Hace casi un año escribía en esta sección un artículo abiertamente optimista a propósito de la decimocuarta Conferencia del Cambio Climático de la ONU que se celebró en Poznan. Hoy, desde la decepción, releo las palabras que sirvieron de colofón a aquel artículo: “Quiero creer que en Poznan ha nacido una apuesta común por los amaneceres que puede poner en jaque ciertos crepúsculos. Aunque sólo sea porque el secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, empleara la figura de Copérnico para reclamar a los 189 países allí reunidos una auténtica revolución verde a escala planetaria. Aunque sólo sea porque el primer presidente negro de Estados Unidos dice que considera urgente la lucha contra el cambio climático y todavía está a tiempo de demostrar que cree en lo que dice”.
Hace apenas un mes Barack Obama recibía el Nobel de la Paz asegurando que entendía la concesión del prestigioso premio como “una llamada a la acción”. Sin embargo, es la inacción de Estados Unidos y China, los países que más contaminan del mundo, lo que va a hacer fracasar la conferencia del clima que se celebrará el próximo mes en Copenhague. Porque, a estas alturas, la carencia de un acuerdo vinculante que permita la reducción de emisiones de dióxido de carbono supone un estrepitoso fracaso. Y la peor secuela de un desengaño es que genera incredulidad, y lo peor de la incredulidad es que inhibe la acción.
“Ha habido una coincidencia entre los líderes de que no es realista esperar que un gran acuerdo internacional completamente vinculante pueda ser negociado entre ahora y Copenhague, que empieza en 22 días”, declaró Michael Froman, viceconsejero nacional de Seguridad de la Casa Blanca. Es decir, que los líderes coinciden en lo único en lo que no deberían coincidir: en retrasar el momento de tomar medidas para solucionar uno de los problemas más graves que tiene nuestro planeta.
Confesaba el filósofo Santiago Alba Rico el pasado lunes 16 de abril, durante una charla ofrecida en Alicante sobre la situación de Palestina, que para los niños de Gaza el cielo no es un lugar que alberga estrellas, sino el telón de fondo de un continuo desfile de cazabombarderos. “Es muy difícil sostenerse moralmente cuando el cielo está lleno de F-16”, explicaba el escritor. Nadie dijo que el sistema capitalista, fuente última de mis decepciones, sea moralmente sostenible. Pero es que además tampoco es sostenible desde un punto de vista efectivo, pues se alimenta de petróleo, como bien apuntó Santiago Alba Rico, y el petróleo tiene los días contados. ¿Por qué retrasar entonces un cambio de modelo que será inevitable? Puede que no sea muy útil lanzar preguntas al aire para suavizar el desengaño sufrido, pero no lanzarlas implica instalarse en él. Implica entregar las armas y garantizar su victoria. El mutismo es la peor descendencia de la decepción.
Por ejemplo, un día después de que Obama admitiera que no habrá tratado posible en Copenhague, se desató un huracán de críticas en su país. Dan Becker, director de la campaña Safe Climate Campaign, admitía en las páginas del más importante diario neoyorquino que EEUU tiene la obligación y la capacidad de liderar la lucha contra el cambio climático y que los retrasos supondrán medidas cada vez más drásticas. Al día siguiente la prensa española resucitaba al muerto: “La cumbre del clima de Copenhague agoniza pero aún no está enterrada”. Después de asumir que en diciembre no habría un tratado completo que sustituya al de Kioto, la UE y la ONU dicen haber hallado una solución de última hora que consistiría en un acuerdo de la Convención de Cambio Climático de la ONU en la que se incluyan los objetivos de reducción de emisiones para 2020. Nadie niega que dicho acuerdo pueda ser el germen de una nueva decepción, pero queda demostrado que la mejor forma de no sucumbir ante ella pasa por la crítica y el cuestionamiento, siempre en voz alta.
MARTA CASTILLO |