Querido Casto:
Que la comedia americana haya vuelto sus ojos hacia el porno, aunque sea de manera tan burda, no me sorprende en absoluto, si tenemos en cuenta que el triple X se ha integrado en la cultura popular como una especie de atracción de feria que todos miran con curiosidad. Pero, sobre todo, porque la vida pública ha devenido en una suerte de concurso de televisión en el que lo más importante es la imagen, no los méritos contraídos para triunfar.
Así sucede, al menos, en Italia, país que visité hace unas semanas aprovechando un vuelo de bajo coste y en el que me di cuenta de que sus canales televisivos están cortados por el mismo patrón. Sea la hora que sea y sea de la temática que sea, los programas de la televisión italiana los presentan mujeres jóvenes, de físicos imposibles, tetas operadas y mirada brillante, acompañadas por caballeros que no responden a ese perfil, sino más bien al contrario: parecen protectores (o amantes ocasionales) de esas bellezas extraterrenales que alegran el día a los italianos.
Y es que la profesión de presentadora de televisión, como la de actriz o modelo, es una de las más ambicionadas por las jóvenes italianas. Allí las llaman “veline”, un término que nació para designar a aquellas chicas que, en el programa televisivo Striscia la notizia, llevaban a los conductores del espacio las noticias para ser leídas ante las cámaras y que se ha generalizado para designar a todas aquellas presentadoras o azafatas televisivas que no tienen una función específica más que mostrar su cuerpo ante la cámara, aunque sean incapaces de articular tres palabras seguidas. Dichos personajes adquirieron tal relevancia en el espacio de noticias que incluso el Canal 5 de la televisión italiana ideó un concurso para seleccionar “veline”, al estilo de Operación Triunfo, que, en sucesivas ediciones, ganaron personajes de la prensa rosa como Gloria Palmas, Lucia Galeone o Melissa Satta.
Pero el mayor protector de las “veline” en Italia no es un avispado productor o un playboy en paro del estilo Marc Ostarcevic, como podría pensarse, sino el propio primer ministro italiano, el exfoliante, hidratante e irritante Silvio Berlusconi. A sus 62 años, el político conservador y magnate televisivo era conocido, además de por sus presuntas y turbias conexiones con la corrupción, por su vanidad, un culto a su propia imagen, que le hizo pasar varias veces por el quirófano para someterse a tratamientos de rejuvenecimiento y le supone un notable gasto en cosméticos para que su piel parezca tersa y sana. Al parecer, sus cuidados corporales tenían un objetivo que, por otra parte, difiere poco de los deseos de la población masculina en general: follar con todas las mujeres que le fuera posible.
Según se ha sabido en las últimas semanas, Berlusconi organizaba fiestas en su mansión de Porto Rotondo, en la costa noreste de la isla de Cerdeña, a las que acudían en tropel presentadoras de televisión, modelos, prostitutas de lujo y, sobre todo, aspirantes a algo y de algo. Porque, en esas fiestas, junto al champán caro, no faltaba nunca la cocaína, un elemento fundamental para que cualquier fiesta pija tenga algo de color. Berlusconi pagaba a muchas de esas chicas para que asistieran a sus fiestas y se erigía en el premio final para mujeres de bandera como Barbara Mattera, bailarina en programas de televisión del imperio del magnate, Angela Sozio, ex concursante de la edición transalpina de Gran Hermano, o la actriz Eleonora Gaggioli. Las fotos de dichas francachelas, tomadas por un reportero gráfico sardo y publicada por el diario español El País, demuestran que las reuniones que organizaba Berlusconi no eran precisamente para tratar sobre temas de alta política.
Berlusconi, que no hay que olvidar que fue el creador, a través de sus canales de televisión, de la cultura del “mamaciccio” (o “mamachicho”, en su traslación al español) pertenece a esa raza de políticos folladores de la que formaron parte personajes tan dispares como François Mitterrand, John F. Kennedy, Bill Clinton o Eduardo Zaplana. Tipos que, independientemente de sus responsabilidades políticas, sucumbieron a los encantos de la carne como una forma de manifestación de poder. Y yo, francamente, prefiero ese perfil canalla de Berlusconi, capaz de fardar de cantidad de encuentros sexuales ante sus homónimos extranjeros sin el menor pudor, a personajes beatíficos o meapilas como la mayoría de quienes nos gobiernan. Sus debilidades sexuales los hacen mucho más terrenales.
Un saludo
FRANK LASECCA |