FAM DE FEM
DESCARADO NEPOTISMO
Los seis cuadros de mi hermano se pueden colgar en el salón de cualquier vivienda de protección oficial (Foto: Vera Rodríguez).
MI HERMANO BRU EXPONE EN LA LOLA

Me parece una intolerable forma de nepotismo la de aquellos que utilizan su vinculación laboral con los medios de comunicación para promocionar o publicitar el trabajo artístico o literario de sus familiares. A mí no se me ocurriría escribir sobre la muestra de manteles de ganchillo de mi tía abuela Sagrario en la Casa de Cultura de nuestro pueblo, ni de la exposición de figurillas de papiroflexia con papel de fumar del primo Gervasio «El Broncas» en el Centro Penitenciario de Picassent, ni del vídeo del primo Agapito sobre obispos mutantes que se transforman en monjas presentado en el Festival de Cortometrajes de Radio City. Sin embargo, no me importa caer en el más descarado nepotismo, casi peor que el de Napoleón cuando colocó a su hermano Pepe Botella en el trono de España, para hablar maravillas de la magnífica exposición de mi hermano Bru Soler (adoptó el vulgar apellido Soler porque Escópico le sonaba a tratamiento farmacológico contra las ladillas) en el excelente restaurante La Lola (Subida del Toledano, 8), que dirige Jesús Ortega con exquisito gusto. Bien es verdad, que mi hermano expone en un restaurante y no en una galería o en un museo, pero es preciso recordar que los artistas jóvenes tienen muy pocas posibilidades de presentar su obra dentro del circuito comercial o institucional del arte. De hecho, si yo fuera artista me encantaría exponer al mismo tiempo en los lavabos de Renfe, la Estación de Autobuses, la del Pont de Fusta y la del Cabanyal. La muestra se titularía «Las cuatro estaciones de Vivaldi», en honor a aquel ilustre prohombre valenciano que buscaba el efímero regocijo sexual (una mamada, para entendernos) en los urinarios de las cuatro estaciones de la ciudad.
También es verdad que mi querido hermano Bru tan sólo expone en La Lola seis cuadros, una cantidad insuficiente para una retrospectiva en el IVAM, pero que no está mal para un restaurante pequeño. No hace falta decir que hay artistas consagrados que han llegado a ocupar toda la sala de un museo con una sola obra, ya sea una instalación de acuíferos luminosos o una monumental cagada humeante proyectada en un centenar de vídeos. Al menos, los seis cuadros de Bru están pintados y se pueden colgar en el salón de cualquier vivienda de protección oficial. Pero hablemos de las obras. Como la original y moderna decoración de La Lola remite al kitsch ibérico más racial de los restaurantes españoles en Londres y se organizan actuaciones de flamenco en vivo, Bru ha pintado unos cuadros de estética pop con iconos del flamenco y la cultura popular española, desde la guitarra y las castañuelas hasta el traje de lunares, la peineta o el mantón de Manila. Tienen un aire de fandanguillo que me recuerdan inevitablemente a la serie «Carmen Amaya asa sardinas en el Waldorf Astoria» de Eduardo Arroyo. Ya sé que no debería decir esto, pero me parecen muy decorativos y no me importaría colgarlos en mi casa. El término «decorativo» no lo entiendo en un sentido peyorativo, puesto que también lo son los cuadros de Warhol, Lichtenstein, el Independent Group, el Equipo Crónica y otros referentes del pop. Sin embargo, la exposición de La Lola es tan sólo una faceta puntual del trabajo de Bru dentro de la figuración de reminiscencias pop, puesto que como artista también se ha interesado por la iconografía popular religiosa en varias tallas escultóricas o por la estética de los electrodomésticos de los sesenta en unas series de collages.
A la espera de seguir con su trayectoria artística y de tener un dinerillo para comprarse lienzos y pinturas, mi hermano Bru se gana cuatro cuartos (no más) pinchando. No es que sea practicante en un ambulatorio de la Seguridad Social, sino que ameniza veladas musicales en locales nocturnos de dudosa moralidad y disipadas costumbres, poniendo estrambóticos discos de funky de los setenta. Por eso se acuesta tan tarde y se levanta a la hora de aperitivo. A mí, personalmente, me gustaría que trabajase ya en un taller fallero o fuese profesor de dibujo en una academia de arte para señoras burguesas, pero se ha empeñado en ser artista bohemio. Siempre le digo que se presente a una oposiciones, aunque sea de guarda forestal de la Diputación (podría dedicarse al paisajismo en su tiempo libre). También le he sugerido que se emplee como ayudante en una marquetería, que es una forma honrada de mantener el contacto con el mundo del arte. Nada, ni puto caso. Por eso, me parece fundamental que en esta primera exposición se dé a conocer y venda un par de cuadros (sus precios son muy razonables, como un sofá de Ikea). Así no tendría que invitarle tanto a las cervezas que nos tomamos en estas plácidas noches de verano en la terraza del Negrito. Así llevaría un horario más regular, se acostaría pronto y no tendría el móvil desconectado cuando le llamo por las mañanas.

CASTO ESCÓPICO