Fui el último en escribir sobre Obama, pero voy a ser el primero en hacer un balance deportivo del año que se nos irá en un mes. El triunfo logrado contra pronóstico por España en la final de la Copa Davis en Mar del Plata ante Argentina ha puesto punto final a un 2008 en el que la cosecha deportiva ha sido más que buena, excelente. La Eurocopa de fútbol, los éxitos en ciclismo y el papel en los Juegos Olímpicos (quizá olvido algún otro momento de gloria) destacan en un año más que aceptable, que resumo antes de que acabe noviembre, porque para diciembre queda muy poco: la continuidad en el fútbol, con la Liga de Campeones, la UEFA y varios encuentros apasionantes en la Liga española; algo parecido en el baloncesto y, ya en el entorno navideño, las pruebas folclóricas del tipo de la San Silvestre o los partidos de selecciones autonómicas, puesto que el novedoso campeonato de España de mushing (trineos con perros en tierra o en nieve) ya se ha disputado en Alcoi.
Se me olvidaba. Quedan la entrega del Fifa World Player, así como la del Balón de Oro, el borceguí de plata, la canasta de bronce o la zapatilla de hojalata y también las comidas y cenas de clubes, federaciones y entidades para despedir el año y pedirle lo mejor a 2009 que empezará en un mes.
Con este panorama por delante, es comprensible que no quiera ser el último a la hora de hacer balance. La Copa Davis de tenis queda en la memoria por lo reciente, pero la Eurocopa lograda por la selección española en Viena hace cinco meses también fue notable. Por primera vez en mucho tiempo, un país que ha limitado el sentimiento patrio futbolístico a tres o cuatro partidos (llegábamos normalmente hasta cuartos) en fases finales de mundiales y eurocopas, ha vuelto a vibrar con su selección. El motivo de esta felicidad no ha partido de convicciones políticas o adhesiones inquebrantables a causa alguna (hasta a Mariano Rajoy le parece un coñazo el desfile de la cabra de la Legión del 12 de octubre), sino que proviene de una exhibición futbolística de los nuestros sin apenas precedentes y de la que nos hemos sentido orgullosos.
A la afición, pues, se le ha atrapado por el fútbol de jugadores como Xavi Hernández, (al que, quizá, aunque sea el mejor del mundo en su puesto, no le dan más que el balón de plastelina), David Silva, Cesc Fábregas, Andrés Iniesta, Santi Cazorla, David Villa, Fernando Torres o Iker Casillas, entre otros. Si se juega como ellos lo hacen, la gente o va a verlos o se queda boquiabierta delante del televisor, tal y como ocurrió en una oscura noche de hace un par de semanas en Vila-real en un amistoso ante Chile. Se acabaron los tiempos de la furia y de la españolía, conceptos ideados en tiempos en los que los argumentos deportivos brillaban por su ausencia y la palabra cojones era políticamente incorrecta.
Vivimos en un país en el que, deportivamente, la gente ha integrado el éxito en lo cotidiano, en función de las lógicas del juego en los diferentes deportes. Lejos quedan las medallas esporádicas en deportes medios frikis y las gestas de Federico Martín Bahamontes, Manolo Santana, Ángel Nieto e incluso Severiano Ballesteros o Miguel Induráin. Actualmente, ninguna victoria colectiva o individual es fruto de la épica o de la causalidad. Los grandes son los que pierden y ganan muchas veces en las instancias finales de la competiciones por el simple hecho que las disputan. Los nuestros se encuentran entre ellos.
Por eso, convivimos sin estridencias con realidades como la de que Rafa Nadal, en tenis, sea el mejor del mundo, que Pau Gasol, su hermano y una buena panda de jugadores españoles ya han dejado de ser noticia por el simple hecho de estar en la NBA, que en el Liverpool juegan cinco o seis españoles por semana, que David Villa es el máximo goleador de la Eurocopa que ganó España, que Sergio García es el segundo golfista del mundo. Por eso, no tenemos que preocuparnos de si el Balón de Oro se lo dan a un primo segundo de Cannavaro. La cosecha ha sido buena, buenísima: me ha enganchado, algo que tiene su mérito, pues debo admitir que el entusiasmo por la bandera como único argumento para seguir a un deportista, nunca me hizo madrugar.
ALFONSO GIL |