La escritora nicaragüense Gioconda Belli leyó bellos poemas en Alicante (Foto: Cristina de Middel).
MALOS TIEMPOS PARA LA LUJURIA
 

Es inminente la aprobación de la Ley de Economía Sostenible, que acarreará reformas económicas, laborales y educativas. Suena bien, aunque el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, no ha concretado los detalles de tales reformas. Tan sólo ha asegurado que servirán para construir un nuevo patrón de crecimiento que fomente la solidaridad sin descuidar los derechos adquiridos de los trabajadores. De momento no parece que, tal como escribía Joaquim Sempere hace varias semanas en Público, la Operación Atalanta contra la piratería somalí sea un buen ejemplo de solidaridad y sostenibilidad. No es solidario que las flotas pesqueras de los países ricos, con una capacidad logística muy superior a la de los países pobres, pongan en peligro la supervivencia de poblaciones africanas que dependen de la pesca local. No es sostenible que esas mismas flotas pesqueras amenacen la capacidad de regeneración de infinidad de especies marinas condenadas a una forzosa castidad.
Si los peces, hastiados del sopor de la castidad, pudieran al menos disfrutar del placer de la lectura en los días de marejada, elegirían sin duda la poesía oceánica y sensual de Gioconda Belli. La solidaridad es, según ella, “la ternura de los pueblos”, y no hay nada en la Operación Atalanta que pueda inspirar ternura. La escritora nicaragüense leyó el pasado 20 de noviembre en Alicante poemas que respiraban terneza y solidaridad, carnalidad tropical y desnudez militante. Gioconda no cree en torres de marfil, por eso su obra huele a tierra y a sangre y se mezcla impúdicamente con todo lo que la rodea. Desafiando el sexto mandamiento, su poesía es una lujuriosa fiesta de las palabras, un acto primorosamente impuro, un canto irreverente: “Hay días en que los brazos se me cargan de flores / y mi piel huele a hierbas penetrantes / y me despeino, me descalzo / y pienso que todo esto es de locos / y me gusta”.
Sin embargo, no creo que sus terrenales poemas hubieran podido aliviar el casto sopor que envolvió el XI Congreso Católicos y Vida Pública, organizado por la Asociación Católica de Propagandistas y el CEU. No obstante, hay que reconocer que Manuel Pizarro sorprendió a los asistentes con un discurso cuasi libertario que nada tiene que envidiar a los más atrevidos versos de la escritora nicaragüense, como aquellos que proclamaban que el mundo es fruto de una colosal explosión de amor divino y que el “Big Bang fue el orgasmo primigenio”. Manuel Pizarro, fiel a los preceptos libertarios, puso en duda la necesidad de toda autoridad asegurando que “la realidad no se transforma con leyes”. El diputado popular cree que lo único que hace falta para que todo marche sobre ruedas es seguir a rajatabla los diez mandamientos de Moisés. Ni códigos de buen gobierno ni leyes para regular una economía depredadora, lo que España necesita es una buena dosis de moral católica. La corrupción se esfumaría en un abrir y cerrar de ojos, y de paso también la lujuria animal y vegetal, aunque con la lujuria pecuniaria habría que hacer una excepción por el bien de los mercados.
Por su parte, el presidente de la Conferencia Episcopal Española se queja “por la deficiente regulación jurídica de la enseñanza de la religión y moral católica en la escuela”. Rouco lamenta que la media de edad de los curas en activo sea de 63,3 años. El líder de los obispos sueña, como Pizarro, con hordas de jóvenes célibes ataviados con sotanas en un país que ha logrado erradicar definitivamente la lujuria. Un país yermo del que ya no sería posible huir a través del contacto con otra piel. Porque si Rouco hubiera leído a Gioconda sabría que “recorrer un cuerpo en su extensión de vela / es dar la vuelta al mundo”.

MARTA CASTILLO