Me encontraba el pasado 7 de septiembre desayunando en una pequeña cafetería de la periferia de Alicante mientras hojeaba la prensa. El titular de portada del diario El Mundo era tan maniqueo y tendencioso que daba vergüenza ajena: “El PSOE jalea puño en alto que Zapatero suba los impuestos”. Era un titular que destilaba rabia, la rabia de saber que los cambios impositivos van a afectar a las rentas de capital, a sus rentas, o eso se desprende de la promesa de Zapatero de no modificar la fiscalidad sobre las rentas de trabajo y de ceñirse a criterios de equidad fiscal.
Es comprensible que la derecha se preocupe por una subida de impuestos que le va a afectar y se despreocupe, como es habitual, por el buen funcionamiento de unos servicios sociales que no utiliza. Lo que no es comprensible es que alguien que no sabe lo que es un fondo de inversión identifique sus intereses con los de las élites económicas. Básicamente porque son intereses irremediablemente enfrentados. Pero sucede con demasiada frecuencia, como pude comprobar en mi, hasta entonces, apacible desayuno. La señora que bebía café a mi lado miró el periódico creyendo adivinar así mis tendencias políticas y, buscando complicidad, protestó por lo derrochador que es Zapatero. No se había molestado siquiera en leer el titular. Le pregunté la razón de su comentario e iniciamos una conversación en la que me acabó contando su vida de cabo a rabo. Procedente de una familia humilde y con serios problemas de salud, la mujer debiera estar seriamente preocupada por el futuro de la sanidad pública. Pues no, lo que la inquietaba era que aumentara la presión fiscal sobre las rentas del capital.
La señora se fue y cambié de periódico para evitar malentendidos. Pero la portada de El País me deparaba un titular igualmente maniqueo y tendencioso: “Cerco a la prensa en el eje bolivariano”. La noticia estaba trufada de declaraciones de Enrique Santos Calderón, presidente de la Sociedad Interamericana de Prensa, codirector del diario El Tiempo, el periódico con mayor difusión en Colombia, y primo del vicepresidente y del derechista ministro de Defensa de Uribe. Según un informe de la ONG Justicia para Colombia, 37 periodistas han sido asesinados en el país desde que Uribe asumió la presidencia. “En los tres últimos años se está imponiendo un patrón de acoso sistemático a los medios independientes en Venezuela, Ecuador, Bolivia, Nicaragua y, en menor grado, Argentina”, afirma Enrique Santos Calderón, y cabe preguntarse qué entiende él por medios independientes, cuando forma parte del emporio periodístico más importante de Colombia y afín a su presidente.
El grupo Prisa, por cierto, se asoció hace años con la empresa propietaria del diario El Tiempo. Por eso es comprensible que El País deteste a ese peligroso eje del mal formado por los países miembros de Unasur que se reunieron recientemente ante las cámaras en Bariloche para debatir el acuerdo que permite a las tropas norteamericanas instalar nuevas bases en territorio colombiano. Curiosos dictadores que gustan de dialogar y deciden mostrar a los ciudadanos un debate que, si no fuera por lo que leo en la prensa española, me hubiera parecido un ejercicio democrático digno de alabar en un continente azotado por injerencias criminales. Por eso me interesó particularmente la intervención de Rafael Correa sobre la incapacidad técnica de sus países para controlar las actividades de las fuerzas norteamericanas en sus territorios. “Hablamos con conocimiento de causa”, aseveró, y las cicatrices de América Latina le avalan. Basta con recorrer ese maltratado continente para darse cuenta de ello. Basta con escuchar de principio a fin los argumentos de los malvados miembros del eje del mal de vez en cuando para que muchos prejuicios se tambaleen. Basta con buscar la opinión de expertos sin intereses imbricados con los de los oligopolios mediáticos latinos para deshacer el trabajo lacayuno de quienes presuntuosamente se hacen llamar periodistas. Frank La Rue, Relator de Libertad de Opinión y Expresión de las Naciones Unidas, ha dicho que “Argentina está sentando un precedente con la nueva Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual y creo que sirve de ejemplo no sólo para el continente latinoamericano sino para el mundo entero”. Su opinión merece más credibilidad que la de un grupo mediático que es parte interesada en el asunto, porque dicha ley le perjudica económicamente y es lógico que trate de ocultar sus bondades.
El té ya estaba frío. Pagué la cuenta y salí del establecimiento con la convicción de que no hay nada como leer la prensa cada mañana para estar bien desinformado.
MARTA CASTILLO |