THE FRONT PAGE
"TRABAJAR CON AZCONA ERA APRENDER, DISFRUTAR, MARAVILLARSE DE SU CLARIVIDENCIA"

José Luis Cuerda y Marivel Verdú durante el rodaje de LOS GIRASOLES CIEGOS (Foto: Turia).

JOSÉ LUIS CUERDA, DIRECTOR DE LOS GIRASOLES CIEGOS

El director José Luis Cuerda ha adaptado la impactante y durísima novela de Alberto Méndez, situada en la posguerra española. En esta extensa entrevista nos comenta sus impresiones ante el estreno y la situación actual del cine español.
—¿Cómo entraste en contacto o conociste la novela de Alberto Méndez?
—Me enteré de la aparición del libro por Josefina Molina. Le había gustado mucho y pensó inmediatamente que yo debería hacer una adaptación para el cine. Tardé en leerlo. Quizás porque no me gusta leer novelas pensando en posibles adaptaciones. Las leo para disfrutar de la lectura sin perspectivas vicarias. Y cuando la leí tampoco vi nada fácil convertirla en película.
—¿Qué es lo que más te interesó de la misma para llevarla al cine?
—A pesar de la respuesta anterior, cuando otros amigos insistieron en que yo debía rodar Los girasoles ciegos, empecé a estudiar esa posibilidad. Los personajes eran de un dramatismo apabullante y las peripecias que les deparaba la vida —que se adivinaba real por debajo de las letras de la narración— asfixiantes, fatales, sin salida. Me apeteció meter las manos en esa masa compleja, áspera, iluminadora de tantas oscuridades de nuestra historia más reciente y aún del hoy en dia.
—¿Cómo fue el trabajo de escritura del guión con Rafael Azcona y cuánto tiempo te llevó la producción del film antes del comienzo del rodaje?
—Trabajar con Azcona era aprender, disfrutar, maravillarse de su clarividencia, del tacto exquisito con el que se acercaba a los personajes, de la ética rigurosa con la que se movía por la trama, de su dignidad y de su inteligencia. Nos repartíamos secuencias, nos las enviamos y reenviamos con ligeras correcciones: el añadido o la sustracción de una palabra, un par de frases. El contacto con Rafael, su amistad, es sin duda ninguna una de las mejores cosas que me han pasado en la vida.
—¿Cuál ha sido el presupuesto del film?
—Cerca de los mil millones de pesetas (que creo, cosas de la edad, que en euros es bastante menos).
—¿Tuviste claro desde el principio que Maribel Verdú, Javier Cámara y Raúl Arévalo estarían entre los principales intérpretes?
—Tuve claro que eran de los dos o tres actores que podían encarnar los personajes del guión. Vistos ahora, sé que son inmejorables. Casi siempre escribo los guiones pensando en actrices y actores determinados, pensando en el timbre de sus voces, en su manera habitual de moverse, pero unas veces no pueden o no quieren hacerlos y otras la elección de uno nuevo, y su aceptación, obliga a cambiar a otros.
—¿Por qué se ha trasladado la acción de Madrid a Orense?
—En Madrid ya no hay quien ruede exteriores de los años cuarenta. Ya sufrí la experiencia en La viuda del capitán Estrada. Las pasé canutas. El casco antiguo de las ciudades gallegas sigue siendo una joya. El de Ourense —sus soportales, sus placitas— me facilitaba mucho los claroscuros que yo quería para la película y varios rincones de la provincia eran magníficos: los claustros de colegio o del seminario (monasterios de Montederramo y de San Clodio), los bosques de A Peroxa, el río Avia en Leiro… A eso hay que añadir, no voy a engañar a nadie, que tengo casa en Ourense y amigos que son como mi familia.
—Deben existir muchas historias impactantes, como la de Los girasoles ciegos, que transcurrieron en los oscuros años de la posguerra. ¿No crees que el cine español anda escaso de recrear esas historias, que hay un déficit, a pesar de que la derecha de toda la vida insiste en que hay que olvidar el pasado?
—Los decenios de dictadura son un triste pasado. Ganada la guerra, los vencedores siguieron matando en una labor de exterminio abominable. Terminadas las matanzas a borbotones siguió el goteo durante años y años. Era el terror como proceso de maceración de un pueblo. Se asfixiaba cualquier respiro con la bendición de la Iglesia, de unas leyes abyectas y a punta de bayoneta cuando se creía útil. No me extraña que la derecha no quiera ni oír hablar de aquello. Son de la misma idea que aquellos que entonces tampoco dejaban hablar. Lo suyo era amordazar, predicar y pregonar.
—Háblame del derecho a la cobardía que defiende el personaje encarnado por Javier Cámara, porque a priori es un valor muy rechazado en nuestra sociedad actual.
—Cuando hice La lengua de las mariposas escribí varias veces sobre mi comprensión de los cobardes. Yo mismo, en aquellos años, fui unas veces valiente, jugándome lustros de cárcel, y otras, muy cobarde, incapaz de tirar unos panfletos. La cobardía nace directamente del instinto de conservación, que es básico para sobrevivir. El valor, y no digamos ya el heroísmo, derivan de la pérdida de ese instinto. Requieren por lo tanto una alienación muy aguda y muy valorada, como tantas otras, hoy en día. Resumiendo: Yo creo que cualquiera puede convertirse en determinadas circunstancias en un cobarde y creo igualmente, y con más contundencia todavía, que nadie está legitimado bajo ningún concepto para convertir en cobarde a nadie. Es más, la experiencia enseña que los fabricantes de cobardes suelen ser gente bien armada, con posibilidades inequívocas de matar a distancia y sin correr ellos el mínimo riesgo.
