Como estaba aburrido me fui a la Semana Santa de Benixucla (Foto: Turia).
SÉ LO QUE HICISTEIS LA ÚLTIMA SEMANA SANTA
 

Querido Casto:
He de reconocer que, durante estas dos semanas, he echado de menos tus simpáticas epístolas. Y es que han sido quince días realmente chungos, estos de Semana Santa y Pascua. En primer lugar porque la Semana Santa es una fiesta bastante absurda. Conmemora la muerte de Jesús de Nazaret, una costumbre, por otra parte, muy cristiana esta de honrar a la muerte más que a la vida, con una caterva de actos más tristes que salir de fiesta con el entrenador del Villarreal. Teniendo en cuenta que Jesús nace todos los años el 25 de diciembre, lo curioso es que cada año muera en unas fechas, como si su óbito fuera una cita con el dentista, que vas modificando a tu conveniencia por miedo a que te arranquen los dientes de cuajo.
El principal problema de la Semana Santa es que tienes cinco días de fiesta pero no hay demasiadas posibilidades de disfrutarlos, de no ser que te vayas a Benidorm a pelearte con los ingleses después de haber ingerido quince litros de cerveza. La ciudad se queda desierta y la única oferta de ocio que existe estriba en acudir a los Santos Oficios en la parroquia más cercana o presenciar las procesiones devotas que tienen lugar en diversas localidades valencianas. La mayoría de los restaurantes cierran, la televisión emite a todas horas películas piadosas, programas religiosos y telefilmes de romanos, los centros comerciales echan el cierre y hasta ver porno en días de recogimiento te da más mal rollo que acudir a una boda sin conocer a los novios.
Ante tan sombrío panorama, mi elección ha sido acudir a las procesiones de Semana Santa que se celebran en Benixucla, el pueblo del que, como sabes, procede parte de mi familia. Allí, todos los años, mi primo Venancio, que es el secretario de la Cofradía del Santo Prepucio, sale en procesión portando la imagen del Nazareno camino del Calvario junto con sus compañeros de piadosa devoción. El problema es que Venancio, funcionario de la administración experto en rellenar quinielas de 12 aciertos, suele hacer el Vía Crucis el día de la procesión antes de portar la imagen del Santísimo. No creas que el Vía Crucis consiste en completar las estaciones del tránsito de Nuestro Señor hasta la cruz, sino un recorrido por los catorce bares que hay en el pueblo, a modo de peregrinación, en los que se dedica a emplearse a fondo con el carajillo y la cazalla. Cuando Venancio y sus compañeros se transforman de peregrinos en portadores, los resultados suelen ser catastróficos: en los últimos cinco años, se les ha caído la imagen cuatro veces al suelo, por lo que Cristo, aparte de estar hecho un ídem, posee un realismo gore que ya hubiera querido para sí Mel Gibson cuando hizo aquella versión de la pasión de Cristo en arameo y con altas dosis de hemoglobina de broma.
Y, si la Semana Santa ha sido aburrida de cojones, no ha sido mucho más excitante la semana de Pascua. Otra absurda tradición basada en comerse un horrendo pastel coronado por un huevo duro (una combinación de sabores que parece digna de un discípulo de Ferran Adrià fumado de costo) y empinar el catxirulo. Ya sé que el verbo empinar tiene connotaciones sexuales para mucha gente que no entienda las tradiciones mediterráneas, pero, en realidad, se trata de un ridículo juego campestre consistente en volar una cometa que desafía las rachas de viento con más voluntad que acierto. En realidad, la tradición pascuera es una vil excusa para salir al campo después de varios días de recogimiento y oración a causa del pesar y la congoja que provoca la muerte de Cristo (que se repite año tras año como la información deportiva de los telediarios de Televisión Española) y, al fin y al cabo, sirve para que a la gente le dé un poco el aire tras un invierno que, por regla general, es duro y complicado.
En fin, Casto, que las fiestas de Semana Santa y Pascua son casi tan espantosas como la Navidad, sólo que mucho más aburridas. En vez de regalos y borracheras, hay rosarios y películas bíblicas, y, en vez de cenas de empresas en las que los empleados se burlan de sus jefes, comidas frugales sin carne para no caer en la tentación. Para mí han sido un martirio y espero que, en tu caso, hayas disfrutado algo más de estos días de vacaciones. Ya me contarás.

FRANK LASECCA