Durante todo el día la ciudad de Montevideo estuvo azotada por una gran tormenta. El viento huracanado rugía y la lluvia inundaba algunas zonas del país, obligando a evacuar a unas seis mil personas en los departamentos de Paysandú y Treinta y Tres. Al mismo tiempo, la calma, la normalidad y la alta participación marcaban el desarrollo de unos comicios históricos. Unos comicios que dieron la victoria a José Mujica, un ex dirigente tupamaro muy querido en Uruguay. Recuerdo el rostro de Mujica, entrañable y humilde, en las ventanas de las casas de La Paloma, un diminuto pueblo de la costa atlántica uruguaya que descubrí hace años en los días previos a las anteriores elecciones presidenciales. Su semblante me pareció la antítesis del rencor, por eso, por un momento, me costó creer que Mujica hubiera sufrido torturas durante los quince años que estuvo en prisión bajo la dictadura militar. El recién proclamado presidente de Uruguay sigue viviendo hoy en una modesta chacra de Paso de la Arena, donde cultiva hortalizas. Su semblante sigue siendo suficiente para comprender por qué se ha ganado el cariño de los uruguayos.
La tormenta amainó a última hora y miles de seguidores del Frente Amplio celebraron la victoria en la rambla que corre paralela al río de la Plata. “Una suerte de delirio rojo, blanco y azul cruzó por la capital uruguaya. En cada casa de Montevideo, con sus plazas, sus calles y sobre todo en su rambla había alegría. Por primera vez en la historia política de Uruguay llegó a la presidencia un veterano dirigente guerrillero”, escribía Mercedes López San Miguel en Página 12. Una alegría prematura, se podría objetar, pero sinceramente creo que en esta ocasión no hay objeciones capaces de empañar la alegría. Porque no se trata tanto de una promesa de cambio como de una recompensa merecida, de un premio que llega para culminar una vida de lucha. Y porque el viento de Montevideo llegó también a La Paz.
Una semana después del triunfo del Frente Amplio en Uruguay, cientos de miles de personas se congregaban en la plaza Murillo de la capital boliviana para celebrar la victoria de Evo Morales, reelegido como presidente del país andino con un 63 por ciento de los votos. Morales nacionalizó en mayo de 2006 el sector de los hidrocarburos y aumentó los impuestos de las petroleras que llevaban años expoliando los recursos naturales de uno de los países más pobres del continente. Desde entonces el PIB boliviano ha crecido más que en las tres últimas décadas, la inversión pública ha aumentado en más de cuatro puntos porcentuales y el Estado ha concedido subvenciones directas a niños, mujeres embarazadas y pensionistas. También se han dado tierras a los indígenas y se ha acabado con el analfabetismo a escala nacional. Pero este proyecto de transformación del Estado no cuenta con el apoyo de la región criolla rica en gas y petróleo, empeñada en fracturar el país.
“La derecha extrema trató de usar la autonomía para dividir al país. Creo que esa es una de las claves para entender la derrota de la derecha y la ultraderecha en Bolivia: no supo entender que la autonomía es una demanda democrática, no una demanda secesionista”, dijo el ministro boliviano de Gobierno, Alfredo Rada, tras la victoria. Cualquiera diría que la derecha boliviana y la derecha española no tienen nada que ver, pero al escuchar las declaraciones de Morales ante la prensa poco después del triunfo electoral no queda más remedio que desdecirse: “Una de las ventajas que tuve para estas elecciones nacionales es que la derecha no sabe elegir a sus autoridades”. En fin, que siga soplando el viento de Montevideo.
MARTA CASTILLO |