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Ha pasado la Fórmula 1, con su estela de ruidos, barrios sitiados y falso glamour para mayor gloria de los «tres tenores» del automovilismo valenciano: Camps, Rita y Ecclestone. Han pasado los Juegos Olímpicos, con un aluvión de medallas para los deportistas españoles, que, aunque menos de las esperadas, han dejado un buen regusto gracias a la exhibición de la selección de baloncesto o la autoridad de Rafa Nadal, y con los estratosféricos registros de Usain Bolt y Michael Phelps. Y ha pasado la Supercopa de España, dejando tras de sí el cadáver de un Valencia tan depresivo como en la temporada anterior y un Real Madrid tan sobrado como en los años precedentes. Y, sin casi darnos cuenta, vuelve la Liga.
Como es costumbre, el campeonato arranca con un aperitivo: se inicia este fin de semana pero la segunda jornada no se disputará hasta mediados de septiembre, a causa de un amistoso que la selección deberá jugar contra Bosnia el sábado 9 y el primer partido de la fase de clasificación para el Mundial de Suráfrica, en el que España recibirá a la temible Armenia. De hecho, la Liga 08-09, pese a jugarse en año impar, esto es, sin grandes torneos de selecciones al final de la campaña, finalizará el 31 de mayo, por culpa de la disputa de la Copa Confederaciones por parte del equipo nacional, a la que acudirá en calidad de campeón continental.
Precisamente la resaca de aquel éxito parece haber apaciguado los ánimos en una pretemporada en la que ha prevalecido más el recuerdo a la gesta del grupo entrenado por Luis Aragonés que las tensiones propias de las semanas previas a la Liga. Ni el Barcelona ni el Madrid se han enzarzado en esas polémicas tan estúpidas que sirven para llenar páginas en los diarios deportivos sobre sus fichajes y sus deseos. Ni siquiera el Valencia, equipo fanfarrón por excelencia, ha levantado la voz para proclamar que este año sí, que se llevará la Liga porque tiene la mejor plantilla del país. Y es que el triunfo de España en el torneo organizado por Suiza y Austria ha provocado un fenómeno extraño: por primera vez desde el franquismo, la selección ha robado protagonismo a los clubes.
Se pueden decir muchas cosas sobre el torneo que arranca este sábado, pero la mayoría son tópicos. Que el Madrid y el Barcelona parten como favoritos es tan obvio como que Jean-Claude van Damme repartirá mamporros en su próxima película. Que, detrás de ellos, hay un pelotón de aspirantes que esperarán el mínimo fallo de los dos grandes, en el que se pueden enclavar el Sevilla, el Atlético de Madrid, el Villarreal o el Valencia, también es la cantinela de todos los años. Que un grupo de cinco o seis equipos pelearán por eludir el descenso ocurre todos los ejercicios. Y que habrá un equipo revelación, llámese Numancia, Racing de Santander o Sporting de Gijón, forma parte de la dinámica anual de un campeonato que comienza con la sensación de que poco ha sucedido desde la temporada anterior.
Así que lo mejor que se puede decir de esta nueva Liga es que nos brindará una vez más la oportunidad de sentir la pasión del fútbol, ese sentimiento que sólo se da en este deporte, en el que no siempre gana el mejor y en el que hasta los más humildes tienen ocasión de soñar. Una Liga en la que van a jugar la mayoría de los futbolistas que conquistaron la pasada Eurocopa, en la que la magia del juego y la incertidumbre de los resultados serán, un año más, las que mantengan viva la llama de una competición apasionante y única.
Al final, como decía Leo Bassi, el fútbol es un bucle interminable. Al final, la Liga la ganarán los más poderosos y bajarán a segunda división los más débiles. Pero durante nueve meses, durante un embarazo de fútbol, los aficionados tienen derecho a pensar que su equipo romperá el orden establecido y revertirá esa ley no escrita que dice que en este torneo sólo triunfan quienes más dinero tienen. Como en la vida.
PACO GISBERT |