Querido Frank:
Yo también he leído con cierta perplejidad “Epifanía. Un rodaje porno”, la novela autobiográfica de Ramiro Lapiedra. El batiburrillo de citas literarias (Bataille, Poe, Sade, Schopenhauer, Baudelaire, Nietzsche, Foucault, Victor Hugo, Paul Valèry, Ovidio) así como las referencias cinéfilas (Peckimpah, Bergman, Herzog, Pasolini, Visconti) demuestran que Ramiro tiene una cultura general muy por encima de lo habitual entre los profesionales del X, pero me incomoda ese exceso de malditismo, decadentismo y satanismo libresco. También me agobia la acumulación de polvos, más los colombianos que los copulativos, y la autocomplacencia narcisista del autor en su descenso a los infiernos. Del estilo, tan sólo te diré que me recuerda a Ray Loriga (egregio cultivador de la marginalidad más fashion) con sus frases cortas como eructos y sus sentencias lapidarias. Después de leer la primera incursión en la literatura de mi admirado Ramiro tan sólo pienso: “Zapatero a tus zapatos”.
La lectura de “Epifanía” ha coincidido casualmente con mi interés por un fenómeno relativamente reciente y completamente opuesto a las memorias de Ramiro: la emergencia de comedias románticas para el público adolescente que centran su argumento en el rodaje de un porno. Me refiero a películas como ¡Vaya par de productorex! (I Want Candy, 2007), de Stephen Surjik; ¿Hacemos una porno? (Zack and Miri Make a Porno, 2008), de Kevin Smith; Los magnates del sexo (The Moguls, 2005), de Michael Traeger, o las ya más lejanas en el tiempo American Virgin (2000), de Jean Pierre Marois, y Orgazmo (1997), de Trey Parker. En todos los casos, los protagonistas son completamente ajenos a la industria del cine para adultos, pero por urgentes necesidades económicas o por irrisorias circunstancias casuales se ven obligados a producir, dirigir o protagonizar una cinta X. Como es previsible en una comedia romántica, el amor blando acaba imponiéndose al sexo duro, que evidentemente nunca se explicita. De todas ellas, la menos edulcorada y la más corrosiva es Orgazmo, en la que un predicador mormón se convierte en actor porno y comparte sudores con numerosas estrellas del X de los noventa, como Chasey Lain, Jeanna Fine, Juli Ashton, Shayla Laveaux, Max Hardcore o el inefable Ron Jeremy, que también está presente con un papel secundario en American Virgin, sobre la hija adolescente (Mena Suvari) de un productor X (Bob Hoskins) que quiere fastidiar a su padre perdiendo la virginidad en su debut como actriz porno. ¿Hacemos una porno? no tiene un reparto tan apabullante como la película de Trey Parker, pero cuenta con la ignominiosa Traci Lords, parodiándose a sí misma como actriz veterana y ayudante de la pareja que intenta salir de la pobreza rodando y protagonizando un porno. El reclamo erótico de ¡Vaya par de productorex! no procede del porno sino de las páginas centrales de Playboy: Carmen Electra interpreta a una famosa actriz X que es contratada por una pareja de estudiantes de cine para rodar un porno con el que pretenden financiar su primera película. También quieren salir de la miseria y el anonimato los protagonistas (Jeff Bridges y Ted Danson) de Los Magnates del sexo, rodando una modesta película porno de aficionados con algunos de los habitantes de su pequeño pueblo.
Cuando suscribo estas líneas, Adam Sandler ha anunciado el rodaje de Born to be a Star, en la que un joven pueblerino decide trasladarse a Hollywood y convertirse en actor porno cuando descubre que sus padres fueron estrellas de cine X en los setenta. Otra comedia romántica más en la que el porno aparecerá retratado de forma tan paródica como superficial, pero que demuestra que no sólo es un sugerente reclamo de taquilla para el cine comercial, sino que está plenamente integrado dentro de los hábitos de consumo de las sociedades occidentales. Entre tanta comedia romántica norteamericana sobre el X, sigo prefiriendo la amarga y melancólica Torremolinos 73 (2003), de Pablo Berger. Un abrazo.
CASTO ESCÓPICO |