"Diferentes tipos de bigote reaccionario español o varios aspectos del Sindicato de Actividades Diversas", cuadro de Eduardo Arroyo.
HISTORIA UNIVERSAL DEL BIGOTE
 

Querido Frank: Leo con interés tu artículo de la semana pasada sobre Los bingueros, ese clásico del cine celtíbero en el que Álvaro Pérez Alonso, alias “El Bigotes”, no era más que un figurante. Cómo progresan las personas humanas. Ahora, “El Bigotes” ha logrado convertirse en uno de los principales protagonistas del más apasionante thriller judicial de los últimos años, un policíaco en el que los buenos y los malos intercambian sus papeles, según el tratamiento argumental de los paniaguados guionistas de los medios informativos. ¿Pero qué pasa con Los hombres de Paco? ¿No habían sido siempre los buenos? Como en aquella canción de Seguridad Social, prefiero pensar que todo es “una conspiración judeo-masónico izquierdista en contubernio con el terrorismo rojo”, prefiero pensar que Garzón es un mauvais garçon y que el ya ex ministro Bermejo es un pendejo (que lo es). En todo caso, me parece feísimo que los amigos de siempre renieguen de Álvarito Pérez, como si fuese un apestado, con lo bien que se ha portado. Ahora que le dan la espalda, me encantaría entablar amistad con “El Bigotes”, porque tengo una boda en Murcia y podría prestarme uno de esos trajes de Milano de mil euros que ya no usa. Al margen de que “El Bigotes” también podría darme una vuelta por la Alameda con su moto fantástica, me gustaría conocerlo para indagar en la secreta relación psicoanalítica entre su inquietante personalidad y el churrigueresco apéndice piloso que exhibe entre la boca y la nariz. Y es que los bigotes me aterran y me fascinan desde niño.
Como sabes, mis padres me educaron en la fe comunista ortodoxa, por eso creía que los bigotudos malos eran Franco y Hitler, mientras que el bueno era Stalin, de quien llegué a escribir un encendido panegírico en una redacción escolar. Qué equivocado estaba; debí sospechar que su mostacho intimidatorio no era más que un reflejo de su crueldad asesina. Aún no sabía que ciertos tiranos y dictadores han recurrido al bigote para intimidar a su pueblo o para proyectar una severa imagen patriarcal, desde Pinochet, Videla y Stroessner hasta Saddam Hussein o el sudanés Omar Hassan al-Bashir. Bien es verdad que en el mundo árabe, Turquía e Irán el bigote está muy extendido entre la población masculina y entre las mujeres que no se depilan. Es un símbolo de fiereza, arrogancia y virilidad que también asume la cultura latinoamericana, desde Pancho Villa y Emiliano Zapata al narcotraficante Pablo Escobar y el multimillonario Carlos Slim. En el mundo de la cultura, el bigote tiene connotaciones muy distintas, más bien es un rasgo de excentricidad, si nos fijamos en los bigotillos alámbricos de Dalí, el bigote pintado de Groucho Marx, el cepillo seductor de Clark Gable o los mostachos de morsa de Nietzsche y Flaubert. Los recios bigotes de Faulkner, García Márquez y Juan Benet encajarían más en lo viril que en lo excéntrico.
La principal aportación española a la historia del bigote la encontramos en el más bien ridículo bigotillo franquista, que puso de moda el Caudillo entre muchos de sus ministros, funcionarios e intelectuales del régimen, como ilustran los cuadros de Eduardo Arroyo “Caballero español” y “Diferentes tipos de bigote reaccionario español” o el cómic de Martínez “El Facha”. En sus inicios, el oscuro y adusto bigote de José María Aznar era una reminiscencia estética del franquismo, pero con el tiempo se fue neoliberalizando hasta convertirse en una sombra tímida e insignificante, casi en un sarpullido, en un rastro incómodo de su pasado provinciano. Para su desgracia, Aznar siempre llevará bigote aunque se lo afeite y luzca melena de playboy internacional. Ignoro si su amigo Álvaro Pérez (ahora tal vez sólo sea un conocido) también acabará renegando de su piloso apéndice facial. Con la que le está cayendo, parece prudente que el presidente de Orange Market deje de asistir con tanta asiduidad a la peluquería de lujo, cercana al mercado de Colón, donde le recortaban y ensortijaban por 60 euros el mostacho excéntrico y electrizado, un rasgo facial tan vistoso que le ha valido ese apodo metonímico y despectivo con el que ha pasado a la historia de la picaresca nacional y a los sumarios de instrucción. Recibe, Frank, un abrazo muy fuerte, que espero no se entienda como trato de favor o amiguismo.

CASTO ESCÓPICO