Querido Casto:
Nunca he sido muy aficionado a las ciencias ocultas, la adivinación del futuro y el encuentro con espíritus errantes que vagan por ahí como almas en pena. Bastante tengo con las ciencias exactas para llegar a fin de mes, con la constatación del presente y con el encuentro con seres reales que vagan por la noche sin rumbo. Pero esa incredulidad sobre los fenómenos paranormales no me impide adivinar el futuro, aunque sea gracias a técnicas más basadas en el empirismo que en la conjunción astral. No hace falta tener un doctorado en parapsicología ni estar enganchado a los programas de Iker Jiménez para saber lo que nos espera a partir de esta semana.
Como todos los años, las Navidades prometen un subidón del colesterol, los triglicéridos y las transaminasas debido al maratón gastronómico que tenemos que pasar en poco más de tres semanas. Todo comenzará la semana previa a la del nacimiento del Niño Jesús (un niño que, como un bucle, nace y muere todos los años y ese fenómeno de resurrección cíclica no tiene nada de paranormal) con las tradicionales comidas de empresa. En ellas, veremos otra vez a los encargados de mantenimiento fumando canutos en una esquina de la mesa, a los administrativos sufriendo graves problemas de vejiga, dada su afición a ir al cuarto de baño cada cuarto de hora, a los jefes soltándose su inexistente melena en la pista de baile de ese pub en el que sólo baila la gente en días como esos y a las mujeres de la empresa siendo objeto de unas bromas verbales que, en caso de producirse dentro del horario laboral, serían consideradas como acoso sexual por parte de cualquier juez. La comida derivará, previa selección natural de tintes darwinianos, en una cena y en un largo resopón que producirá un también largo resacón cuya duración estimada es directamente proporcional a la edad de los asistentes y el volumen de alcohol y la calidad de las drogas ingeridas.
Unos días después, en el hipotético caso de que a alguien de nuestro círculo le toque la lotería, aunque sea una aproximación, la fiesta se repetirá, aunque en esta ocasión con mayores lujos. Un cava en condiciones sustituirá a la sidra peleona y las promesas de alegrar la casa, comprarse un coche nuevo y pagar de una vez todas las deudas, a los deseos de paz y felicidad de todos los años.
Llegará después el surtido de marisco congelado, mazapanes que siguen ahí durante años sin que nadie repare en ellos, vino de reserva Hacendado y pierna de cordero seca que nos atizamos cada Nochebuena mientras el abuelo cuenta que probablemente esta sea la última Navidad de su vida, los sobrinos adolescentes chatean con sus amigos para quedar una vez las manecillas del reloj hayan sobrepasado las doce de la noche y el cuñado narra sus inversiones en la Bolsa al mismo tiempo que se ajusta la corbata. Y la repetición de un menú muy parecido, en circunstancias idénticas, el día de Navidad.
Y, cuando estemos buscando pantalones que se ajusten a nuestro nuevo tamaño king-size provocado por tantos y tantos días de vino y cosas, la Nochevieja. Diremos, como todos los años, que este vamos a celebrarla como un día normal, en casa, viendo el especial de Cruz y Raya (que ya sólo es Raya), a Ramón García con su capa (o mejor, este año a Belén Esteban y Jorge Javier Vázquez) y disfrutando de una película con las faldas de la mesa camilla con brasero por encima de las piernas. Pero acabaremos en el restaurante de un polígono industrial, donde ofrecen cena y cotillón por un precio astronómico, en el que los váteres están continuamente ocupados y en el que los asistentes van vestidos como si se casara ese día su prima rica de Cuenca.
Y después llegarán los Reyes, que nos traerán un bono de un mes para el gimnasio con el que intentaremos eliminar todo aquellos que nos hemos metido durante semanas. Sin éxito, claro. Ese es mi futuro a partir de ahora. Y me temo que el tuyo y el de la mayoría de los lectores. Como verás, no hace falta ser Aramis Fuster para verlo.
Un saludo prenavideño
FRANK LASECCA |