Querido Casto:
Comparto tu estupor ante la sobredosis de hostias consagradas a la que te has sometido en estas semanas del mes de mayo, mes que, por otra parte, me parece el más odioso del año: es el mes de María (la Virgen, no la de fumar), de las comuniones y del final de la liga de fútbol. Y ya sabes que un domingo sin fútbol es como ir al Carrefour sin chándal, algo de muy mal gusto que va en contra de todas las reglas de la lógica.
Quizá por eso, el domingo pasado me encontraba desorientado y decidí leer un libro. Pero, en vez de coger alguna de las novelas del sueco ese que escribe libros con títulos larguísimos, me dio por empezar “Epifanía. Un rodaje porno”, el debut literario del director de porno Ramiro Lapiedra. He de confesarte que dos días antes había visto la entrevista que la jauría de arpías que se autoproclaman periodistas le habían hecho al pornógrafo alicantino en Dónde estás corazón y se me quedó la mosca detrás de la oreja. Ramiro hablaba en su libro de drogas, borracheras y porno, incluía a personajes conocidos en su relato, como Nacho Vidal, el hijo de Berlanga o el vástago de una famosa tonadillera. Un universo que me sonaba familiar.
“Epifanía. Un rodaje porno” es uno de esos libros que te dejan estupefacto. No porque esté especialmente bien escrito, ni porque su trama sea muy elaborada o entretenida. De hecho, Ramiro escribe de forma atropellada, combinando frases de contenido poético con descripciones llenas de crudeza, y el libro sólo cuenta el proceso de creación de una película porno desde el día en que la idea le llega a la cabeza (una noche de fiesta regada con mucho alcohol y empolvada con mucha cocaína) hasta que la termina (otro día de alcohol y drogas), pasando por un tempestuoso rodaje en el que no faltan ni los cubatas ni las rayas. Lo impresionante de la obra del mayor de los Lapiedra es ese tono de relato destroy que recuerda por momentos los textos de Bukowski o los artículos gonzo que escribía Hunter S. Thompson en sus viajes a Las Vegas o Puerto Rico.
Sin embargo, amigo Casto, “Epifanía. Un rodaje porno” es una arma de doble filo. Su estructura, que novela hechos reales tamizados por la obnubilada mente de su autor, puede parecer que lo que cuenta es verdad, a los ojos de aquellos que desconocen la realidad de la industria del cine X. Así, según el relato de Ramiro, los festivales eróticos son una continua bacanal de sexo y drogas, los rodajes están llenos de incidentes y de Viagra, y la vida de una persona relacionada con la industria de cine para adultos es una inacabable experiencia estupefaciente. Como tú puedes corroborar, he estado en festivales y en rodajes y lo que se plasma en la obra de Lapiedra dista mucho de la realidad. Es la visión de una persona que vive en un mundo de autodestrucción permanente y piensa que todos los que lo rodean son como él. De hecho, en el libro aparecen dos personajes que se parecen mucho a nuestro compañero Manuel Valencia y a mí, como invitados a una fiesta desmadrada de sexo, bebida a tutiplén y drogas en la que también están presentes personajes tan dispares como Jorge Berlanga, Paquirrín, Nacho Vidal y actrices porno a las que no tengo el gusto de conocer personalmente. Evidentemente, esa fiesta jamás existió y forma parte del universo mental de Ramiro, no de los hechos cotidianos.
Lo más interesante de esta incursión de Ramiro Lapiedra en el mundo de la literatura es la tesis que defiende (y comparto) por la que el porno no tiene por qué ser un producto de baja calidad, como desgraciadamente sucede hoy en día. Ramiro Lapiedra y su hermano Pablo siempre han abogado por un cine en el que el sexo tenga una función importante en la narración, pero que tenga valores cinematográficos y un toque underground, que es visible en películas como La orina y el relámpago o La santidad del mal. Sin embargo, al igual que sucede en el libro, los deseos de Ramiro no se corresponden con la realidad. Lapiedra será recordado, si una obra cinematográfica sublime no lo impide, por haber propiciado el lanzamiento como estrellas de Celia Blanco y Lucía Lapiedra y por ser un habitual en los programas de la prensa rosa. Una imagen que no se corresponde con la de ese artista atormentado, autodestructivo e incomprendido que lleva dentro de sí.
Un saludo
FRANK LASECA |