Si las navidades fuesen en julio, todo sería más divertido (Foto: Turia).
NAVIDADES EN JULIO

Querido Frank. Comparto tu animadversión hacia la navidad y sus daños colaterales. Lo único bueno que tiene es la paga extra, que seguramente también recibiríamos si no existiesen las fiestas navideñas. Creo que el responsable último de la existencia de la navidad es Dios y su empeño en ser padre. ¿Qué necesidad tenía de enviar al Espíritu Santo (simbolizado por una paloma, pero a mí me recuerda siempre un pollo frito volador) para que dejase preñada a la virgen María mediante un sistema de fecundación más complicado y poco natural que la in vitro? Un sistema que, por cierto, la Iglesia nunca ha criticado. ¿No podría haberle ahorrado al pobre y decrépito san José el oprobio de pasar a la historia como un cornudo resignado? ¿Por qué no escogió unas fechas de temperaturas más cálidas para traer a su hijo al mundo? ¿No se le ocurrió que Jesucristo podía haber nacido en verano en vez de en el frío y deprimente mes de diciembre? ¿Te imaginas unas navidades en julio? Sería mucho más divertido.
Para empezar, el árbol de navidad no sería un abeto sino una palmera, con lo cual resultaría más sencillo y económico decorarlo. Por su parte, Papa Noel no vendría en trineo sino en moto acuática, como la de don Álvaro de Marichalar. También podría quitarse ese engorroso y pesado traje rojo para ponerse unas cómodas bermudas y una camisa de estampado tropical, como si fuese un jubilado de Miami. Los camellos y los moritos de los reyes magos hubiesen agradecido unas fechas menos invernales, puesto que no pasarían tanto frío durante la cabalgata del cinco de enero. Si las navidades se celebrasen en los meses veraniegos, no tendría yo que aguantar el coñazo de pasar todas las fiestas encerrado en casa con la familia en la mesa camilla, viendo al pelma del Papa en la tele ante la estufa catalítica. Supongo que no brindaría con Delapierre ni sidra El Gaitero, sino con sangría, daikiris y mojitos. Las cenas de empresa se celebrarían en los chiringuitos de la Malvarrosa y las posibilidades de ligar con alguna compañera de trabajo sin pillar un resfriado serían mayores. Supongo que sabrás lo que es pegar un polvo detrás de un coche en un descampado del barrio del Carmen en pleno mes de diciembre. Al día siguiente en cama, con fiebre y resaca.
Los regalos de empresa y de las instituciones públicas también serían otra cosa. El año pasado, Vicente Vergara y yo fuimos obsequiados en la recepción navideña de presidencia de la Generalitat con un oportuno paraguas, pero también nos hubiesen podido regalar un chubasquero o una bufanda, puesto que llovía y hacia un frío que pelaba. Si las navidades fuesen en julio, la copa navideña de Camps a los plumillas de prensa se hubiese celebrado en alguna terraza del puerto y nos hubiesen dado unas gafas de sol o un abanico con el logotipo de la Copa del América.
Mi problema, Frank, es que no sólo detesto las navidades, tampoco me gustan el frío y la nieve. Me deprime el blanco invernal. No me gustan los deportes de invierno. Una vez me llevaron a una estación de esquí en el pirineo aragonés y me pasé cuatro días encerrado en la pensión, haciéndome rayas de speed barato, bebiendo chupitos de vodka y leyendo «El anticristo» de Nietzsche para deprimirme y cabrearme un poco más. Pese a detestar también la playa y el mar (como verás estoy abonado al mal rollo), prefiero las chicas en bikini y pareo más que disfrazadas de esquimal o con más capas de abrigo que una cebolla. La ropa de invierno no es nada erótica. Tampoco lo son los villancicos que están ensayando a grito pelado los hijos de la vecina del tercero, que van a un colegio de monjas. Creo que el centro educativo es Esclavas de María, lo que me suena a título de película porno de los hermanos Lapiedra. Supongo que si las navidades se celebran en julio, los villancicos tendrían ritmo de caliente reggaeton y serían un monopolio exclusivo del entrañable Georgie Dann. ¿Te imaginas bailando «El tamborilero» con arreglos de salsa en un after hours de la playa? Bueno, Franky, no me hagas mucho caso, tengo fiebre y resaca de mi tercera cena de empresa (una ventaja de ser pluriempleado), porque anoche acabé detrás de un coche en un descampado del barrio del Carmen… pero vomitando. En todo caso, feliz navidad y, con la crisis, paupérrimo año nuevo.

CASTO ESCÓPICO