Querido Casto:
Desde que alguien me contó que, en una exposición del IVAM, uno de los vigilantes de seguridad había tropezado con una instalación y la recompuso como pudo, encontré la conexión entre el humor y el arte moderno. Llámame clásico, pero el hecho de ver un zurullo en el suelo de una muestra de arte no me inspira demasiadas pasiones, sobre todo si ese zurullo huele mal.
Yo también quería hablarte en esta epístola navideña de artes plásticas. Pero no de los cuadros que sirven para decorar el salón de una casa burguesa o las esculturas que los ayuntamientos colocan en los parques como cagaderos de palomas y otras aves, sino de las artes de la cirugía plástica. Y concretamente de la obra más conocida del famoso creador Ramón Vila-Rovira, el responsable de una obra que podría titularse La nueva cara de Belén Esteban y que se expone actualmente en las revistas del corazón, los programas de cotilleos y demás salas de exhibición especializadas en la caspa hispánica.
Desde que Belén Esteban dejó el barrio de San Blas, en el que nació hace 36 años, para enrollarse con el torero y coleccionista de bragas Jesulín de Ubrique, hace más de 11 años, su vida dio un giro radical. Una existencia que parecía predestinada a ejercer como cajera de supermercado se convirtió en pública, sobre todo cuando se supo que Belén se había quedado embarazada de la relación con el diestro. El nacimiento de Andreita, una niña que ahora cuenta diez años y de la que se conocen sus reticencias a comer pollo, convirtió a Belén y la neonata en miembros de pleno derecho del clan Janeiro, esa cantera de personajes sin oficio ni beneficio que han poblado desde hace una década las revistas del corazón con sus romances de todo a cien y sus disputas de culebrón suramericano. Belén y Andreita se instalaron en Ambiciones, la finca que poseen los Janeiro, pese al disgusto de la familia y, cuando fueron desalojadas de la casa solariega, Belén se transformó en un personaje público.
En programas comandados por Alicia Senovilla o Ana Rosa Quintana, Belén Esteban ha ofrecido desde entonces su visión del mundo y ha sido la voz de esa inmensa mayoría de españoles para los que el graduado escolar es un título digno de ser enmarcado en el salón de casa. Como contrapunto a sus comentarios sociales y políticos, la Esteban ha ido desgranando en sus intervenciones televisivas los pormenores de una vida llena de sobresaltos. Hoy tenía un novio presentador de televisión, mañana salía con un camarero y al día siguiente mantenía una tempestuosa relación con un discjockey de discotecas garrulas. Entretanto, Belén huía de los paparazzi en los aeropuertos cargando en sus lomos a la inocente Andreita, el único nexo que le une a los Janeiro y que utiliza de manera sabia para atacar a quien se ha convertido en su archienemiga: la actual mujer de Jesulín, María José Campanario, otra versión de la España profunda, aunque en este caso en su versión más rellenita.
En el año que ahora termina, la presencia de Belén Esteban en televisión ha sido recurrente, casi diría que continua, por culpa del programa Sálvame y sus diferentes versiones. En dicho programa, la chica de San Blas ha desvelado su filosofía vital con frases como “yo vendí muchos más Intervíus que tú cuando salí en portada desnuda”, toda una declaración de principios mercantilistas. Por ello, no es de extrañar que su última pirueta para mantenerse delante de los focos de la opinión pública haya sido someterse a una operación de cirugía estética para cambiar su rostro. Como verás, no he dicho “para mejorar su rostro”, ya que la obra del eminente artista plástico Vila-Rovira ha convertido a Belén Esteban en una mezcla entre una actriz porno de baratijas, una vieja gloria de la canción con problemas de contratación en las salas de fiesta de los pueblos castellanos y la duquesa de Alba. La portada de Lecturas y su intervención en Sálvame Deluxe del pasado viernes lo demuestran: era fea y ahora es una fea operada. ¿O no?
Un saludo
FRANK LASECCA |