La final de la Copa Davis (o Deivis) de tenis de 2008 se disputa a partir de hoy en la ciudad argentina de Mar del Plata entre el equipo anfitrión y el de España. En la primavera del hemisferio sur, con temperaturas superiores a los veinte grados y con una superficie a la que le han dado «nosecuantas» manos de pintura, los Del Potro, Nalbandian y compañía tratarán de quedarse con la ensaladera ante el equipo español, menguado sensiblemente por la ausencia del mejor jugador del mundo y el más notable tenista del país en todos los tiempos, Rafa Nadal.
Dicen los que saben de tenis (entre los que desafortunadamente no me encuentro), que su baja invierte el favoritismo de la final, en la que los argentinos han pasado de tener las opciones justas, a presentarse como candidatos al éxito con una ventaja porcentual de al menos el sesenta por ciento, frente al cuarenta del equipo que capitanea Emilio Sánchez Vicario.
El alicantino David Ferrer, disperso mentalmente en el tramo final de la temporada, ha cobrado un protagonismo especial tras las dolencias de Nadal, quien, por cierto, ha acabado 2008 hecho «unos zorros», al igual que el líder de ingresos del panorama mundial, el suizo Roger Federer, lo que abre un debate sobre las exigencias físicas en un deporte que no da tregua, no sólo por la duración y la proximidad entre los partidos, sino por los largos viajes y las dificultades para entrenar y, sobre todo, para descansar.
El asunto del descanso en el mundo del deporte de alta competición no es el que aquí nos ocupa, pero su importancia es tan grande que el debate sobre si Nadal estaría en el máster de Shangai o en la final de la Copa Davis, se ha resuelto por lo sano. Ni en una, ni en otra, el cuerpo no da para más.
En cualquier caso, la final se va a disputar en Mar del Plata, una ciudad situada a cuatrocientos kilómetros al sur de Buenos Aires, que cobra especial importancia durante el verano austral (enero y febrero), ya que allí se desplazan muchos bonaerenses (no todos, porque mola más ir a Punta del Este, en Uruguay) que convierten la ciudad en un centro de vacaciones. El lugar elegido para la disputa de esta final puede generar algún problema por el «gramaje» de la pista o las condiciones en las que se competirá, pero, en realidad, las cuestiones de fondo van por otro lado.
Cualquiera que conozca un poco el deporte en aquel país, sabrá que competir en defensa de Argentina es palabra mayor. Por supuesto lo es en fútbol, pero lo mismo ocurre en baloncesto, rugby, petanca, dardos o curling. También en tenis. Prueba de ello es que recientemente, Diego Maradona, nuevo seleccionador nacional de fútbol, acudió, acompañado de Carlos Bilardo, antiguo seleccionador, a un entrenamiento de los tenistas argentinos que van a jugar la final contra los españoles. La visita sugiere alguna pregunta: ¿agarraron (cogieron, no; agarraron, agarraron) Maradona o Bilardo una raqueta alguna vez en su vida?, ¿habría acudido Vicente del Bosque, seleccionador español de fútbol, a dar ánimo a sus compatriotas tenistas ante una cita de este compromiso? Responda el lector.
Para acabar, me quedo con una última reflexión que seguramente compartirán muchos de los que siguen el tenis desde el entusiasmo moderado. Seguro que lo que apunto es políticamente incorrecto, pero, como espectador, algunos partidos me parecen muy largos. Vi uno de Nadal este verano, un día que llovió, no recuerdo si en Roland Garros o en Wimbledon, en el que empezaron a jugar antes de la hora de comer y acabaron con mi cena ya digerida tras seis, siete u ocho horas de raquetazos y gemidos. ¿Por qué no se juega más corto?, ¿por qué, perdónese la frivolidad, no se juega con un cronómetro y con tiempo real? Así, el que fuera perdiendo estaría interesado en que los puntos fueran cortos y el que gana en dilatarlos. Veríamos otro tenis, sin duda. Alguno pensará que sólo digo estupideces. Por eso, pido que se paren a pensar en por qué un partido de fútbol dura noventa minutos y no se plantea aquello de ¿a cuántos vamos?, como en el colegio. ¿Por qué las etapas del Tour son de doscientos kilómetros y no de ochenta? Dejamos la cuestión para otro día. Ahora, hacen falta dos cosas: que gane España a Argentina en la Davis y que se den prisa en leer este texto, el domingo ya estaremos en otra cosa, con la final resuelta.
ALFONSO GIL |