Querido Frank: Leyendo tu artículo sobre las pícaras andanzas del buscón y caballero Berlusconi, he podido constatar que los italianos de derechas, tienen más estilo y son más divertidos que los españoles de centro. La elegancia de los italianos, incluso cuando organizan la más decadente orgía prostibularia, me lleva precisamente a hablarte de la Moda en mayúsculas.
Como habrás adivinado, el pareado título de este artículo (otro pareado) lo he tomado prestado del nombre de la tienda “vintage” que tiene mi amigo Alexis Obrador junto a la Lonja. Ciertamente, la moda me incomoda, porque me siento como un enano acomplejado, paleto y troglodita, en ese universo distante y sofisticado, tan cool y tan chic, de la alta costura y su aún más elevado precio. Para qué mentirte, visto de Zara y de H&M, mi única ropa aparente son unos cuantos polos y camisas de marca adulterada que me trajo un primo viajante de la China Consumista. Con estas conseguidas falsificaciones de Ralph Lauren, Hugo Boss o Giorgio Armani intento ser un pijo, como el gangoso de Ricardito Costa (me encantan sus corbatas y sus cuellos de camisa), pero me quedo en “pijong”, la mala imitación china. Sin embargo, cuando tengo un bautizo o una comunión, no recurro a los carísimos trajes de Milano sino a los cómodos trajes de Stefano Russini, la marca creada por Alfonso Rus, que tal vez no sea un árbitro de la elegancia, pero que es un mago para convertir ropa confeccionada en países de economías emergentes en elegante diseño italiano.
Pese a no entender nada ni de la alta costura ni del prêt-à-porter, me fascinan las pasarelas, pero no por las colecciones que se presentan sino por el ambientillo social de los propios desfiles y por las copas que puedes gorrear intentando codearte con las modelos, esas señoritas muy jóvenes, guapas, huesudas e inasequibles, que beben agua mineral de los Alpes y huyen de las calorías del bocadillo de chorizo. Por eso, acepté encantado la invitación de mi amiga Yolanda Iturraspe para acompañarla a unos desfiles de Francis Montesinos y Juan Andrés Mompó que se celebraron hace unas semanas en el Huerto de Santa María del Puig, dentro de la denominada Feria del Lujo, un evento organizado por la revista valenciana Bé Magazine, en el que se exhibían carísimos pelucos suizos, joyas como de Sissi emperatriz y coches deportivos de alta gama. A los desfiles de la Feria del Lujo acudí también en compañía de Encarna Jiménez y de Sviatoslav-Slava Smirnov, un ruso de porte aristocrático con quien me entiendo muy bien dada las reminiscencias etílicas de su apellido, pero no pagamos los 200 euros de la entrada, porque llevábamos invitación, como todas las distinguidísimas señoras de mediana y alta edad que se reunieron para ver los desfiles de Montesinos y Mompó. Según me comentó mi amiga Amparo Coll, el público asistente estaba conformado en su mayoría por antiguas alumnas de Esclavas de María, que no es el nombre de un gabinete de dominación sino de un colegio religioso femenino con mucha solera en Valencia. Tras los desfiles, pude saludar a mi querido Juan Andrés Mompó, a quien tú y yo conocemos de nuestra época en el bar de la Facultad de Filología e Historia, pero también a Francis Montesinos, con quien he compartido momentos de nocturnidad y alevosía, además de buenos amigos, como el adorable Josevi Plaza. Debo confesarte que lo que más me gusta de Montesinos no son sus atrevidas e imaginativas colecciones, sino las bellas señoritas que forman parte de su eficaz equipo de trabajo. Tampoco me importa confesarte que lo mejor de los desfiles son las copas gratis posteriores. En el coctel de la Feria del Lujo no servían la habitual garrafa a la que está acostumbrada mi estómago sino combinados de vodka Absolut. Podrás imaginar qué resaca más glamourosa tenía al día siguiente. La noche, sin embargo, acabó de un modo rocambolesco, puesto que fueron robadas unas joyas y se estableció un control de seguridad para revisar los coches de los invitados a la salida del evento. Menudo susto, llegué incluso a pensar que la policía me haría una prospección rectal o un lavado de estómago para buscar los pedruscos sustraídos. Finalmente, la policía recuperó tres sortijas por valor de 800.000 euros que una amiga de lo ajeno se tragó al ver que la iban a detener. Lo que demuestra que los ricos también roban. Un abrazo.
CASTO ESCÓPICO |