Eduardo Galeano estuvo en Alicante dando una conferencia (Foto: José Navarro).
EL ARTE DE PREGUNTAR
 

El próximo nueve de noviembre se celebrará el 20º aniversario de la caída del Muro de Berlín, un evento al que acudirán los ex presidentes Mijail Gorbachov y George Bush. Todo hace prever que será un aniversario sonado al que todos los periódicos dedicarán amplios reportajes y grandes titulares. El escritor uruguayo Eduardo Galeano se preguntaba el pasado dos de octubre, durante la conferencia que ofreció en Alicante, por qué ese muro caído es tan altisonante y, sin embargo, no se habla de otros muros nacientes, como el que se está construyendo en la frontera entre Estados Unidos y México. Debieran ser más noticiables, puesto que son muros vigentes que, además, superan con creces las dimensiones del Muro de Berlín. El Muro de Cisjordania, por ejemplo, multiplica por quince su extensión, y el Muro de Marruecos es sesenta veces más largo que el que dividía en dos la capital alemana.
Si son más grandes también tendrían que producir más vergüenza y más deseos de hacerlos caer. Pero eso es un razonamiento lógico que, como tantos otros, choca de bruces con una realidad paradójica. Por eso, para deshacer paralogismos, necesitamos maestros del arte de preguntar como Eduardo Galeano. Él comenzó a practicarlo a muy temprana edad. En la escuela, cuando una profesora habló de Vasco Núñez de Balboa, el primer hombre que divisó desde una cumbre panameña el Pacífico y el Atlántico a ambos lados de la tierra, el pequeño Eduardo se ganó su primera expulsión al preguntar si los indios eran ciegos.
Precisamente de una pregunta incómoda nació su célebre libro Las venas abiertas de América Latina. Galeano se encontraba en Llallagua, una pequeña ciudad minera de Bolivia. Era la hora del adiós después de una temporada de convivencia con los trabajadores de la mina, hombres condenados a una muerte prematura por el polvo de sílice. Después de una noche etílica, cuando se aproximaba el momento de partir y el alba empezaba a despuntar, los mineros le rodearon y le pidieron que describiera el mar. Galeano sabía que ellos nunca tendrían la oportunidad de verlo y sintió el peso de la responsabilidad sobre su espalda. Tenía que buscar “palabras que fueran capaces de mojarlos”.
El escritor inició la conferencia preguntándose por qué los mismos que celebran la elección del primer presidente negro de la historia de Estados Unidos, un país cuya primera Constitución establecía que un negro equivalía a las tres quintas partes de una persona, justifican el golpe de Honduras por el plebiscito que Manuel Zelaya pretendía hacer para abrir la puerta a un cambio constitucional, pues sin reformas constitucionales Obama nunca podría haber llegado a la Casa Blanca. Para finalizar, Galeano respondió algunas cuestiones planteadas por el público. Alguien le pidió la receta para conservar la esperanza en un mundo plagado de injusticias y él lamentó no poder ofrecer una fórmula mágica contra el desánimo. Pero contó una historia, es decir, hizo lo que aprendió aquella noche en Llallagua, ayudó a los demás con sus palabras.
Contó que, entre las tablillas de barro salvadas de la guerra que ha devastado Irak, el país que vio nacer la escritura, se halla el primer poema de amor de la historia de la Humanidad. El poema narra el encuentro entre una diosa y un pastor, relata la noche en que ella amó como si fuera mortal y él acarició la inmortalidad con los dedos de sus manos. Y la necesidad de contar de un lejano antepasado nuestro hizo inmortal el poema. Una necesidad que come interrogantes. Por eso barrunto que si no cultivamos el arte de preguntar estamos perdidos.

MARTA CASTILLO