—El tratamiento del personaje del cura, que interpreta José Ángel Egido, está muy bien observado. ¿Es cierto que estuviste en el seminario?
—Estuve en el seminario de los doce a los quince años. Entré por dos razones. Mis mejores amigos, dos hermanos, se hicieron seminaristas y yo los seguí para no perderlos. Esa sería la primera. Y, la segunda, porque me gustaba mucho una vecina y no me atrevía a decírselo. Con una sola decisión —hacerme cura— mataba dos problemas de un tiro. Estudié muy a gusto en el seminario, pero duré poco. Al terminar cuarto de Humanidades, con quince años, el rector, quien fue después monseñor Larrea, me dijo que me había notado un poco tibio durante el curso y que podía quedarme en casa si quería. Lloré mucho al sentirme así animado a dejar mi ¿vocación? Y no volví. El personaje de Egido es, como poco, ambivalente: Probablemente sea el más sabio de la película. Se las sabe todas. Pero por lo mismo es el más cínico. Las conversaciones entre Raúl Arévalo y José Ángel Egido son impagables. La esgrima verbal, psicológica y moral del rector del seminario es un muestrario de abalorios fascinante. ¡Qué peligro de tío!
—Has comentado que Los girasoles ciegos es el film del que te sientes más satisfecho, que no te cansas de verlo. ¿Por qué tienes esa sensación tan positiva?
—Cuando terminé el montaje me quedé pegado a los personajes, a los matices que los actores añadían a aquellos seres agónicos, cegados, aniquilados, que mentían para sobrevivir y que sobrevivían sin posibilidad alguna de vivir. Vegetan, se emponzoñan. Mienten a los demás —sin remedio— y se mienten a sí mismos —el paradigma es el diácono—. Me gustó tanto la película, su cercanía con la gran novela del XIX, el trabajo de los actores y del equipo: La foto de Hansi, los vestidos de Sonia, el sonido de Steinberg, la música de Lucio, los decorados de Balter —¡qué pasillo, qué cocina!—… En fin, me gustó tanto —perdóneseme o no se me perdone si parece imperdonable mi presunción— que temí haber envejecido fatal y tener el listón cualitativo muy bajito. Eso me llevó a hacer pase tras pase de la película a gente de la que me fío. Y, aparte de que la película les gustaba, yo, por primera vez en mi vida, no me cansaba de verla. Sobre todo disfrutaba como un mico viendo los matices de los actores, sus hondos y sus cáscaras, su media asta y sus venas abiertas. No sé si se nota, pero he llegado a la conclusión de que Los girasoles ciegos me gusta. Mucho. La que más de las mías. Por eso cuando en dos ocasiones me han llegado comentarios negativos de que la película es muy clásica o antigua he respirado hondo y me he reafirmado: Qué suerte. Va a ser que me ha salido lo que quería.
—Aunque es imposible de condensar en unas líneas, ¿cómo ves el momento actual de la industria del cine español? Está todo muy complicado ¿no?
—El cine español está como el de cualquier otro país equiparable. En términos estadísticos tenemos las mismas películas buenas, malas y regulares que Francia, Italia, Alemania, Islandia o… hasta Estados Unidos de Norteamérica. Si aquí hacemos 100 películas al año y en USA hacen 1000, nosotros cumplimos si ellos hacen diez buenas y nosotros una. Prácticamente hay una española buena todos los años. Yo hay años que no veo diez americanas buenas. Si las televisiones recordasen de una vez por todas que son concesiones estatales y cumplieran las directivas europeas que les obligan a contribuir a la fabricación de audiovisuales y cayeran en la cuenta de que la libre disposición del espacio hertziano para emitir sus programas hasta los millones de televisores que los reciben sería equiparable a que mis películas dispusieran gratuitamente de todas las salas de proyección del pais, todos nos entenderíamos mejor. Si los periódicos dejasen de tocar las pelotas, lo mismo me he pasado, con el puto canon —¿sigo mal?— con el único fin de amparar a sus ¿desamparadas? empresas con febriles departamentos audiovisuales a la vez que, en muchas ocasiones, sobreviven de la publicidad institucional, gubernamental, estatal, otro gallo nos cantara. Si Telefónica no facilitase la piratería más descarada comercializando bandas anchísimas que sólo valen para «bajarse películas», mejor irían las cosas. Durante la primera semana de exhibición de mi anterior película se efectuaron 156.000 bajadas —se dice también robos—. Si me hubieran pagado un euro por cada bajada yo hubiera ganado 156000 euros. Ese año gane 231 euros por el canon ese. ¿Se va entendiendo cómo va el cine español?

VICENTE