con la participación de Laurel Aitken, el padrino de la música jamaicana. Por eso, del mismo modo en que la blanca tez de los componentes de Sensi Simon Samowar Band revela su procedencia germana, sus temas no pueden ocultar el alma negra que los inspira.
La luna llena y las luces del puerto se reflejaban en el mar y los jóvenes músicos alemanes comenzaron a llenar la noche de ritmos alegres, con ecos que procedían de África y de América Latina, con influencias dispares que fueron atrayendo poco a poco a los transeúntes que paseaban por la Explanada. La mezcolanza era tal que resultaba difícil predecir el tono de la siguiente canción, y aunque la banda resultaba definitivamente inclasificable parecía claro que la amargura había sido desterrada de sus melodías. Cuando el concierto se aproximaba al final los músicos tocaron un tema distinto, pausado, en el que la aflicción sí tenía cabida. Fue entonces cuando el hechizo del plenilunio se adueñó de la trompeta de Sensi Simon. Los lobos blancos que aquel paciente de Sigmund Freud veía en sueños a través de su ventana nos rodearon y, por primera vez, escuché a ese instrumento de naturaleza jocosa quejarse con la fuerza del aullido del licántropo. Y es que no hay caminos vedados para Hécate.
MARTA CASTILLO |