Cuando llegué a San Sebastián, Brad Pitt ya se había ido (Foto: Turia).
NO LE TOQUÉ EL PITO A BRAD
 

Por primera vez en mi larga vida longaniza, cuando ya no siento las piernas y mis ojos cansados pueden llegar a confundir a Ricardo Costa con Leire Pajín en la tele, he tenido la oportunidad de conocer la muy bella ciudad de San Sebastián con motivo de la celebración de la 57 edición de su Festival Internacional de Cine. O Donostia Zinemaldia, que es como llaman por aquellas tierras verdes y lluviosas al festival más importante y prestigioso de los que se celebran en ese país que limita al noreste con Francia, al sur con la charca mediterránea y que tiene a Portugal empotrado en todo el careto. Y es que antes de marcharme a San Sebastián, me advirtieron de que los zagales y las mozas de las provincias vascongadas eran muy sensibles a las etiquetas administrativas, rotulaciones estatales y denominaciones de origen. Por eso procuré eliminar de mi mente palabras tan ofensivas por castizas como “España”, “Real Madrid”, “Guardia Civil” o “Paquirrín”. Se suponía que entraba en una realidad nueva, en otra galaxia cultural y lingüística. Tampoco quise llevarme puesta la camiseta de la selección de fútbol del Estado español (“La roja”, como la tarjeta que nos expulsará del Mundial de Sudáfrica) ni ningún ejemplar bajo el sobaco de la nacional-católica La Razón o del monárquico ABC, convertido paradójicamente en un diario vasco por movimientos de accionariado. Mi único propósito en Donosti era ver de lejos a Brad Pitt, esa divinizada estrella de cine que se empeña en presentarse en actos públicos como un harapiento y desaliñado mendigo, como si fuese sobrino de Charles Bukowski, para realzar su condición de actor sobre la de galán cinematográfico. Por desgracia, llegué a la ciudad cuando Brad con su rijosa barba de chivo ya se había marchado. El que sí estuvo muy animado fue Quentin Tarantino, al que vieron de madrugada, extraviado por el centro viejo de la ciudad, un tanto achispado y completamente empapado por un aguacero. Como tampoco pude coincidir con Tarantino ni en los servicios de caballeros del hotel María Cristina, me tuve que conformar con ver a algunos de los “malditos bastardos” que animan las noches de los festivales: Javier Angulo (ahora director de Valladolid), el director argentino Enrique Gabriel, el entrañable Jesús Robles, mi compatriota Jairo Cruz, Jaume Figueras, los anfitriones Diego Galán y José Luís Rebordinos, Lluvia Rojo o Eloy Azorín, entre muchos otros. Según me cuentan, la presencia valenciana en Donosti ha sido importante, puesto que se han presentado diversos proyectos de cine, como las nuevas ayudas del IVAC, los planes de la Ciudad de la Luz o la constitución del Cluster del Audiovisual Valenciano. Entre la peña valenciana figuraban Eusebio Monzó, Elsa Martínez, Amparo Castellano, Rafa Maluenda, Paloma Mora, José María Alvarez, Dolors y Carles Miralles, Olimpia Pont, Antonio Mansilla, Lourdes Reyna, Pau Vergara, Pedro Pastor, Giovanna Ribes o el director de la Mostra, Salomón Castiel. Todos ellos bajo la protección espiritual de Antonio Lloréns.
Pese a mi actividad festivalera, pude confraternizar con los lugareños en tabernas populares y bares pijos. Los vascos me caen bien, son muy simpáticos, incluso los exaltados, como unos perroflautas y barbudos vociferantes que conocí en una manifestación del sindicato independentista LAB. Los manifestantes reclamaban algo raro que no entendí, ya que sus pancartas y consignas estaban en vascuence (“Ostik Kina Kagarruta Enlozga Yumboz”). Me uní a la manifestación del sindicato abertzale con el único propósito de hacer turismo cultural, siguiendo la marcha de la protesta por la ciudad. Me llevaron por las principales calles de Donosti e incluso acabé en una taberna con un sindicalista muy campechano, que me confesó su odio visceral hacia los españoles. Le respondí que yo sentía el mismo odio por los españoles, pero no por las españolas, a las que profeso un amor tan tierno como visceral. Ignoro si entendió mi chiste fácil, porque ya estábamos un poco bebidos, pero también me confesó que en Euskal Herria no se ligaba nada, que la Patria Vasca era muy estrecha. Entendí entonces una irónica reflexión que me hizo un cineasta cántabro: “Olvídate del terrorismo, el independentismo o la cuestión nacional, el verdadero problema vasco es que en Euskadi nadie folla”. ¿Será por eso que Brad Pitt se marchó tan pronto de San Sebastián?

Casto Escópico