Hace meses que echo de menos a un hombre que solía vagabundear por las calles del Casco Antiguo (Foto: Caroline Kühn).
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Cuando Ulises desembarcó en Ítaca después de su inenarrable periplo no pudo reconocer la tierra que había abandonado veinte años atrás. Fue Atenea, metamorfoseada en pastor de ovejas, quien le reveló que se hallaba, por fin, en su patria. El psiquiatra Joseba Achótegui acuñó hace varios años un nuevo término médico para denominar una patología con la que topaba frecuentemente en el SAPPIR (Servicio de Atención Psicopatológica y Psicosocial a Inmigrantes y Refugiados). Síndrome de Ulises decidió llamar Achótegui al trastorno que padecen los inmigrantes que no cuentan con la fortaleza del héroe griego para superar infortunios comparables a los relatados por Homero. Tampoco cuentan con la ayuda de Atenea ni con la fidelidad incondicional de una Penélope incansable. Están solos ante un mar de peligros y códigos desconocidos. Se alejan de Ítaca sin rumbo fijo, sin compañías vivificantes y con una identidad que se difumina a cada paso.
La provincia de Alicante es una de las cinco provincias españolas con mayor número de inmigrantes solicitantes del Plan de Retorno Voluntario, una medida impulsada por el Gobierno para que los extranjeros procedentes de ciertos países extracomunitarios puedan regresar a sus lugares de origen cobrando por anticipado toda su prestación por desempleo. Probablemente la mayor parte de las personas que se han acogido al Plan de Retorno Voluntario tendrán que enfrentarse a las arduas condiciones de vida de las que pretendieron escapar, pero al menos el calor de sus seres queridos les infundirá nueva energía para lidiar con las dificultades. La ausencia de ese calor fraterno, formado por viejas complicidades, por cariños cocinados a fuego lento, por referentes y lenguajes comunes es, según Achótegui, uno de los factores que desencadenan el Síndrome de Ulises. Otro desencadenante axial es el fracaso del proyecto emprendido. El hogar se abandona porque hay unas expectativas de mejora que muchas veces se ven frustradas. La decepción que ello conlleva se suma a la vergüenza de tener que volver con las manos vacías, una deshonra que algunos no están dispuestos a soportar. Prefieren malvivir en un país extraño sin vínculos afectivos sólidos a regresar con la cabeza gacha.
Por eso la crisis económica ha multiplicado el número de inmigrantes que sufren esta patología, cuyos síntomas van desde el insomnio o la ansiedad hasta los brotes psicóticos o los estados depresivos. Sin embargo, tal y como puntualiza Achótegui, en el Síndrome de Ulises no hay apatía: “En estos inmigrantes faltan síntomas muy importantes en la depresión, como la apatía, ya que es consustancial con el concepto mismo de depresión el hecho de que la persona no tiene ganas de ir adelante. Estos inmigrantes quieren hacer cosas, están deseosos de luchar pero no ven ningún camino (y no porque deformen la realidad)”. Es decir, que el problema está más en la realidad social que en la mente del individuo, por lo que la labor médica encontrará siempre obstáculos que exceden su ámbito. Cuando leo que el equipo de psiquiatría del Hospital de Torrevieja considera que el Síndrome de Ulises o Síndrome del Inmigrante con Estrés Crónico y Múltiple es uno de los principales problemas de salud de la zona en la actualidad me pregunto si son conscientes de que ese mal no es más que el síntoma de un sistema injusto de reparto de la riqueza, de una globalización que abre las fronteras a las divisas pero no permite circular libremente a las personas.
Hace meses que echo de menos a un hombre de mediana edad que solía vagabundear siempre ebrio por las calles del Casco Antiguo. Con frecuencia infería improperios a los viandantes con un acento extraño, que no dejaba adivinar su nacionalidad. Su acento y su brújula se habían estropeado y eso lo convertía en el borrachín más trágico de todos los que vagan por el Casco Antiguo. Era un náufrago perdido en un océano de indiferencia. Era Ulises atrapado por la música de las sirenas, ya sin nostalgia y sin deseos de regresar a Ítaca. Y no hay nada más triste que saber que Ulises nunca volverá a su isla.

MARTA CASTILLO