LA TURIA DICE QUE...
PEDALEANDO TAMBIÉN SE LLEGA
El carril bici, está claro, no es una prioridad de las administraciones públicas. Los gobiernos, autonómicos o municipales, prefieren los grandes fastos —una patología en el caso valenciano— y la rentabilidad electoral a corto plazo. Declaraciones y promesas para suministrar los titulares del día y pare usted de contar. Cualquier estrategia de futuro, por así llamarla, consiste en llenar la agenda, a ser posible con el acontecimiento mayúsculo que permita lucir la percha y hacer creer al contribuyente que algo le llegará de las supuestas ganancias. Es mentira, claro, y a la larga, pese a la placidez que brinda la desmemoria, tanta patraña no resiste la prueba del algodón y la credibilidad se diluye como el azúcar en la infusión. Cosa distinta es que en el escenario político no se vislumbren alternativas dispuestas a romper el espejismo. Acaso existen, pero no trascienden o están encantadas con sus pequeñas parcelas de protocolo y nóminas. A nadie debe extrañar, pues, la creciente lejanía entre los intereses de cuantos se hallan instalados o pretenden encaramarse al poder y el común de la ciudadanía. Es lógico, pues, que propuestas de movilidad sostenibles y hasta necesarias, cual es el caso de un sistema coherente y seguro de carriles bici en la ciudad y en el entramado metropolitano, ni siquiera pasen por el magín de cuantos viven pendientes del evento y la grandilocuencia propia del nuevo rico. Peor aún, de quien casi todo lo debe, pero sigue con el dispendio propio de esa especie que bufar en caldo gelat, como se conoce por aquí. En pocas semanas, miles de escolares volverán a desplazarse cotidianamente desde sus domicilios hasta los centros escolares. Miles de estudiantes acudirán a institutos y distritos universitarios, muchos de éstos últimos con vehículos particulares. Otros, con extraordinarias combinaciones de transporte público, otra de las asignaturas pendientes de una sociedad que sacrifica muchas horas productivas en desplazamientos por redes viarias saturadas y sacrificadas a mayor gloria del coche privado. Imitar a otros países europeos, usuarios y defensores del carril bici, aliviaría algo más que la densidad de tráfico, la calidad del aire y el bienestar de la vecindad. Por no hablar de la factura de la gasolina, en tiempos de subida imparable de los carburantes fósiles, ya sea por causas especulativas o porque se va acabando. Seguir despreciando la alternativa de movilidad que representa la bici en nuestros entornos metropolitanos es una irresponsabilidad. Extender y asegurar una red óptima no es un sueño de minorías, sino una cuestión de necesidad. Con bici también se llega.