Querido Casto:
Ya he vuelto de mi viaje al extranjero y mi primer contacto con la realidad española no ha podido ser más desolador. He comprobado que las calles están llenas de adornos navideños, los centros comerciales abren sin interrupción incluso los festivos y ya se escuchan por las esquinas los irritantes villancicos que mandan a Belén a los pastores y nos recuerdan que dentro de poco es Nochebuena.
Todo el mundo dice que las navidades son una fiestas entrañables para pasar en familia. Pero yo no conozco a nadie mayor de diez años que ame la Navidad. Porque, si eres un niño, hay que reconocer que son unas fiestas divertidas: te hacen regalos por la cara, te llevan al circo o a la feria y, encima, tienes dos semanas de vacaciones para hacer el burro en tu casa o con tus amiguitos.
Ahora, si ya eres un adulto hecho y derecho, la cosa cambia. Te conviertes en uno de los personajes de La grande bouffe pero sin derecho a follar. Sólo comer y comer como un animal hasta que el botón del pantalón amenaza con salir despedido y estrellarse en el ojo de tu suegra. A mí me da terror recordar lo que pasé en los días previos a la Navidad del año pasado, cuando empalmé una serie de comilonas desde el día 10 de diciembre hasta el día del sorteo de la lotería. Sólo te recordaré el evento más destacado, cuando acudí a la tradicional cena de confraternización de Manufacturas Peláez, la empresa en la que trabajo para sacarme un sobresueldo. El jefe de mantenimiento, que tiene contactos con los mejores restaurantes de la ciudad, había reservado una mesa para quince personas en el prestigioso Mesón Las Bolas para las nueve y media de la noche. Hacia allí me encaminé yo con puntualidad británica y vestido con mis mejores galas (pantalón de pinzas Carrefour, camisa blanca recién planchada, chaqueta a juego comprada en las rebajas de Galerías Martín, mis mejores náuticos y los reglamentarios calcetines blancos a juego) con el propósito de pasar una agradable noche en compañía de mis compañeros de trabajo. La cena, consistente en un exquisito menú a base de dátiles con bacon, entremeses variados, esgarraet, cóctel de gambas y lubina en su salsa, fue de lo más divertida, con las típicas bromas navideñas dedicadas al jefe de personal y los chistes verdes del gracioso de la empresa. Pero lo mejor vino luego, cuando la secretaria del director de ventas nos llevó a todos a Meneíto, según me contaron, lo último en locales de salsa de la ciudad. Allí, ese pelotón de trabajadores compuesto por padres y madres de familia, separados y separadas, y solteros en edad de desmerecer que defienden diariamente el buen nombre de Peláez ofrecimos a la escasa concurrencia del local (dos dominicanos, la camarera cubana y el segurata de la puerta) un recital de bailes caribeños aprendidos en academias del ramo alimentados por la efusión etílica del momento. Una noche entrañable en la que empresarios y trabajadores, solteros y casadas, casados y solteras, jóvenes y mayores se hermanan y se desmadran como si fuera la última de sus vidas.
Lo peor de todo es que acabé con una resaca de mil demonios por culpa del garrafón del Meneíto, con la cabeza como un bombo por la farly adulterada que llevaba el oficial de primera del departamento de cuentas («esta es de primera calidad, recién traída de Colombia», decía el tío) y con una rodilla dislocada por culpa de un imprudente escorzo durante una bachata bailada a dúo con la guapa de la sección de embalajes. Pero fue mucho más divertido que esas cenas de la Turia en las que a la una y media ya sólo quedamos tú y yo en El Negrito gorroneando cervezas a los camareros después que el resto de los colaboradores hayan marchado a dormir debido a su avanzado estado de descomposición. Todo ello amenaza con repetirse este año, como un bucle interminable que acaba y vuelve a comenzar cada doce meses sin poder hacer lo que siempre ha recomendado nuestra querida cartelera. Huir.
Un abrazo resignado.
FRANK LASECCA |