Gracias a Anja he descubierto en Alicante un peculiar bazar procedente de derribos (Foto: M. C.).
EL ORO Y LA MUGRE
 

Agnès Varda me invitó hace años a reflexionar sobre la doble vida de los residuos con su película Los espigadores y la espigadora, ganadora del Premio del Cine Europeo al mejor documental del año 2000. En ella aparecen los espigadores del pasado, personas que rastreaban el campo después de la cosecha para recoger lo poco que allí pudiera quedar, y los espigadores del presente, gente que rescata de la basura objetos muertos para devolverlos a la vida. La cineasta belga se convierte también en espigadora al incluir en el documental imágenes grabadas accidentalmente por su cámara, un material aparentemente inservible que ella rescata para su obra. Es sorprendente lo que puede florecer de la basura en manos de personas creativas. O quizás lo sorprendente es que cataloguemos como basura aquello que no lo es. Otra película, más reciente y dirigida a un público infantil, inducía también a una reflexión sobre la doble vida de los residuos. En WALL-E, el único robot que continúa limpiando un planeta abandonado por los humanos, después de haber hecho de él un gigantesco vertedero, construye un hogar a partir de los escombros.
Septiembre se va desgajando, pero el verano no quiere irse. En pocos días, la playa ha dejado de ser un horno atestado de gente para convertirse en un espacio templado sólo ocupado por alicantinos y turistas perpetuos. Una amiga alemana, que diseña muebles, lámparas y otras pequeñas obras de arte empleando materiales reciclados, me acaba de dejar un libro sobre Friedensreich Hundertwasser, el austriaco de imaginación desbordante que rompió la enemistad contemporánea entre arquitectura y naturaleza. Al pasar la página, la arena se mezcla con los coloridos dibujos de Hundertwasser, con las fotografías de las fachadas de sus construcciones. Techos cubiertos por tierra y plantas, árboles asomados a las ventanas, serpientes de cerámica esmaltada que suben por las escaleras de los edificios. Con ayuda de mi amiga Anja logro traducir uno de los manifiestos de Hundertwasser. En él dice que la basura es bella, que una de las actividades más divertidas que nos corresponde es la de renombrarla y reutilizarla.
Entro en el agua y encuentro una bolsa de plástico flotando a mi lado. Leí hace poco que el 20% de la basura recogida de las playas son bolsas. La saco del mar y dejo que se seque a mi lado mientras pienso en Agnès Varda y en Hundertwasser, en la necesidad de rescatar la figura del espigador. Después pienso en la campaña publicitaria que acaba de lanzar una conocida cadena de supermercados contra las bolsas de plástico. En su web informan de que en España, primer productor europeo de bolsas de un solo uso, se reparten cada año 10.500 millones de bolsas, cuya producción desprende 441.000 toneladas de CO2. Además, su longevidad (su descomposición puede tardar hasta 400 años) hace que se acumulen en el mar convirtiéndose en una trampa mortal para muchas especies.
Todo ello es cierto, por lo que resulta incomprensible que la empresa que ahora se presenta como adalid de la lucha contra las bolsas de plástico haya estado distribuyendo gratuitamente durante tanto tiempo un producto extremadamente dañino y fácilmente reemplazable. En realidad, la campaña es una cuestión de supervivencia. El Plan Nacional Integrado de Residuos aconseja una reducción del consumo de bolsas de plástico del 50% para el año próximo. A partir de entonces deberán ser prohibidas paulatinamente. Anja, sin embargo, hace muchos años que se declaró enemiga de las bolsas de plástico y, como buena espigadora, se sirve de una cesta de mimbre encontrada en la basura en perfecto estado para hacer la compra. Gracias a ella he descubierto en Alicante un peculiar bazar en el que es posible encontrar los más variopintos materiales y enseres procedentes de los derribos, como las preciosas losetas de cerámica modernista que Anja va a utilizar en la reforma de su cocina.
Vuelvo al agua. En la orilla hay una concha atravesada por surcos perfectos. Es blanca y frágil. Pronto algún pie desatento la quebrará sin reparar en la pequeña escultura que acaba de destruir. Pero quizás algún día aprendamos a distinguir el oro de la mugre. E incluso a transformar la mugre en oro.

MARTA CASTILLO