Reconozco que no tengo estómago para sentarme frente al televisor a contemplar la infame cobertura informativa que Canal 9 hace (o, más correctamente, no hace) del caso Gürtel, uno de los escándalos de corrupción más graves habidos y por haber en este país. Ya ni siquiera me divierte comprobar hasta qué punto puede ser burda la manipulación desplegada por nuestro canal autonómico. El asunto deja de ser jocoso cuando pienso que es dinero público el que se ha malversado y se sigue malversando en un sinfín de adjudicaciones de obras públicas. Y también es dinero público el que cobran los trabajadores (que no periodistas) de una televisión servil y rastrera. Tampoco tuve estómago para ver cómo sacaba pecho el ex presidente Aznar en la manifestación antiabortista del pasado 17 de octubre. Aznar, cuya hija logró reunir en su boda un nutrido elenco de mafiosos y delincuentes, disfruta dando lecciones de moral. Aznar, promotor de la guerra, dice manifestarse a favor de la vida.
No debería sorprenderme, la derecha siempre se ha preocupado más por la vida en potencia que por la vida efectiva. Defienden con ímpetu desbordado los derechos del feto, pero se olvidan frecuentemente de los derechos de las personas. Se olvidan de prevenir el contagio de enfermedades como el SIDA, que es sinónimo de muerte en muchos países, se olvidan de condenar los golpes de Estado o se olvidan de protestar contra la pena capital. Para justificar sus flagrantes contradicciones se ven obligados muy a menudo a olvidar también la diferencia entre realidad y fantasía. Lo vimos claramente cuando se aferraron a la mentira aquel trágico 11 de marzo de 2004 y lo vemos ahora con cada sensacional rueda de prensa que nos regala el caso Gürtel. Primero, Costa, pidiendo perdón por su suntuoso tren de vida y sus amistades peligrosas, pero negándose a dimitir y defendiendo una honradez incompatible con los dos puntos anteriores, pues alguien de verdad avergonzado y honesto nunca se hubiera resistido a dimitir, sino todo lo contrario. Luego, Rajoy, incapaz de explicar por qué Costa se va y Camps se queda si ambos se encuentran en la misma situación, asegurando que lo ocurrido en la reunión del Comité Ejecutivo Regional del PPCV había sido una alucinación colectiva.
Pero me temo que la poderosa inventiva de la derecha nos depara nuevas sorpresas. Una de las asistentes a la marcha contra el aborto declaraba ante la cámara que la reforma impulsada por el Gobierno va a suponer un castigo a las mujeres que quieren ser madres y que nos van a obligar a abortar en contra de nuestra voluntad. Obviamente, la señora no se había molestado en leer la reforma ni la ley vigente, que permite el aborto en caso de riesgo para la salud psíquica de la madre y que Aznar nunca se planteó derogar. Ella, como todos los ciudadanos que eligen ser gobernados por corruptos reconocidos, vive en el fantástico mundo del relato épico en el que la derecha es siempre el héroe amenazado por una izquierda encarnada por un dragón de siete cabezas. Por eso no me parece descabellado que pronto el núcleo duro del conservadurismo convoque una concentración contra el onanismo. Seguro que asisten seis o siete millones de personas, porque cada espermatozoide es una vida potencial y ellos, con sus fetos de juguete en la mano, han demostrado sobradamente que son los principales defensores de símbolos vacíos.
Sí, ellos son previsibles como una mala película. Pero, ¿y nosotros? ¿Esperaremos sentados la próxima ocurrencia de esta derecha cerril que nos ha tocado? Nosotros, como bien advierte Manuel Alcaraz Ramos, profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Alicante, no debemos dormirnos en los laureles a la espera de los taumatúrgicos efectos del caso Gürtel. Urge, como reconoce Alcaraz, una movilización de la izquierda, “pero no con la inteligencia del girasol, no movidos por un tropismo desesperado, sino imaginando futuros, pero, también, los medios para el viaje: no un grito, sino una trama, limpia y cívica, por contraste a la instalada en las cloacas del poder valenciano”. Así sea.
MARTA CASTILLO |