El president de la Generalitat, Francisco Camps, reunido con Vicente Soriano, presidente del Valencia CF (Foto: Turia).
EL PARTIDO DEL DOMINGO

...Y, además, tenemos partido. Esta frase, escuchada con asiduidad en tertulias radiofónicas y programas televisivos, me ha hecho recordar que el fútbol es un espectáculo inigualable, un motivo de alegría para los ciudadanos de muchos rincones del planeta, pero que tiene un gran defecto, ya que se ve interrumpido con más frecuencia de la necesaria por la penosa circunstancia de que los equipos pierden el tiempo en dedicarse, durante noventa minutos, a correr detrás del balón. Su persistencia en tal empeño, no hace sino entorpecer el normal desarrollo de un deporte capaz de generar muchas satisfacciones.
Cuando los futbolistas cometen este atropello, la atención puesta en otros aspectos destacables se distrae. Esto se evitaría si, valga un ejemplo, clubes grandes como el Real Madrid fijaran su asamblea a la misma hora del partido. Muchos escogerían ir a escuchar los insultos. Es más formativo. En eso el fútbol debe cambiar porque ahora está obsoleto y todavía considera que lo importante es la pelota. ¿Podría, un jugador, es un suponer, cuchichear con su presidente sobre la compra-venta de un partido mientras corre, sin aliento, tras el balón por la banda de un terreno de juego y, además, que le grabaran la conversación? Sería muy difícil, imposible. Por eso, defiendo la supresión definitiva de los partidos para que su disputa no ensombrezca la esencia del fútbol.
En las circunstancias que últimamente han envuelto al Valencia tenemos otra muestra de que el juego sólo sirve para restar atención a lo básico, en este caso a la negociación con Bancaja para la refinanciación de la deuda que arrastra el club. Si Bancaja acepta la propuesta del Valencia, tendrá un problema; si la rechaza, tendrá otro. Si el club no recibe ayuda, su presidente se sentirá marginado respecto al anterior gestor, nefando donde los haya, quien sí que encontró el bálsamo que ahora se niega. Algo parecido ocurre con la reparcelación del viejo Mestalla, la volumetría de sus torres y los innegociables centímetros de césped de la futura zona verde. Políticos, arquitectos, técnicos municipales, constructores, promotores y alicatadores de cuartos de baño viven pendientes del asunto. Sin embargo, insisto, cuando ya nos hemos olvidado de lo superfluo, alguien nos fastidia con lo de tenemos partido, aunque sea contra el Brujas (el equipo del que, como su nombre indica, son hinchas aunque lo oculten nuestras novias, esposas, amigas o amantes). Luego, ante el equipo de la escoba juegan los suplentes, hace frío y no hay casi público en las gradas, lo que demuestra que lo que allí ocurre es intrascendente.
Está bien, reitero, que se compren o se vendan partidos. Eso se puede aceptar, pero lo que no admito es que se jueguen: me parece una ordinariez y una vulgaridad. Lo importante es el Balón de Oro, pero si para que te lo den tienes que agarrar una sudada, enfriarte o te pueden dar una patada, habrá que pensarlo, de la misma manera que a los árbitros les aconsejaría que se apartaran, que están siempre en medio y al final les darán un balonazo. No me hacen caso. Cuando llega el Mundial, además de la promoción y venta de televisores y viajes, los selecionados van y se ponen a jugar. Mala costumbre. A veces, el torneo dura hasta un mes y los restaurantes y comercios se quejan, con razón, de que los partidos se disputen y, sobre todo, de que la gente los vea. No hay más que problemas.
¿Fue el Athletic-Levante, ahora bajo sospecha, un buen partido?, ¿jugó el equipo granota con dos delanteros o con un punta y un media punta? Nadie lo sabe. ¿Tiene problemas Dani Güiza con el gol o con Nuria Bermúdez?, ¿cuál ha sido la mejor frase de Manolo Preciado tras ganar con el Sporting en València?, ¿que habían jugado bien? En absoluto: lo más destacado llegó cuando pidió que acabara la rueda de prensa porque se iba a tomar una copita por València. Sin un partido de fútbol a los pocos días, seguro que Luis Aragonés no habría llamado «negro de mierda» a nadie. En suma, los noventa minutos invertidos cada pocos días en pegarle patadas al balón no crean más que controversias.
Lo bonito que habría sido que los jugadores de la selección española se hubieran subido de buenas a primeras al autobús descapotable para celebrar el título sin la pérdida de tiempo y dinero que supuso estar cuatro semanas con la penosa obligación de jugar en Austria, donde, dicen, hubo hasta una plaga de garrapatas. Piensen en la imagen del balón en la barriguita de Henry tras el Barça-Valencia. Eso es lo fundamental, no que marcara tres goles. Reflexionen y verán como tengo razón...

ALFONSO GIL